A PATA HACIA LA COMUNIDAD JALQA, EN EL CORAZÓN INTANGIBLE DE BOLIVIA

Creo que el plan empezó a germinar mientras mirábamos mapas sentados en un banco del Parque Bolívar bajo una réplica de la Torre Eiffel junto a Pierino y Amaru, nuestros colegas chilenos ansiosos de hacerse la América con el macramé.  La Cordillera de los Frailes se extendía en el mapa como un reino urdido por senderos de montaña que ha permanecido básicamente inalterado a través de los siglos. Este solar es el terruño del pueblo jalqa, una etnia quechuaparlante que además de subsistir hermanados con la tierra han plasmado su cosmovisión en elaborados textiles.  
 
Hasta Chataquila llega la carretera, y hasta allí llegamos los cuatro a dedo, primero la en la caja de una camioneta y luego en la de un camión. Chataquila es apenas un caserío junto a una capilla, en la que en 1781 fue famosamente asesinado el revolucionario indígena Tomás Katari, de quien hablaremos más adelante.  En el escalón de la capilla encontramos hojas de coca y un paquete de cigarros como ofrenda a la Virgen, señas de que estamos entrando en un escenario donde la cultura andina adquiere una pose menos diluida. Hay un calce forzoso de la entidad y roles de la Pachamama en la figura de la Virgen, rubia, aria, ella misma calcada –contrabandeada- de la Venus pagana por los primeros cristianos romanos. Sin embargo, hay también un retorno a lo pagano. Los bolivianos, al reconocer en María a la Pachamama, cierran el círculo sin saberlo y liberan a Venus, que entiende mucho más de hojas de coca y ofrendas de la tierra que la María católica.
 
Los mapas nos dicen que el camino que lleva de Chataquila a Chaunaca, nuestro próximo destino, es de origen incaico. Con el consejo de un cholita pronto localizamos el camino. Más que un desvío espacial es un desvío temporal. Piedra al lado de piedra, mágico, el camino se tiende en bajada pegadito a la montaña. El empedrado tiene unos 500 años como mínimo. Nos metemos en las venas, ya secas, del antiguo Tahuantisuyo.
 
 
En algunos sectores el camino bordea –con suprema ingeniería- el precipicio, y ofrece vistas perfectas hacia los andes parcelados en terrazas de cultivo. Cargados como estamos con la comida para cuatro días, vamos lento. Hacia el atardecer llegamos a un alto desde el que dominamos la vista de Chaunaca, nuestro destino. El sitio donde nos detenemos es una antigua área de descanso inca: un cuadrilátero de hierba cómodamente plano, en donde las tropillas comerciales reacomodaban la carga de sus animales y en donde los viajeros descansaban y se alimentaban. ¡Qué honor usar esa misma área con el mismo fin! Armamos las carpas y preparamos sopas instantáneas en la cocina, bajo el manto de la vía láctea, de ese cielo al que los incas estaban atentos como el hombre de hoy lo está a la TV.
 
 
Amaru saluda al sol la mañana siguiente, y luego todos desayunamos mandarinas, antes de bajar a Chaunaca. En la primera casa del poblado, que es también la despensa de una señora llamada Simeona, nos sentamos a tomar una cerveza y festejar la etapa cumplida. Avanzamos luego por un camino bordeado por pircas. Algunas casas están techadas y habitadas, otras son estructuras devastadas, esqueletos de adobe que alguna vez sostuvieron un techo de paja.
 
 
Pasamos una escuela, un teléfono comunitario que suena y suena (pero nadie atiende), y llegamos pronto al río Ravelo. Es el momento ideal para ir a mojarse las patas. Formando un cuenco con mis manos bebo agua del río. En ese momento le digo a Piero que, si nuestro cuerpo es 80% agua, al beber el río yo soy el río.
 
 
Seguimos el curso del río. En un tramo una serie de piedras permite un camino que un viejo campesino quechua, en sandalias, diminuto, encorvado pero con su sombrero inmutable y su aguayo a la espalda, sortea a los saltitos. El torpe trompo del destino ha formado una inusual esquina entre nosotros y este hombre, cuya existencia ignorábamos. Esa es la definición de viajar. Acaso su huella sea insoluble en la nuestra, porque el cruce de miradas sugiere un otro. Pero lo mismo nos reconocemos en él como hace minutos en el río. El sitio tiene energía, y decidimos acampar en una ancha playa de arena salpicada con piedras. Pierino y yo salimos a buscar leña y regresamos con unos inmensos troncos. “Permiso abuelitas, las voy a usar” – les dice luego a las piedras mientras armamos el fogón. Esa noche, luego de la sopa comunitaria, utilizamos por primera vez la táctica de llevarnos una de las piedras calientes del fogón a la carpa para combatir las frías noches andinas.
 
 
En una aldea llamada Thuntorga reponemos agua en una oportuna canilla, y conversamos con un campesino que mascaba coca mirando al infinito, casi enajenado. Lo saludamos en quechua “Aillin Punchay!” El hombre entonces, nos empieza a hablar en quechua de corrido. Luego nos damos cuenta que es la única lengua que conoce. Aún así nos muestra cómo sesga el trigo en su pequeña chacra, pero luego, ante la falta de un canal común, comienza a defenderse de nuestra presencia. El caserío apenas cuenta con una decena de casas con sus maizales. Intentamos comprar pan, pero la gente está trabajando en sus tierras. Obtener alimentos ya no es tan sencillo: no hay despensas, si uno quiere algo debe hallar al productor. En una casa encontramos una fogata aún humeando, una olla con restos de arroz, y un feto de cabra colgando del tejado macabramente. Saludamos en quechua pero nadie sale. Finalmente seguimos a un niño y logramos comprar cinco choclos y una bolsa de habas que envolvemos en el pañuelo de Laura.
 
 
 
Acampamos esa noche en unas terrazas de cultivo abandonadas con una novedad: nos hemos hecho amigos de dos jovencitas adolescentes que viven en una vivienda cercana. Se llaman Josefina y Regina y a las risitas se deciden a sentarse en nuestra ronda. Verlas trepar el cerro con sus polleras flameando es toda una coreografía. Las chicas se dejan fotografiar mientras Amaru les hace un retrato a lapicera que luego les obsequia. Las chicas risueñas nos ayudan a buscar leña. Seguimos su hábil paso como podemos. Allá arriba del cerro recolectamos cantidad de ramas de molle, entre los restos inconexos de otro camino incaico abandonado. De regreso en el campamento conversamos sobre los incas. Entonces las chicas un relato sincrético digno de transcribir:
 
“Antes cuando estaban los incas la gente no mentía ni robaba ni tenía envidia (el paraíso) nos cuentan nuestros abuelos. Ellos eran altos y muy inteligentes… hondaban las piedras contra la montaña para sacar agua. Luego vino un sismo que mandó Dios para que los abuelos ya no estuvieran en la tierra. Su tiempo había terminado, y entonces vinimos nosotros…”
 
       ¿Y quién fue ese Dios? – tuve que preguntar para descifrar el enigmático relato.
 
       Se llamaba Juan. (¿?) El se casó con María y tuvieron un hijo que nació debajo de un molle. Creo que se llamaba Jesús…
 
 
Decía todo esto con una mezcla de convencimiento y distancia. Había en el relato elementos increíblemente cercanos, cotidianos, de los jalqas, como el molle debajo del cual nació este improbable Jesucristo andino. Otros, como el castigo divino, provienen del cristianismo, ya que el relato respeta las fases cristianas (paraíso-castigo-nueva vida). Esa noche cocinamos una exquisita sopa de lentejas y de postre asamos los choclos acostándolos amablemente sobre las brazas.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

7 Comentarios

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  • Hola Juan Pablo: Te felicito por tan increíble blog por esos maravillosos mundos. Te agradecería
    si pudiera ser, me indicases sobre la siguiente cuestión:
    Soy montañero de toda la vida, y mi intención ahora que me prejubilo, es hacer un trekking de 8-10 días por
    Bolivia, sin tener una zona concreta en mente; mi idea es ir solo y una vez allí contratar un guía con mula y quizás
    un cocinero (aunque supongo que quizás entre el guía y yo no habría problema a la hora de cocinar(, pero bueno si tiene que ser también con cocinero no hay problema.
    Mi idea antes del trekking sería estar 3-4 días por la zona para aclimatarme y visitar y observar los monumentos
    y su cultura; posteriormente realizar el trekking, y una vez finalizado otros 4-5 días de visita, digamos cultural.-
    Te deseo a tí y tu pareja, lo mejor en esa preciosa aventura y salud para que lo podáis disfrutar.-
    Agradeciéndote la atención dispensada, te saluda atentamente.-
    Javier

    • Hola! Te recomiendo hacer base en Sucre ya llí buscar a algún operador turístico que te pueda proveer de un guía que te acompañe por la región de los Jalqas, que ellos laman distrito 8. No vas atener problema, muchas agencias ofrecen, aunque nosotros lo hicimos sin guía porque nos gusta ir despacio y quedarnos en cada lugar según nos guste más o menos…. Buena suerte!!

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