SUCRE INCALCANZABLE: EL LADO OSCURO DE LA RECIPROCIDAD


A ver. Yo ya tenía un karma con Sucre. El año anterior, llegar a Sucre me había demandado uno de los viajes más incómodos – y cómicos de mi vida- cuando abordé en un control Fito-sanitario un camión cargado con 43 chanchos. En esa ocasión debí viajar en el techo, durante doce horas, desde las cinco de la tarde hasta las cinco de la madrugada del día siguiente, sin interrupciones para descansar, con lluvia, Y frío. Ahora, Laura y yo comenzamos nuestro camino de regreso a Vallegrande para conectar con Sucre. Como tenemos algo de ansiedad de llegar, convenimos en que tomar un bus por el corto tramo no será ninguna traición. Al bus subimos, pero pronto nos bajamos con el resto del malón cuando el perfil de la flota se alineó con el precipicio. El colectivo quedó librado a su propio envión, con un conductor desesperado dando volantazos y un ayudante cavando debajo de la rueda que giraba como una funesta ruleta en el barro del camino. Cuando recuperaron la tracción, no tardaron más de un minuto en encajarse nuevamente, pero esta vez aún más cerca del colapso final. Decisión tomada: seguiremos a pie.


Delante nuestro, 33 kilómetros de neblina para caminar con toda tranquilidad, mochilas a cuestas, con la mente focalizada en que algún día llegaríamos y repitiéndonos esa frase que vuela de nuestra boca como una mariposa en estas situaciones: “No te preocupes: algo va a pasar”. Y lo que pasó después de media hora fue un camioncito Nissan Atlas, tripulado por un matrimonio con un hijita. El hombre clavó los frenos porque parecíamos una aparición, envueltos en niebla. Trepamos a la caja. Este Atlas no llevaba sobre sí, como el ser mitológico homónimo, el mundo entero, sino apenas una chica pintarrajeada que iba a Vallegrande a ver a su chico y dos borrachos tambaleantes. Mientras atravesábamos las nubes desafiando la ley de la gravedad uno de los verborrágicos borrachines contaba que su mujer lo había mandado a comprar papas y que en cambio había terminado farreando con su compadre. Estaba lo suficientemente lúcido para concluir que la excusa de “Me fui a ver a las vacas” no iba a funcionar tratándose de un día con niebla, que su mujer podía ser bruja pero no estúpida. Cuando pinchamos una goma, los dos borrachos hicieron un número al discutir entre ellos hacia qué lado debíamos girar la llave cruz para liberar la cubierta, al tiempo que preguntaban si Laura estaba en venta.


En Vallegrande tomamos una habitación en un alojamiento económico para darnos una adeudada lucha caliente y luego salir a la ruta. Después de ver desfilar taxis Corollas durante 45 minutos logramos frenar un vehículo particular. Era una pareja joven de Santa Cruz, que nos llevó hasta el cruce de Mataral. En el sinuoso camino de montaña, Lau comenzó a sentirse mal. Al bajar del vehículo, temblaba de fiebre. La pareja del auto dio una vuelta por el pueblo y regresó con un antigripal, pero luego nos quedamos solos, afuera de un comedor, y con apenas 86 bolivianos (50 pesos) como todo capital, ante la imposibilidad de cambiar divisa extranjera en el pueblo. Teníamos dinero suficiente para seguir haciendo dedo y llegar a Sucre, pero el estado de Laura me preocupaba, y debimos invertir la mitad de nuestro dinero en una habitación por esa noche. Pasé la tarde intentando, con algún éxito, bajarle la fiebre a Lau con paños de agua fría, y haciéndole un poco de Reiki.


A pesar de la mejoría, Lau no estaba completamente recuperada a la mañana siguiente. Sin embargo, con 20 bolivianos en el bolsillo no nos quedaba otra opción que salir a buscar nuestro camino hacia Sucre. Al inicio éramos optimistas sobre el tránsito, sobre todo porque había un peaje y podíamos hablarles a los conductores cara a cara. Así nos acercamos a la casucha que es la oficina de trabajo de Ronald, el recaudador del peaje. Lo cierto es que casi no pasaban vehículos, y los pocos camiones que nos reclamaban 20 o 30 bolivianos como pasaje. Laura estaba a mi lado, sentada sobre un par de cubiertas apiladas, visiblemente enferma. Dos o tres camioneros, a pesar de que les expliqué la situación y aclaré que no teníamos dinero, se negaron a ayudarnos, aunque se dirigían de todas maneras a Sucre. Esta situación admite varios análisis. Primero, en defensa del dedo en Bolivia, esto sucedió porque no había camiones grandes, sino los Nissan Condor cuyos choferes suelen complementar sus ingresos levantando pasajeros, distintamente de los choferes de empresas grandes que manejan camiones modernos, que rara vez piden dinero. Al margen de esa circunstancia, subyace un tema más fundamental. Es esa ley que aprendimos del arqueólogo a cargo de Samaipata: la reciprocidad, ingrediente básico de la cosmovisión andina.


La reciprocidad atañe a ciertos aspectos del estilo de vida andino, y en general apunta al bienestar comunitario a través de ciertas redes de apoyo social. Sin embargo, hoy día, también implica que nadie hace nada sin recibir algo a cambio. Esto, a la defensiva, evita ser explotado, pero peligrosamente borra el margen para acciones espontáneas y gratuitas, y limita severamente la hospitalidad. En este caso, yo pedía que alguien nos llevara por favor a mi novia –que estaba enferma- y a mí hasta Sucre, donde podíamos al menos cambiar dinero y visitar un médico. Y los conductores de taxis con asientos libres me miraban con una sonrisa desentendida y sin cargo de consciencia me decían: “Es que yo tengo mi gasto de diesel pues”. Imagino que esta actitud habrá tenido su origen en la hostilidad del medio ambiente, en todo el trabajo que hay que erogar en el altiplano para que la tierra de sus frutos. Y desde allí se habrá irradiado hacia otras prácticas sociales. O podré estar totalmente errado, pero lo cierto es que, mal que le suene a quienes suscriben a una visión estrictamente romántica de Bolivia, se percibe en general un materialismo decepcionante, especialmente en las clases humildes. Aguante la Pachamama, pero págame el diesel para mi Toyota pues. Creer o reventar, pero en ese momento yo imploraba que pasara un vehículo caro, de alguien de clase acomodada. Este materialismo se observa casi exclusivamente en la Bolivia altiplánica y cordillerana. En Santa Cruz, Tarija, y los departamentos de las tierras bajas, la gente es –en cambio- mucho más receptiva a una necesidad, se viaja a dedo rápido, y la conversación y simpatía son también valores que cotizan más allá del peso boliviano acuñado o impreso en billetes. Claro que hay excepciones, y gracias a ellas pudimos salir adelante.


En esa frontera entre Santa Cruz y la Bolivia andina Llevábamos 4 horas esperando el más mínimos gesto de humanidad. Los taxis Corolla blancos parecían reproducirse por mitosis en el horizonte, pasaban rapaces, despacio, y aceleraban al enterarse que no teníamos dinero. Ronald, el muchacho de peaje, que era del Beni, pedía para nosotros un plato de sopa al comedor de enfrente, mientras descolgaba el retrato oficial de Evo Morales. “Este es uno de los pocos peajes donde aún no lo han descolgado” – decía sumándose al descontento general que percibimos. Ya habíamos visto una película de acción completa, de esas ridículas producciones americanas sobre karatekas que entrenan para una heroica pelea final por su honor. Finalmente, un Nissan Condor que se detuvo a almorzar se dignó a llevarnos en la carrocería, sobre una carga de bolsas de azúcar. Y no fue fácil, hubo que insistir y fue degradante (para ellos y para mí) tener que deslizar el argumento de que me parece bien que los bolivianos accedan a educación y salud gratuitas en mi país, y que sería genial si pudieran relacionar en su cabeza la reciprocidad a favor del otro algún día.


“Suban a la carrocería pues” – La pobre Laura se trepó como pudo al camión. Subir las mochilas es tarea que me queda reservada a mí y no siempre es expeditiva. La Maga tiene sus kilitos. Cuando ya estaba encaramado veo a la mamita del comedor, a quien habíamos comprado galletas en el camino de ida, acercarse con algo en la mano. Cuando llega no lo podemos creer. “Para que puedan comer por lo menos” – dice. Nos está obsequiando dos paquetitos de Club Social, y sobre ellos, plegado en cuatro, hay un billete de 10 Bolivianos. No podemos aceptar el dinero. Le debe costar ganarlo y nosotros ya tenemos más esperanza de llegar a Sucre.


Las bolsas de azúcar tienen la ventaja de ser blandas. Laura se estira dentro de las dos bolsas de dormir. En horizontal se siente mejor. Vamos por un camino de ripio, muy sinuoso. Con cada desnivel el camión se balancea de banda a banda como un barco. Aceleramos más en subida que en bajada, cuando hay que meter freno de motor para no irse al precipicio. Es un “cóndor” lento el nuestro, ¡pero vuela hacia Sucre! Ya es de noche, y vamos surcando precipicios indescifrables. Arriba se ven los haces de luz de camiones que siguen trepando en zigzag las montañas. Sale una luna llena, entorpecida por el polvo ominoso que el mismo camión levanta y que nos unta en las lentas y cerradas curvas. En un pueblo los choferes se detienen a almorzar. “Se sirve sopa y segundo” – dice el cartel, pero nos quedamos mirando. Nadie nos pregunta si ya comimos o si tenemos hambre, y no nos podemos dar el lujo. Después de ocho horas llegamos a Aiquile. Nos bajamos de un salto del camión y tomamos una habitación a pagar al día siguiente. Por la mañana, cambiamos dinero, cancelamos la habitación, y corremos a saciar nuestro apetito a un comedor decorado con esa flexibilidad boliviana que admite posters de la Virgen de la Calendaria y almanaques con porno stars en bikini por igual.


Nos sentimos casi en Sucre, pues estamos en el camino principal. Pero son 150 km de ripio y no pasan más que taxis que van a pueblos cercanos. Todos aminoran la marcha para intentar vendernos sus servicios, hasta que nos cansamos y a uno le gritamos un contundente: ¡No tenemos dinero! Contra nuestras expectativas, el hombre saca un billete de 20 bolivianos y nos lo regala. “para que coman” – dice, y se aleja. Nuestra momentánea carencia de dinero (por un error de cálculo) nos ha mostrado lo mejor y lo peor del pueblo boliviano, ha resaltado sus vicios peo también sus héroes. Al fin después de otras 4 horas un testigo de Jehová francés en una 4×4 nos hace avanzar 40 km más. Allí esperamos otra hora, hasta que nos frena un Volvo que llevaba carne de Santa Cruz a Sucre. Sentimos como haber ganado la lotería, aunque la felicidad se evapora de pronto cuando la ruta se ve bloqueada por un piquete en el pueblo de Chuqui-Chuqui, en reclamo de un puesto de salud. La calzada está bloqueada por ramas y troncos. Al fin, luego de 30 minutos la protesta se levanta. Podemos seguir. Pasan un par de horas, anochece, y un tiranosaurio que nos muestra sus dientes nos da la bienvenida a Sucre Capital. Sí, parece que los dinosaurios asolan Sucre. O es el Parque Cretácico. Nosotros hacemos sonar el timbre de la cómoda casa de nuestro amigo Wolff, quien nos espera desde hace varios días. Después de casi desbarrancarnos, de que Laura se enfermara, de quedarnos sin dinero, y de un piquete, llegamos a Sucre.



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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

4 Comentarios

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  • Coincido con vos, la ultima vez que pasamos por Bolivia apenas estuvimos 20 dias y salimos a las puteadas. No me gusta haberme ido asi pero ni un poco de agua son capaces de darte sin pedirte dinero a cambio. No todos son/somos iguales pero de Bolivia no me lleve un grato recuerdo. Es feo recurrir al pase de factura ese que vienen al pais a estudiar, trabajar, etc, yo tambien lo pense en su momento. Pero hay que ponerse en su lugar y ser sinceros con nosotros mismos y admitir como reaccionariamos estando en esa situacion.

  • Gracias por el comentario Paola.

    Los aspectos que nos agradan o desagradan de cada pueblo terminan integrando una imagen total de una cultura. Viajo para eso. Como soy el visitante, acepto la manera de ser local, buena o mala. Acepto bendiciones y agresiones. No tenemos derecho a juzgar. Pero si a comparar. Por eso el justificativo de que son pobres y hay que ponerse en su lugar no me lacanza. Porque he estado en países mucho más pobres que Bolivia – como India o Afganistán- y allí la gente actuaba de forma muy distinta.

    Al margen de este aspecto nos gustó mucho el país, la cultura del mercado en la calle, del uso de semillas nativas, del orgullo por sus lenguas, danzas y tradiciones. El balance es positivo. Pero también nos gusta salirnos del usual molde de los elogios y asincerarnos sobre las cosas que nos chocan.

    Una vez más, gracias por el comentario.

  • Absolutamente siempre la percepción está influida por el momento de cada un@… Por esa misma razón muchos viajeros que llegan a Bolivia con una visión romántica gestada a priori desde el claustro urbano de sus rutinas suelen pasar por alto las mezquindades locales, que son también parte de la cultura.

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