RADIOGRAFIAS DE GUAYAQUIL: MÚLTIPLES ALMAS DE UN ASTILLERO

“En Guayaquil sale el sol y hace calor… y hasta la luna arde como el sol” – dice el blues que Kevin Lenin pulsa sin púa en su guitarra en la noche de Sauce 7. Y Kevin es bastante literal con su metáfora, pues Guayaquil, la ciudad más al sur del Caribe sin estar en el Caribe, reposa en el ojo, en el alma de Ecuador, hierve con 3 millones de almas sudantes junto a la desembocadura del río Guayas y sus esteros. Quienes la apodan “el astillero” conmemoran sin saberlo que de aquí salió la primera galera de América del Sur, en 1556. Para nosotros, también, Guayaquil es un astillero en que nos tomamos un par de semanas para reparar nuestras mochilas, descansar un poco el alma de nuestra acelerada carrera hasta Cuenca, y mirar mapas antes de seguir.
El compañero José Matías Valencia fue el primero en recibirnos, militante en el Partido Comunista desde los 11 años. José llegó a ser becado por Mercedes Benz para estudiar finanzas en Hamburgo en los años 80 antes de definitivamente consagrar su vida a la lucha por la salud pública. Pasamos una semana en su casa, aprendiendo sobre los contrastes de Guayaquil, en donde las ciudadelas privadas como Los Ceibos limitan con barrios como El Bastión Popular, o Nigeria, una favela afroecuatoriana. Vajilla de plata junto a cucharas vacías… Valle Alto, una de estos barrios-fortaleza, tiene su propio parque temático kitsch con una réplica de la estatua de la libertad (que sólo puede celebrar la libre interpretación que se ha hecho de ella), y hasta un Big Ben bonsai, bosquejos a mano alzada del imperio. No me sorprende el malgasto de mampostería berreta tanto como la ausencia de vergüenza (y de orgullo) que debería ir asociada a estas aproximaciones no autorizadas al Imperio. Y he llegado a la conclusión de que esto es algo propio de las clases acomodadas, vox pupoli peluconas, del Ecuador.
Nuestro antídoto contra el sedentarismo parece ser mudarnos de casa en casa aún cuando estamos en la misma ciudad. Y así nos tomamos la metrovía desde Sauce 7 hasta el malecón, donde Servio Zapata, pintor local, nos espera en su departamento-atelier. Las paletas usadas para cada obra adornan los muros del luminoso ambiente frente al río Guayas como si fueran placentas. En el centro es frecuente verlo a Servio orquestando la luz a pincelazos desde el atril, mientras escucha Sabina, deteniéndose a veces para leer unos versos de Leopoldo María Panero o jugar un rato a la Play Station.
Cuando llegamos a su departamento, el artista daba los últimos toques a su colección titulada Xocolatl, un despliegue de cuadros y trípticos hiperrealistas destinada a retratar las haciendas cacaoteras del Ecuador. Allí aprendimos que Ecuador es uno de los mayores productores mundiales, pero más allá de estadísticas de exportación la obra de Servio permite al ojo habitar un universo de miles de tonos de verdes. Las plantaciones se extienden hasta el horizonte, pero cada hoja tiene contornos, brillo y tonos distintas de las circundantes, como iluminadas por un sol diferente. Uno se pierde en el detalle, en los ocres variables de las hojas en descomposición que tapizan el suelo, en la veracidad de las malezas y hojas carcomidas por hormigas. Famoso por su estilo realista, cierta vez pintó una batalla épica en el techo del jacuzzi de Novoa, el millonario dueño de la mayor exportadora bananera del mundo. Más allá de su talento, nosotros le tomamos aprecio por su sencillez y su humor, porque hay que verlo despotricar por la inexistencia de la palabra hombrezuelo o hipotetizando la posibilidad de llevar a Stephen Hawking al espacio exterior y dejarlo allí flotando para que se inspire.
Desde que llegamos al departamento de Servio, Guayaquil se nos abrió como un kaleidoscopio. Cada día conocíamos artistas, escultores del vino y del olvido, misteriosas mujeres de sombrero que ejecutaban una fisiológica poesía de la autocomplacencia, mujeres de helio. Asistimos a los recitales de poesía de Siomara, a inauguraciones en galerías de arte donde el whiskey gratuito envalentonaba a inversores y mecenas, y probamos las geniales milanesas napolitanas del Negro Uzqueda, un catamarqueño exiliado. Pero fundamentalmente, las escaleras del departamento de Servio eran un tobogán hacia el agitado corazón de la ciudad: la Bahía.
No podría decir que la Bahía es un mercado o un bazar, porque ambos términos resultan insuficientes. Originalmente, en la bahía del río Guayas los barcos arrojaban a tierra sus mercancías para evitar los controles aduaneros. Hoy día el contrabando se ha tecnificado, y ya no es necesario arrojar bultos por la borda sino tener el contacto indicado. Son varias hectáreas las que ocupa esta laberíntica tabla periódica de frivolidades. Dentro de cualquiera de sus calles uno pierde toda perspectiva de la ciudad que lo rodea. Tarjetas de memoria, laptops, filmadoras, lencería, perfumes imitados, relojes falsificados. Los celulares ocupan en sí una vasta área, hay templos dedicados a sus fundas y accesorios, y seculares gordos con gorras de baseball y casacas amarillas del Barcelona sueldan sus plaquetas y circuitos. Lo hacen con obstinación y cariño como si estuvieran resucitando ángeles. A la posmodernidad le falta un Michelangelo que esculpa la ausencia de los rostros complacidos y fláccidos de quienes ganan su pan liberando celulares. La oferta abruma, comisionistas freelance con catálogos de bicicletas o ventiladores nos arengan hacia sus tiendas. Hombres cargan cajas con televisores en camionetas que esperan en fila para hacer entregadas a familias que se atrincheran con electrodomésticos, como en Empty Spaces de Pink Floyd. Otros envían nerviosamente mensajes de texto con cotizaciones y porcentajes. Los cocacoleros adjudican vasos de gaseosa a los cansados mercaderes en el vaho de los mediodías guayacos. Codo con codo, familias, buscavidas, oportunistas, es un caos que reencarna cada mañana y muere hacia el atardecer, como una diástole y sístole perpetuadas desde y hacia la eternidad. En los gestos de la gente adivino también la esperanza de vivir un día en los Estados Unidos. Más difícil de explicar aún, sospecho que al apropiarse de baratijas modernas inalámbricas y pagarlas con dólares americanos de curso legal, muchos se convierten a la auto-ficción suplente de alinear sus vidas al sueño americano. Porque claro, conseguir la visa es mucho más complicado, aunque la Bahia sea un pasamano de Washingtones, Abrahames Lincoln y Benjamines Franklin.

Por la Bahía, camino muchas mañanas con libreta y birome a mano, sólo atento a lo que la gente dice, al verbo aplicado. Siempre pensé que en sitios como estos se podría confeccionar cadáveres exquisitos con las frases que llegan a nuestros oídos, todas hilvanadas por ser paridas en una circunstancia nodriza común: el comercio. Así escucho (y anoto): está trabajando, pero no le pagan / ¡contrabando mi amor! / Kenzo, Kenzo / agua, agua, agua / un dolarito, aun dolarito / come aquí y muere por alllá / se tapan porque saben lo que tienen / no sea malito una yapita por favor / es ropa norteamericana…

 

Opuesto conceptual y espacialmente a la Bahía, Se encuentra el Malecón 2000, un boulevard prolijo, vigilado, y privado que es una pasarela de familias y parejas almibaradas, de puestos de helados, cinemas 3D y parques temáticos infantiles. Es el espacio más turístico y contemporáneo de Guayaquil, con farolas futuristas, hamburgueserías con menúes fotografiados y sin vendedores ambulantes. Los niños tironean a sus padres hacia el Buque Escuela “Guayas” y por el río pasa otra “fragata”, a motor, pero con velas de adorno con el logo de Movistar. Hoy el malecón es un parque de diversiones, pero antes fue mucho más que eso. Aquí había muelles donde atracaban barcos día y noche. Ya en el siglo XVII los viajeros anotaron que el sordo cuchicheo de quienes negociaban en los muelles era la seña indiscutible de haber llegado a Guayaquil. Según me contó un anciano del lugar, hasta la década del 70 flotaba aún en el ambiente el aroma del cacao. En la década del 20, sus ramblas de madera eran territorio de inmigrantes, algunos llegaban desde Italia para afincarse, otros desde la Sierra a buscar las oportunidades que el auge cacaotero ofrecía.
Una torre de madera con reloj cuantificaba el pulso de estos muelles furiosos. Hoy, una reconstrucción en estilo morisco de esa torre sigue liberando a Cronos, pero ya no hay muelles ni furia, sino sus íconos. Una estatua de San Martín y Bolívar abrazados en pose algo afeminada. Un vagón de madera de primera clase que alguna vez viajó a Quito. El malecón es un espacio aséptico apto para todo público, un refugio de seguridad propuesto por el mismo sistema que educa en la competencia y que enaltece las diferencias sociales, y que arrojó a esas mismas aguas del Guayas a los panaderos y vulcanizadores de la Revolución del ’22. Volviendo a la Bahía, en sus recovecos donde se rematan desde pasta dental hasta cotorras, es para mí donde late más sinceramente el alma de Guayaquil, que siempre fue mercado, puerto y remolino.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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