UN SEIS DE DIAMANTES A LA SOMBRA DEL COTOPAXI

 


 

Tras dos breves descansos en Macas (en casa de Julián y Tania) y en Baños, las mochilas estuvieron otra vez en ruta hacia esos caminos andinos que no por ser estrechos y apenas figurar en un mapa dejan de estar impresos en la sangre de la raza. Viajamos hacia la zona de Quilotoa, una laguna esmeralda incrustada en el cráter de un volcán activo. Obligados a transitar la Panamericana en un tramo, pasamos por Ambato. Como tantas otras veces, encuentro un naipe de póker en la calzada. Algún mal perdedor habrá arrojado el mazo al viento – pienso. Como nunca antes, sin embargo, lo volteo para descubrir un seis de diamantes, y lo conservo. Es muy posible que a medida que continuemos nuestra vuelta al mundo vayamos encontrando el juego completo. Los naipes y los viajes se parecen: ¿no es cada anécdota es una carta de una baraja infinita? Y así, en un Nissan Patrol ’67 llegamos a Latacunga, donde un mendigo se acerca, no para pedirnos monedas, sino una bendición…

 

Ahora nos embutimos en la caja de una camioneta que lleva a un grupo de campesinos. No han podido vender toda la cebolla de verdeo y regresan con el sobrante en un fardo. La luz, que parece reflejarse en el cono nevado del volcán Cotopaxi, gambetea la lona de la camioneta e ilumina el rostro andino de una muchacha. No puede creer que sea la primera vez que vemos el Cotopaxi, al que me imagino que considera tan perenne como la luna o el sol. Un hombre de sombrero y poncho llamado Julio Cesar nos invita a su comunidad. Como viajamos sin rumbo, aceptamos. Con el fardo de verdeo al hombro Julio nos conduce a su casa. En una sala-depósito arroja un viejo colchón en donde podremos descansar y nos invita a seguirlo hacia el ambiente familiar. Es la cocina y a su vez el dormitorio de su mujer e hijos. Estamos contentísimos, pues en Bolivia nos fue muy difícil lograr un acercamiento tan íntimo a una familia andina quechuaparlante.

 

La hija prepara y reparte sopas de arroz de cebada para todos. Alrededor nuestro, los muros están decorados con posters que previenen sobre emergencia del parto de una manera muy gráfica. “El guagua no llora” se lee, o “La placenta no baja”. En esta casa de suelo de tierra Olga ha parido a sus diez hijos, todos destinados a seguir exprimiendo este árido páramo andino hasta lo imposible. Las parcelas se subdividen con cada generación. A la pobreza la gusta la trigonometría. Me voy con estos pensamientos a la cama. Por la mañana, ya con luz y más confianza, son ellos los que nos comentan sus ansias por elevar la productividad de la tierra. Quieren un ingeniero agrónomo y me preguntan si no conocemos alguno que quiera ayudarlos. No están pidiendo un subsidio ni un plan social, sino por el contrario consejos para trabajar más.

 


 

Es domingo por la mañana, y la familia se prepara para el ritual del mercado. Antes, Olga pela las papas para el desayuno ante una luz tenue pero mágica, que penetra por la única ventana y se acoda selectivamente en su regazo como un gato. Su hija la ayuda. Con sus elegantes sombreros agachados hacia sus ágiles manos, envueltas en sus ponchos, uno diría que se están dedicando a una tarea menos mundana que retirar la epidermis de un tubérculo. Luego del desayuno Julio y las dos mujeres se preparan para ir al mercado, esta vez al de una comunidad vecina llamada Guangaje. Madre e hija se peinan una a otra. Ir al mercado es un ritual que excede la necesidad de entrelazarse con la oferta y la demanda. Para las mujeres es una oportunidad única de cuchichear. Van allí aunque no precisen comprar nada, simplemente a estar. De hecho, no veo el fardo de verdeo por ningún lado.

 

En Guangaje, apenas un caserío, las pastoras con sus ovejas y llamas se aparcan a la salida de la iglesia. Muchas mujeres se acercan a saludarnos con candidez y sonrisas. Todas llevan un sombrero, que en muchos casos decoran con una pluma de pavo real, otrora una distinción de poder económico, hoy día sólo un ornato. Las polleras bordadas con figuras andinas y la finura de sus rasgos las convierten a mi juicio en las mujeres más bellas de los Andes. Una de estas tiernas pastoras se acerca a saludar con Laura. De mujer a mujer las confidencias fluyen: la pastora le cuenta que tuvo que vender uno de sus borregos porque su marido la abandonó con cinco guaguas… Podríamos dar la vuelta al mundo relatando sólo cosas bellas, trovando color de rosa, pero la curiosidad que sentimos por las mismas sociedades que nos bendicen con su hospitalidad nos obligan a ver más allá de la neblina del romanticismo, y no vemos utilidad en mentirle a nuestros lectores. Más bien compartimos todos los colores del arco iris.

 

Frente a la iglesia, tres hombres bailan en ronda una coreografía andina, disfrazados de mono, tigre y policía, que parece entretener mucho más que la misa que se desarrolla dentro. El clima es jovial, un centenar de sombreros rodea a los danzanti sin que la actividad del mercado se interrumpa ni las ovejas dejen de balar. Dentro de la iglesia es otro cordero el que bala, se lama Sergio y es un cura salesiano. Hemos decidido presenciar la misa, un poco por curiosidad, otro poco porque el cura tiene una camioneta y viaja hacia Zumbahua, nuestro próximo destino. Lo que escuchamos dentro nos deja pasmados: el cura, un septuagenario italiano de ojos celestes, le dice a los feligreses emponchados que en Italia las parejas abusan tanto del preservativo que luego no pueden tener hijos. Es increíble, ¿este cura nunca leyó a Malthus? No sólo manipula descaradamente su ignorancia con una falsedad, sino que su anteojera teológica le impide ver que la falta de planificación familiar es uno de los factores que acentúa la pobreza en esta zona.
 

 

Antes de retomar la Panamericana pasamos por el Quilotoa y nos emocionamos mirando desde el borde del cráter hacia la laguna, 400 metros más abajo. El paisaje nos gusta tanto que no hay que esforzarse para ofrecer a la cámara nuestra pose más enamorada. Retomamos el camino por el que llegamos. Hasta Latacunga nos lleva Rubén, un joven camionero que confiesa que conduce despacio para que la conversación dure más, y nos invita unas deliciosas tortillas de maíz en el mercado de Pujilí. Haciendo dedo hacia Quito, frena un VW Golf. Seguimos con racha, porque Salo y su familia no sólo nos obsequia helados sino que nos invita a su casa en la zona sur de Quito, un suburbio de clase trabajadora donde abundan las ferreterías y la esperanza. Antes, cenamos en el Quicentro Sur, un novísimo Shopping tan moderno que lo sobrevuela un monorriel. Nos sentimos algo crotos…


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

2 Comentarios

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  • Hola Juan
    Después de un buen tiempo he retomado la lectura de tu gran aventura..he leído todos tus artículos desde antes de llegar a la Antartida…los leí en un día y medio…siempre tan interesantes tus relatos que imagino estar viajando con uds. Y como siempre me hicieron recordar los viajes que hice por muchos de esos sitios que uds.han visitado. Tus relatos entretienen y educan y nos hacen tener una mejor percepción de las sociedades que conforman nuestro continente…Que experiencia realmente! que manera tan increíble de llenar la vida con tantas experiencias. Esperare los próximos artículos para seguir viajando con uds. He leído la semana pasada todos los artículos del blog de Laura tu gran compañera, que también me hicieron ver esta aventura como si fuera una película cinematográfica. Y ya sabes aquí en Nasca siempre tienen un amigo que los estará esperando ansiosamente.
    Suerte y que siga la aventura.

  • Hola Juan! soy Alexis de Arg, lei tu libro hace ya bastante, me lo regalaron por ser viajero como vos!Muy bueno como escribis, y las cosas que nombras como cortazar o fito paez me indentifico mucho. Yo también viajo mucho, acabo de llegar de europa, transiberiano, china, india, tailandia, nepal. Te dejo mi blog viajeroporsiempre.blogspot.com ; muy bueno todo lo que haces te felicito.

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