HIP HOP POR LO ALTO: DISPARANDO PALABRAS DESDE LA ESTRATOSFERA

Nuestra visita más especial fue el domingo, para participar del festival “Hip Hop por lo alto”, un encuentro de músicos y grafiteros cuyo fin era visibilizar al barrio (literalmente, pues culminó con una descendiente marcha nocturna de antorchas) Acompañados por Silvio, quien tiene su micro emprendimiento de venta de chatarra llegamos a la casa de su cuñado Henry. Nos recibe con el equipo de audio al máximo. Si trazamos una línea isométrica que mida los decibeles del continente, ésta atravesaría sin dudas los barrios más pobres. El nos explica: “De chicos nos crían con malos pensamientos hacia la gente de otros estratos”. Eventos como este nos permiten visibilizar al barrio, que la gente vea que no todo es como lo muestra la televisión, que hay gente que intenta salir adelante desde el arte”

Es que en Colombia la gente tiene oficialmente asignado un valor numérico que aclara su clase social, del 1 al 8. Aquí en Siloé, estamos en el primer peldaño de esta estratosfera (aunque paradójicamente estamos bien arriba en la ladera). Lo que nos sorprende es el cuidado con que la gente del estrato más bajo cuida sus plantas, planta árboles y abre caminos, algo que no siempre vemos en las zonas comparables de otros países.   
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Después del almuerzo vamos en el auto de Silvio hasta la comuna Lleras Camargo, donde los grafiteros hacen la previa del festival. Preludio de aerosoles. Los medios son del poder, pero los muros pertenecerán siempre al pueblo. Los más niños observan la destreza con que los jóvenes avezados rosean su caligrafía mutante. La gama cromática es psicodélica. Si es o no es arte me parece una discusión obtusa. Es, al fin y al cabo, comunicación, y ese es el nombre de la arena donde sucede la cinchada. Sus criptogramas no aparecerán en los catálogos de las galerías, pero es indistinto. Lo que el gatillo del pulverizador combate es la anomia de una clase postergada que necesita nombrarse a sí misma para gambetear la camisa de fuerza de los mecanismos de identificación/estigmatización del sistema.
 

 

 

En un cruce de calles el barrio bulle detrás de los stands donde se estampan remeras con la frase “Made in Siloé”. Las gualas no dejan de descargar bandas de jóvenes llegados desde todo Cali. Las vendedoras del barrio están contentas, sus mangos frescos cortados en rodajas tienen demanda. La metáfora proviene de estos climas tropicales y no de las Pampas: hay que ser muy pobre para que te falte un mango. El evento avanza bajo el lema “alianza con la convivencia”. Todo el barrio está ansioso, pero todavía no llega el sonido y el show se pospone. Las chicas se pintan corazones alados en los cachetes. En el cruce de calles ya no cabe un alma y muchos vecinos se trepan a los balcones.
 
 
 

 

Pronto la primera banda de hip hop sube al escenario: son niños de todas las edades, y es la danza lo que los mantiene lejos de la calle y las pandillas. La siguiente banda es un dúo. Tengo que admitir que cuando hacen su aparición con ropa militar y sus caras en betún experimenté una decepción prematura. Tardé algunos segundos en detectar la ironía. Luego las letras se abrieron paso, explicando, a mi juicio, el sentir de toda una generación. La banda se llama: Kirios.
 

 

“La realidad que se vive en Colombia, agobia. Es una parodia”
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“Comprando armas, pagando su poder, asustan a los pobres que no tiene que comer”
“No cantamos perreo, ni choque ni sandungueo, no denigro a la mujer en mis canciones, no maltrato relaciones”
“Yo no represento a Miss Universo, sino a la señora que vende mangos en la esquina para el pueblo”
Varias cosas nos llamaron a la reflexión. En zonas similares de Argentina, en las villas del Gran Buenos Aires, las expresiones artísticas como la cumbia villera reciclan la violencia, en vez de buscar la salida de esta. Claro que son un producto de nuestra historia, pero eso no justifica el fenómeno ni lo blinda inmune a la crítica moral. Aquí en Siloé o en Lleras Camargo, la gente frustrada también tendría sus motivos para salir a matar policías. Vienen de generaciones de desplazados, por la Violencia del ’46, por las bananeras o por las expropiaciones durante la bonanza cafetera. Pero optan por mantener en guardia su caballerosidad. “¿Si tu viejo es zapatero, zarpale la lata? Para nada ¿Dejate de joder y no te hagás la loca, andá a lavarte bien la boca? Tampoco. La precariedad económica no en todos los países deviene necesariamente en precariedad humana, aunque nos hayamos acostumbrado a ello. Los samanas, los sadus, en fin, la gente de la calle con quien también conversé en India poseen mil veces menos y son capaces de dominar una sonrisa tan apacible que te inquieta. En las empinadas callejuelas y escalinatas de Siloé nos encontramos con una dignidad y ganas de salir adelante que merecerían réplicas. En su hip hop lo demuestran. No despliegan un discurso que busca conmover a partir de hacer explícita la vileza del entorno en el que se encuentran, como en la cumbia villera. Más bien el vector es inverso: ellos nombran los demonios que los oprimen, desde dentro o desde fuera, en una retórica que no excluye la autocrítica y que nunca viste de héroes a pandilleros o narcos.
“Pobre el que con 17 años, sueña con nadar en piscinas repletas de billetes”
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Esta conciencia de clase y sobre todo de un destino deseable es la que agrega a Siloé una dimensión más alllá de la física. Siloé está construida de ladrillo, caña y chapa, pero también de palabras, sonrisas y miradas.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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