SENTIDO Y PREPARACIÓN DE LA AYAHUASCA: UNA LIANA TENDIDA DESDE EL CIELO.

 
¿Quieren probar ayahuasca? – en la propuesta de Pascual no había tabúes ni vueltas. Tras una semana en la selva ya nos sentimos integrados a su familia y no había necesidad de mayor trámite. Conocíamos el carácter de cada uno de sus hijos. Sabíamos que Manolo era inquieto y travieso, y hubiéramos esperado una sonrisa de Marcetti, quien parecía no haber encontrado en sus tres años de vida razones para semejante mueca. Teníamos una conexión especial con Cristian, quien se había sincerado sobre sus ansias de estudiar en la ciudad, y luego nos había enseñado cuanto sabía acerca de la selva (nosotros, en injusto trueque, le adiestramos en el juego de chinchón). Habíamos empinado bejucos cortados a machetazos para aceptar el agua interna que fluye de esas lianas, nadado en sus ríos y probado todos sus manjares, acompañándolos incluso durante el peculiar banquete de degustar ayangos, hormigas rojas gigantes ingeridas vivas tras sacarle las alas. En tal contexto sucedió la invitación.
No nos hemos internado a la selva en busca de ayahuasca, pero la hemos encontrado. Según Pascual  el preparado es parte vital de la cultura shuar. La planta les comunica una visión, que puede versar sobre su pasado, presente o futuro. No la toman sólo hombres adultos, sino mujeres y niños también. “Cuando uno es chico es posible tener visión, que puede ser vivir 80 o 100 años o tener que matar un hombre o ir a la guerra”.
La selva es la que brinda a los shuar sus alimentos y provee los materiales para sus chozas y canoas. Es lógico que sea también la selva, reconfigurada tras la máscara de la ayahuasca, quien los guíe en ese viaje ritual de introspección. Han deambulado en la selva durante milenios para hallar esa brújula oculta, esa liana del cielo, como sugiere la etimología. Todo esto revela un know how, una domesticación simbólica y práctica de la naturaleza.
La noche agendada caminamos descalzos sobre el barro –como siempre- hasta la cocina familiar. Cuando entramos vimos a Pascual, esperándonos con pose serena junto a la ayahuasca que con cariño había elaborado por la tarde. Primero había seleccionado cuidadosamente las lianas. Las había cortado en trozos iguales y luego, con el machete, había raspado los musgos adheridos a la corteza. Para evitar un “mal sueño”, había imitado a sus ancestros a la hora de envolver cuidadosamente esos residuos verdosos y devolverlos a la selva. Con una piedra enorme había machacado cada tronquillo, adosando una hoja de una planta llamada yiaji a cada tronco triturado. En el fogón perpetuo del centro de la choza había hervido la poción, rodeado de pollitos curiosos y de sus perros, hasta obtener un denso jarabe.
Una inofensiva mermelada. A eso se asemejaba el concentrado ambarino que Laura y yo observamos al asomarnos al fondo del vaso que se nos ofrecía. Ella y yo llegábamos a este cruce común del destino desde rutas completamente distintas. Durante su vida previa al viaje, Laura había tenido una actitud de rechazo ante cualquier sustancia que prometiera distorsionar en algún grado su consciencia. Quizás se había filtrado en su sistema la doble moral de nuestra contradictoria sociedad, que alienta la distensión de drogas nocivas como el alcohol y el tabaco pero cataloga de “peligrosas” a sustancias menos funcionales a la línea de producción. En realidad, siempre me había sorprendido su impermeabilidad ante toda clase de tentaciones. Según el caso, sin embargo, me parecía que mantenía estas barrerás por un orgullo por el que asomaba la curiosidad.
rio-mangoziza

La comunidad sobre el río Mangoziza donde estábamos conviviendo, en un día de lluvia.

Mi caso era distinto. Yo nunca había viajado a la caza de los “estados alterados de consciencia”, más bien los había catado con afición de coleccionista, con la misma ritual pesquisa con que me expongo a culturas, idiomas o geografías. Nunca había peregrinado a Catamarca en busca de que el San Pedro me susurrara el sentido de mi vida ni me había demorado más de una tarde en los coffee shops de Amsterdam o Christiania. Conocí muchos viajeros en cruzadas místicas, que recorrían Latinoamérica entera impulsados por expectativas de mágicos encuentros con algún hongo o planta. Salvo casos excepcionales, estos casos me parecían maratónicas catarsis con la saturación urbana como punto de fuga. Escapes válidos y hasta compartibles –pero escapes al fin- en busca de un alma mezquinada por los subtes y los horarios. Yo había abandonado bien temprano ese mundo, con dos adicciones fundacionales como primer equipaje: la poesía y la ruta. Quizás por llevar el estilo de vida que siempre había soñado –el viaje constante- no sentí nunca urgencia alguna de excavar los bolsillos secretos del alma en busca de otros sentidos. Había tenido experiencias místicas con ácidos en India y puedo decir que aprendí de ellas, pero no les estaba al acecho, sino más bien había tropezado con invitaciones oportunas.

Ahora el caso era el mismo. Había tropezado con la ayahuasca y la aceptaba con calma. Al lado mío, Laura era una equilibrista en el filo del dilema. Las historias de “iluminación” y comprensión súbita que ambos habíamos escuchado la atraían, pero con idéntico hechizo la atemorizaban las crónicas de viajeros que vomitaban y se defecaban durante horas después de haber ingerido el preparado. Nuestro punto de coincidencia era acaso que ninguno de los dos esperaba de la ayahuasca un norte, un delivery de claridad ante la incertidumbre de nuestras vidas.
Cuando Pascual puso el vaso delante de mí lo tomé con respeto y seguí la práctica que una vez me enseñaron los rusos para hacer fondo blanco con cualquier cosa: exhalar todo el aire y beber el líquido con el instinto de respiración reclamado por los pulmones. Cuando el vaso llegó a Laura, estuvo a punto de rechazarlo. Le animó –supongo- que Jimena, la hija de Pascual de 14 años, también era de la partida. En las entrañas del Amazonas, la valiente Laura ponía su consciencia a disposición de una liana.
Durante una media hora, ambos sentimos cierto malestar estomacal. Pascual nos miraba quieto, como si fuera un guardián de piedra, con la paz emboscada en su rostro, casi abstracto. Alrededor de la bombilla de luz revoloteaba alguna que otra mariposa de noche con furiosas elipsis. Cuando fue el momento nos sugirió que regresáramos a la casa que ocupábamos en la comunidad. De regreso, el barro se sentía mórbido, inmaterial. Laura vomitó en el camino. Uno al lado del otro, dentro de la carpa armada dentro de la cabaña, los dos nos abandonamos a la deriva que la planta propuso. No voy a hablar aquí sobre las visiones de Laura y temo que las propias sean poco inspiradoras o emocionantes.
Como siempre, dejé a mano mi lapicera y libreta (una vez en Laos, una involuntaria combinación de medicina contra la malaria con marihuana me había hecho escribir una poesía kilométrica). Los colores y patrones geométricos comenzaron a desfilar por mis párpados cerrados. También en la antigua Indochina un francés avezado me había jurado que la ayahuasca te sumergía sin piedad en las profundidades de tus miserias. Creía mantener un nivel de coherencia aceptable en mi vida y mi puse a disposición de esta jueza vegetal impiadosa. Pensando en mis errores, supuse que podría ser juzgado por el exagerado amor al camino, por haber dejado una carrera universitaria, por ser casi un extranjero entre mis sobrinos –de los que alguna vez recuerdo su cumpleaños-, por tomar la crónica y el viaje social como un sacerdocio.
Pero tal juicio nunca llegó. Figuras geométricas, serpientes, máscaras que parecían moldeadas en ébano africano se presentaban y disolvían sin mayor trascendencia. Contornos fractales, múltiplos de sí mismos. Entre todo ese carnaval pictórico pude ver letras cursivas que se dibujaban en el vacío. Luego vi la tapa de mi propio libro, Vagabundeando en el Eje del Mal. De pronto, a su lado aparecía el mapa de Sudamérica, que iba siendo rellenado por la escritura cursiva que ahora era intensa y voraz. En aquellos días andaba con ciertos dilemas menores sobre cómo acotar en un solo libro las realidades y desafíos de un continente tan extenso. Latinoamérica se me hacía infinita, y nosotros demasiado curiosos como para ser sintéticos en el andar. Sentí entonces que la planta me aconsejaba limitar el próximo libro a Sudamérica para darle más protagonismo a cada historia y cada lucha.
Hablando de luchas, a seguido surgió una secuencia que compartimos con Laura. En un cuadro, los Shuar salían de la espesura de la selva blandiendo sus lanzas y cerbatanas, cerrando filas contra la amenaza minera. Lucían sus rostros pintados en señal de guerra y se adornaban con plumas. Entre ellos, para mi mayúscula sorpresa, estaba yo, también empuñando la lanza (entonces recordé que Florentino, otro Shuar me había otorgado el apodo Nanki, que en shuar significa “lanza”) De fondo resonaba una frase: “Nunca nos convencerán”.
Esas dos visiones fueron las más claras. Durante las cuatro horas que duró el efecto, ninguno de los dos perdió la lucidez. A lo sumo sucumbimos al entresueño. Por la mañana le  pregunté a Pascual si quizás no había tomado una dosis menor a la de Laura. El me respondió lo que ya sospechaba: la planta elige, si no hubo más visiones era porque no las necesitabas.
La mente humana es como una cebolla con distintos niveles de consciencia, e infinidad de pliegues internos. Para un sistema que valora la atención perruna del individuo a las órdenes de un jefe, sustancias como las ayahuasca o a marihuana pueden implicar una amenaza a sus mismos cimientos. La alteración de la consciencia se produce, y a niveles mucho más vergonzosos y perniciosos, durante el exceso de alcohol, estado venerado y promocionado de los 15 años en adelante. Pero se acepta porque permite un desahogo de la tensión y ansiedad generadas por el consumismo y por ello contribuye a su continuidad. Cuando la alteración de consciencia va en cambio acompañada de un aprendizaje peligroso que pueda desafiar o contestar el orden establecido, entonces asistimos a la imposición de rótulos descalificatorios. No importa lo que los manuales del eficiente contribuyente digan, la planta se ha ganado un lugar en el mundo. Ha sido declarada oficialmente Patrimonio Cultural del Perú, y es utilizada por algunos psiquiatras para tratar fobias. Interpreto el ofrecimiento desinteresado de los shuar como una pedido de alianza ante su problemática (por eso la visión de las lanzas).
 
Si tu, lector desconocido, estás considerando la opción de partir hacia la selva en busca de la sabiduría de esta planta, no olvides que estarás usando para tu provecho un elemento de su cultura. Tu ética te dirá hasta que punto mereces apropiarte de los frutos sin conocer el esfuerzo de las raíces. La Amazonía está en jaque, y es mucho más que ayahuasca: es depredación, minería y multinacionales petroleras. Nuestro humilde intento de reciprocidad hacia los compañeros Shuar lo puedes ver aquí. ¡Buenos caminos!

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

7 Comentarios

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  • hola, me gusto mucho la historia, vivi parte de mi infancia en la selva de Peru, pero nunca probe ayahuasca,despues de 19 años he regresado 2 veces al pueblo de mis padres, pero aun no la prueba, como tu decias, ya vendra, no la busco, se que algun dia la probare, jejej, soy como Laura, nunca acepte probar algun tipo de alucinogeno que distorcione la realidad, nunca he probado marihuana o otras sustancias.
    suerte en todo, saludos desde Chimbote – Peru

  • Increíble relato. Gracias por deleitar un viernes de trabajo con estas palabras.
    Hace unos meses, en otro país con una planta famosa (sólo que se trata de un cáctus y no de una liana), el peyote, en un museo de medicina maya encontré un cartel que decía cómo grandes compañías farmacéuticas habían robado y hecho propio el conocimiento de la medicina natural de diferentes comunidades americanas.
    Habría que verificar este dato, pero aparentemente la ayahuasca se usa como principio activo de un medicamento para la esquizofrenia. Obviamente hay ningún tipo de reconocimiento al conocimiento acumulado durante milenios por parte de nadie.

    Me alegra que hayan podido tener la experiencia.

  • me gusto el relato, yo vivi parte de mi infancia en la selva, he regresado despues de 19 años, 2 veces ya al pueblo de mis padres, nunca he probado ayahuasca, es algo que no busco, ya vendra
    soy como laura, nunca he aceptado algun alucinogeno que distorcione al realidad y eso que cuando estudiaba en bellas artes de Trujillo, la marihuana y el san pedro era algo muy comun
    Cuidense mucho, saludos desde Chimbote – Perú

  • Interesantísimo el relato, tampoco he tenido la oportunidad de probarla ya que me viene bastante lejos vaya, pero lo tendré en cuenta un día que vaya por allí.

    Buenísimo el relato, debería de haber más como este, interesantísimo, un 10.

    Saludos desde España!

  • Genial, Juan Pablo! el tema de la Ayahuasca ha sido una constante luego de mis primeras experiencias como viajero. Al principio quería tener la experiencia por todo lo que había leído y porque venía de otras experiencias muy reveladoras y místicas, como vos le llamás, y sentía que algo me estaba faltando.
    Con el tiempo comprendí que llegaría sola en su momento y si tiene que llegar.
    Un relato estupendo. Gracias por compartilo. Un abrazo grande.

  • Simplemente un relato solido, literalmente delicioso, socialmente necesario…
    Que tengas la posibilidad de achicar las distancias culturales que nos separan y que le pongas voz, a esta situación…que nos trasmitas el grito de la Pachamama…es mesiánico…
    Gracias por la generosidad de compartir tu experiencia!

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