LA VIDA JUNTO A LA LÍNEA DEL ECUADOR

Pasamos varios días recorriendo Quito, ya basados en el amplio departamento de Falco en el barrio de Floresta. Falco es jefe de área de la Facultad de Bellas Artes. Tiene cierta obsesión por la lucha libre mexicana y una heladera recubierta de stickers de toda clase, desde Jesucristo hasta los Transformers. Si se siente solo, sienta a la mesa a una piñata de Mazinger Z que rescató de algún vertedero. Ahora sienta a estos dos mochileros. Falco es una de esas personas que cree que el arte debe salir de los muros de la Academia. Por eso junto a un colectivo de trabajadoras sexuales de la periferia de Quito creó una “Nuestra Señora de la Cantera”, una especie de Virgen de las prostitutas, con una iconografía, digamos, contemporánea.
Las Iglesias de Quito nos asombraron aunque, la verdad, ya estamos algo hartos de las Iglesias. Las guías de viaje las catalogan con una precisión tal que uno imaginaría que los mochileros son investigadores eclesiásticos. El pasado colonial común a toda Latinoamérica hace que en cada ciudad nos espere una iglesia de San Francisco, una de la Merced y, como olvidar, la de La Compañía. Sí señores, estamos hartos de merodear esas demostraciones de fuerza de las ordenes religiosas que del siglo XVI al XIX se dedicaron a ver quién la tenía más grande. Sorprende la de San Francisco, que encarna una visión que hubiera espantado al verdadero San Francisco de Assís, ese genial asceta naturista que encontraba a Dios en los pajarillos, no en los altares labrados en oro. Con todo, las macizas catedrales de piedra levantadas por artesanos indígenas captan bajo el cielo tormentoso de Quito un dramático tratamiento lumínico.
Y finalmente llegamos a la Mitad del Mundo, nada más ni nada menos que al sitio que marca oficialmente la línea del Ecuador. OK, el GPS –dispositivo alcahuete si lo hay-ha venido a decir que el monumento de piedra de 30 metros está desplazado 240 metros del centro exacto del mundo. Pero no deja de ser mágico para dos caminantes que llegaron hasta aquí a dedo desde los congelados paralelos antárticos. De pronto nos damos cuenta que llevamos casi un año y medio siendo “Acróbatas del Camino” en plural, y unos 9 meses de exploración continua de Sudamérica. Parados sobre la línea del Ecuador, en tierra de plátanos y mariposas, el recuerdo del puerto de Ushuaia y de los témpanos parece irreal. Más que el fetiche geodésico, nuestra alegría celebra nuestros pasos juntos. ¡Ahora nos falta la otra mitad del mundo!


La historia dice que una misión francesa liderada por Charles Marie de La Condamine realizó en 1736 las mediciones que señalaron que por aquí efectivamente pasaba la latitud 0º 0’ 0’’. Algo menos conocido es que esas mismas investigaciones dieron origen al sistema métrico decimal, que vino a destronar a los codos, pulgadas y pies para lamento de ingleses y descuartizadores. La comitiva francesa no realizó su trabajo específicamente en este sitio, sino que fueron meses de trabajo caminando por los cerros hasta Cuenca. Tanta labor lógica la compensaban, al parecer,  con una dosis comprensible de farra. Y traigo el tema a colación porque en un viaje anterior me encontré de pronto en la plaza de Victoria del Portete, un pueblito cerca de Cuenca, rodeado de “cholos” de ojos celestes que se jactaban de descender de alguna cañita al aire fabriqué aux France. Los franchutes no eran tontos, bien podrían haberse ido con sus compases y teodolitos al Africa, ya que la línea también atraviesa ese continente, pero los leones eran compañía menos tentadora. De todas maneras, su epopeya métrica le dio nombre a un país.
Le digo a Laura que me encantaría acampar sobre la línea del Ecuador con una pata tendida hacia cada hemisferio. Aunque eso es imposible dentro del parque, esa noche terminamos en Calacalí, un pueblo vecino también emplazado sobre la línea ecuatorial. En Ecuador es muy fácil hacer amigos. Cuando en el comedor donde pedimos un plato de achiras de cerdo con papas preguntamos dónde acampar las dos señoras que atienden nos ofrecen su jardín. Son madre e hija, y como hoy es sábado aseguran que la plaza se llenará de borrachos – de hecho, ya hay grupos de jóvenes escuchando reguetón con los parlantes de sus autos al máximo. Para nosotros, la situación se traduce en mucho más que solucionar el tema alojamiento. Es una oportunidad de conocer las preocupaciones diarias de una familia promedio, dueña de un comedor. Es verlas filtrar los granos para preparar el morocho, y levantarse a las cinco de la mañana para preparar el caldo de cabeza de res llamado “huagrasinga”. Rosario se queja de que su marido está de mal humor porque ella le prohibió que saliera con sus amigos a apostar en las peleas de gallos. Su madre atiende problemas similares: en un momento vemos como dos buenos vecinos le traen a remolque de hombro a su marido, borracho, con la lengua literalmente afuera y arrastrando las piernas. Ambas, crían a sus sobrinos, abandonados por su madre cuando tenían año y medio y tres, y cuyo padre trabaja en Quito y los ve una vez al mes. Es un cuadro lastimosamente latino: dos mujeres progresando a pesar de sus maridos holgazanes.
Cuando empecé a viajar, mi motivación central a la hora de escribir pasaba por enarbolar el mensaje de que era posible recorrer el mundo encontrando gente dispuesta a ayudarlo a uno. Supongo que la continuidad de esta vuelta al mundo sigue siendo prueba de ello. Pero cada vez más mi pluma se inclina para retratar estas batallas cotidianas, de Latinoamerica y del mundo. A veces me encuentro con viajeros cuya motivación me parece casi deportiva. Llegar a México, a Alaska, o adonde sea. A nosotros también nos pone contentos llegar: el año pasado logramos pisar la Antártida, hace poco estuvimos en una zona aislada del Amazonas Ecuatoriano, y ahora sonreímos sobre la línea del Ecuador. Pero siendo franco, cada vez se me hace más difícil no involucrarme, hacer un viaje desnudo de miradas y de ideología. América nos rodea: no sus monumentos, me refiero a la genial, impar América, este locus terribilis capaz de sobrevivir a sí mismo, a los sueños que se emboscan –no en nuestros corazones ya satisfechos- sino en los ojos oscuros de sus habitantes, entre sus cejas. La tía de Rosario, llega, nos saluda y levantando la bolsa con huesos de pollo que lleva para su perro pronuncia un iracundo discurso sobre el 2012, dice que van a venir sequías y que los gobernantes deberían prepararnos para sembrar tomates en la bañera. Mientras, uno de los niños que corretean por el comedor le refriega el muslo con un masajeador eléctrico comprado por Sprayette. Eso, también, es América.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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