SUCRE: EL ARTE Y LA ARQUITECURA COMO ALFABETOS DE LA INFAMIA


La casa de Wolf fue un oportuno spa posterior a nuestro tortuoso camino hasta Sucre. Allí lavamos ropa, reparé -con ayuda de Wolf- uno de los apliques de La Maga y recuperamos el acceso a Internet. Pasamos luego a la casa de Kim y Dries, dos voluntarios belgas en cuya relajada casa hicimos base para explorar la ciudad, y disfrutar de regresar al mismo sitio durante toda una semana. Poder disponer de una cocina, poder ir al mercado y escoger los ingredientes del menú, es una necesaria compensación a los almuerzos callejeros que Latinoamérica propone en cada puestito, mercado o comedor. También en su casa conocimos a Pierino y Amaru, dos viajeros chilenos con ansias de darse de baja del sistema, que apostaban a iniciarse en las artesanías y cargaban con guitarra y cajón peruano. Con ellos día tras día fue tomando forma la idea de escaparnos a recorrer las aldeas andinas en los alrededores de Sucre. La casa era también habitada por Franz, un ingeniero austríaco que diseñaba y cocía su propia indumentaria y preparaba unos schnitzel fenomenales… Ahora que lo pienso, esa casa de la calle Bustillos fue lo más parecido a un hogar en mucho tiempo.



 

Nuestra exploración de la ciudad empezó, en verdad, recién el cuarto día de nuestra estadía, un poco porque nos dedicamos a vender libritos artesanales en los cafés y otro tanto porque en estos viajes uno no puede vivir con ritmo de turista. Hay días que son para no hacer nada, o poco, para charlar, preparar una cena entre todos, o mirar mapas. Finalmente salimos a relevar esa opulencia colonial urbana que lo valió a Sucre la Declaración de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1991. La ciudad fue fundada en 1538 por los españoles inicialmente con el nombre de Charcas, que sucesivamente pasó a ser La Plata, Chuquisaca y al final Sucre, en honor al Mariscal José de Sucre, artífice de la independencia boliviana. La ciudad fue sede de la Universidad de San Xavier desde 1623, la cuarta universidad en las Américas, y por ende estuvo siempre a la vanguardia de los movimientos liberales hasta que el 25 de mayo de 1809 esas ansias se concretaron con el primer grito libertario de América, cuando los estudiantes y el pueblo pidieron a gritos la liberación de Jaime de Zudáñez y el fin de la colonia. El acta de fundación de Bolivia se firmó en 1825 en la Casa de la Libertad, aun erigida sobre la plaza.


Observando Sucre desde la colina del barrio de la Recoleta o desde cualquiera de los campanarios de la ciudad uno es víctima y cómplice de una ilusión óptica, parece que el tiempo se hubiera detenido en aquella época. En la Catedral comenzamos nuestro recorrido histórico. Data de 1559 y ostenta un estilo barroco perturbado por adiciones neoclásicas. Muchos la conocen por la torre de su reloj. Quedará sin embargo en mi memoria por alojar una infamia: la Virgen de Guadalupe. Uno se encuentra con ella tras recorrer las vitrinas del Museo de la Catedral, repleto de casullas, atriles, tinteros y misales de plata. Fue originalmente pintada por Fray Diego de Ocaña en 1601, y era una simple pintura más hasta que las familias nobles de Sucre comenzaron a donar diamantes, esmeraldas, rubíes y perlas que iban siendo colgadas de la tela. Como esta comenzaba a ajarse, el obispo de Sucre propuso enchapar la pintura en plata y oro. El resultado es la Virgen más rica de América, y una muestra cabal y sincera de la moral de la época: lo susceptible de adoración eran los diamantes y las gemas, el oro y la plata, y no la Virgen que acabó siendo tapizada, obliterada por estos metales. Más que una obra artística es una confesión de las intenciones españolas en el continente. En cada sentido funciona como paralelismo, ya que la incrustación de joyas en una imagen religiosa no deja de ilustrar que la legitimación de la explotación tenía un anclaje religioso.


No debería sorprenderme hallar el mismo patrón en todo el arte religioso de las Américas. En el templo de Nuestra Señora de La Merced, de austera presencia por fuera, cuenta con un altar barroco cavado exquisitamente en madera está laminado en oro. Allí se ven como estacionados cada uno en su casillero a los santos y apóstoles. Es fácil darse cuenta de que en todas las ciudades de la Cristiandad había más iglesias de las necesarias para los oficios del culto. La ubicuidad de la primera transnacional de la historia tiene una razón obvia y concreta: la necesidad de visibilizar con obras la alianza con la ideología que justificaba el saqueo del continente. No olvidemos que las tierras en Américas fueron concesionadas a los nobles españoles o portugueses a través de bulas papales bajo la condición o pretexto de evangelizar a los locales. No quiero aburrir con este tema. Déjenme también contarles que me sorprendieron los rostros mestizos aplicados a los poco etéreos ángeles atrapados en la madera torneada del púlpito, y que las vistas desde el campanario, al que ascendimos por una escalinata infinitamente circular eran el fondo justo para una foto de Laura con el cabello alborotado por el viento. La sonrisa de su rostro era termómetro de la espléndida vista.


Por momentos siento que para poder compartir la delicada opulencia de la Sucre colonial mi pluma debería volverse también barroca, afiligranada, perderse en el laberinto del detalle. Mi curiosidad lo hace. Con diversas excusas nos infiltramos en señoriales casonas del siglo XVII. En una trabamos conversación con su propietario, quien la ha transformado en hotel. El me cuenta que la propiedad aparece ya en un pergamino pintado por Pedro Ramírez del Águila en 1639. Haciendo zoom en el pergamino uno observa que la casona yacía contigua a la Iglesia de Santa Clara, por lo que se presume que era su monasterio. De estilo renacentista español algo arruinado por simetrías neoclásicas fruto de la época republicana la casona se despliega como un museo. Hay sillones con relieves en estilo barroco mestizo que se me antojan tronos de dioses, con abullonada pana, madera pintada con oro, y rostros de agargolados ángeles de mirada vigilante y soberana. Carlos nos cuenta que la pieza tiene unos 300 años y proviene de Cochabamba. Los artesanos locales eran más proclives a representar su flora y fauna nativas (una especie de jaguareté sobresale del apoyabrazos) que las canónicas uvas que ni siquiera conocían.


Hay, además, cuadros de ángeles arcabuceros, figuras pictóricas de la escuela cusqueña, en que los españoles enseñaron a los indígenas a pintar con el estilo de los pintores flamencos de la época. Ver a los ángeles con ropas coloniales españolas y arcabuces, otra vez, no deja lugar a dudas del carácter de la conquista. Ni hablar de una aún más contundente pieza de 16 kg. de plata maciza del Cerro Rico de Potosí…


En el descanso de la monumental escalera otro intrigante sillón de madera labrada en estilo art-nouveau, que reproduce la acaracolado expansión de una ostra. No es casualidad que esta pieza también proceda de Cochabamba. En la época en que el comercio de hojas de coca hacia las minas de Potosí alcanzó su punto máximo los acaudalados comerciantes amasaban fortunas incalculables. Eran meros intermediarios de esa hoja selvática que anestesiaba la explotación de los mineros, pero se daban el lujo de ornamentar sus mansiones con mobiliario y orfebrería fina. Cuando a fines del siglo XIX creció la demanda de estaño, se consolidó una verdadera oligarquía que dominaba las minas de ese mineral. Las familias de estos “barones del estaño” vacacionaban en Europa. En estos tours, sus mujeres adquirían sin esfuerzo caprichos que al no ser sustentables en Bolivia, requerían con urgencia réplicas. Así nacieron las famosas fábricas de chocolate de Sucre, con maestros artesanos traídos desde Suiza, o las fábricas de sombreros. Pero chocolates y sombreros pronto no alcanzaron. Había que reproducir la atmósfera para diferenciarse del hábitat andino circundante. Así nacen el Castillo de la Glorieta y la réplica de la Torre Eiffel que está en el parque Bolívar. Y hasta se podría encontrar un lejano parentesco con Mónaco en la singular carrera de autos que atraviesa la ciudad todos los años, aunque los vehículos parecen corcoveantes taxis tuneados con una sobredosis de calcomanías, zumbando ante la desinteresada mirada de las cholitas de la plaza. En todo caso, aunque disfruté Sucre de una manera especial y relajada, en casa de gente increíble como Dries y Kim, no pude dejar de leer ese alfabeto oculto en las formas, en las iglesias y dinteles, que hablan de la explotación y la infamia, del encubrimiento de un rpoceso de saqueo con uno de evangelización…



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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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