EL PESCADOR MAREADO Y LA SOPA DE LANGOSTA

Guayaquil fue nuestra base durante nuestra primera etapa en Ecuador. Desde allí, hicimos propia la costa ecuatoriana con escapadas a todos sus rincones. Pasamos varias veces por Montañita, Olon, Manglaralto o Canoa, al punto de poder predecir con confianza casi local los muelles, salinas y camaroneras de San Pablo…  Las camionetas que nos llevaron, son tantas que en la memoria se fusionan en una que las abarca a todas, con un conductor de rostro borroneado por el promedio. Claro que algunos destacan. Nunca olvidaremos al jefe de las fuerzas especiales que nos suplicó que le ayudáramos a comprar un perro de raza en Argentina, al dueño de la heladería que nos llevó en su hermosa combi VW, que compartimos con la gigantografía de un cucurucho, al blusero que había vivido en EE.UU o al aniñado médico de Samborondón que se ofreció a llevarnos a un lugar seguro… y nos dejó en el McDonald’s más cercano.

La ruta al norte de Montañita, sitio ya descripto por Laura en su blog, va sorteando sencillas aldeas de pescadores. Desde que llegamos a la zona le decía a Laura que quería compartir algo con ellos, pero quisiera que se diera de forma natural. Así que habíamos vagado por las playas fotografiando sus esbeltas embarcaciones varadas en la arena, con ropa tendida entre barco y barco y niños jugando a la pelota. Pasamos Ayampe, vimos desde la ruta la Isla de Salango, y aceptamos un viaje en camión hasta Puerto Cayo. Como eran las 5 de la tarde, entramos al pueblo y decidimos hacer noche allí.
Todos los pueblos de la costa ecuatoriana comparten cierta iconografía natural. Los hombres que juegan a las cartas en los porches de las casas, los comedores con las mujeres preparando “maduro”, los cumpleaños infantiles pobres con globos y gallos, el calor… Por una calle bajamos en dirección a la costa. Entonces divisé una de esas escenas que hacen que en Ecuador abunde el material para una novela costumbrista. Era una casa de pescadores. Los hombres arreglaban las redes entre las que jugaban sus hijos, se escuchaban las voces de las mujeres dentro. Pedí permiso para tomar algunas fotografías, y pronto uno de ellos apareció sosteniendo dos pulpos. Lamentaron no tener ninguna langosta. Entonces sucedió la magia: “¿Por qué no vienen mañana a las 5:30 y salen a pescar con nosotros?”. Como este tipo de intercambios era precisamente lo que buscábamos, prometimos hacerlo. Seguimos bajando esa calle comentando la sincronía que el universo tiende –por momentos hacia nuestros deseos.

Buscando algún sitio donde alojarnos conocimos una familia italiana que llevaba 30 años viviendo en Venezuela. El hombre, de unos sesenta años, con una gorra naval roída, parecía recién bajado de un barco mercante de los años 60. Nos permitieron acampar en su casa, que a decir verdad era como un camping. Cocinaban sobre una garrafa, y se quejaban de que habían evacuado Italia huyendo de los impuestos (le tasse) para llegar a Venezuela y terminar escapando de otro dictador. Nos permitieron acampar junto a su casa, y pusieron a disposición su cocina pero no sus alimentos, dejándolo bien en claro. Yo recordé cuando en 2001, el dueño de un restaurante italiano en París puso delante de mi hambre un plato de pasta, con un vaso de agua con hielo. “La Pasta no se le puede negar a nadie” –me había explicado. Nunca entendimos porque estos italianos sí mezquinaban la pasta.
A la mañana temprano salí entre perros que me ladraban, con mi fiel linterna. Pasé por la plaza desierta y divisé los avioncitos de papel abandonados por los escolares y humedecidos por la humedad matinal. Identifiqué la casa de los pescadores, quienes ya preparaban sus redes. El padre de Palote, mi nuevo amigo, aceitaba un motor fuera de borda Yamaha. Recordé que en todas las casas del pueblo había visto motores náuticos similares, reposando en caballetes para su constante mantenimiento. Palote, su hermano Yuma, y dos vecinos tomaron bidones de combustible, cajones plásticos, botas, herramientas,  y lo cargaron en una camioneta amarilla desvencijada. “A la playa pues” – dijo el padre de Palote.

De otras casas también salían camionetas, todas más o menos vapuleadas por las décadas, cargadas de redes y pescadores. Todas las mañanas, Puerto Cayo hace su jugada, avanza sus peones hacia el mar, como durante milenios lo hicieron los navegantes de esta zona del Ecuador. Los navegantes manteños incursionaron hasta las costas de Chile y México en busca de conchas, vasijas y oro. Y hasta el día de hoy ser pescador es mucho más que ejercer un oficio.
Aún no había amanecido cuando deslizamos el bote hacia el agua sobre troncos de madera.. Pronto estábamos atravesando las olas, mientras los pelícanos comenzaban a seguirnos ansiosos de embuchar las sobras de la captura. La proa del bote iba casi en el aire, y sobre ella Yuma se paraba en perfecto equilibrio e intentaba divisar las boyas que indicaban la posición de sus redes. Las boyas no eran naranjas como me las imaginaba, sino simples botellas de gaseosa. Una vez localizadas, comenzaron lentamente a jalar de ellas. Sus manos consumadas lo hacían con suma rapidez, como si fueran a pescar algodón. Y mientras lo hacían cantaban o lanzaban bromas socarronas sobre sus mujeres. Uno de ellos iba separando las langostas. Cuando vi salir la primera me pareció casi un ser mitológico, con su irreales antenas y sus temibles coletazos. Otras veces la red barría con caracolas llamadas Spondylus, que alguna vez fueron moneda de cambio entre los incas. Cuando Malay subía las piedras que anclaban las redes, Palote le decía: “Mal vecino, suba langostas, no piedras!” Cuando todo lo enredado ha sido procesado, devuelven la red al mar, manipulándola con la velocidad de un pianista prodigio.

La jornada de pesca duró unas cuatro horas, tiempo suficiente para marearse un buen rato y recordar el Pasaje de Drake, lanzándose oportunamente  a estribor para hacer las ofrendas estomacales al Pacífico. En cierta forma fue una ceremonia, ya que el Pacífico era un océano sobre el que nunca había vomitado aún (sólo en el Atlántico y en el Antártico). Dicho esto, no había tiempo par distraerse, porque si el vuelo razante de los pelícanos era ya un espectáculo, más lo fueron las ballenas jorobadas que comenzaron a saltar, a 500 metros nuestro. Lamentablemente, no pude tomar fotografías debido a la distancia y la escasa luz. Las ballenas jorobadas llegan a las costas del Ecuador en plan de apareamiento. Me sentí afortunado en el corazón de poder verlas.

Algo me apasiona de la vida de estos pescadores, y me cuesta comprender qué. Supongo que tiene que ver con la esencialidad de capturar sus propios alimentos, e insertar el resto en el mercado. Los pescadores artesanales de la costa de Ecuador no tienen seguro médico, ni aportes jubilatorios, ni nada, y deben competir por el recurso con modernas flotas comerciales.  Encomiendan el futuro de sus familias a la fecundidad de las redes que siembran en el mar. Esas mismas familias los esperaban en la playa cuando finalmente regresamos.  Acepté dos cabezas de langosta y cuatro pescados como paga y regresé a la casa donde acampábamos. Hasta el marinero más mareado merece una sopa de langostas.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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