EL CHACO MENONITA: EN BUSCA DE LA FÓRMULA DE LA PROSPERIDAD ÉTICA


 

Llegábamos así a la colonia menonita de Filadelfia. Así como hay trotamundos, creo que también hay culturas nómadas que también se han esparcido por el mundo como semillas en la tormenta. Los alemanes son ejemplo de ello: escapándose de guerras o persecuciones religiosas han poblado el mundo, se los encuentra a orillas del Paraná en la provincia argentina de Entre Ríos o en el desierto de Namibia por igual. En todas partes progresan con obstinado método y abandono y, en el mejor de los casos, comparten su cerveza en algún Oktoberfest. Las colonias menonitas del Chaco Central se establecieron cuando en 1928 el gobierno paraguayo les regaló tierras en donde afincarse. Los menonitas son anabaptistas de origen alemán que en 1762 emigraron a las orillas del Volga (Rusia) bajo promesas de independencia cultural de la zarina Catalina II. Cuando fueron obligados a hacer el servicio militar comenzaron a emigrar, algunos a Canada, México o, en este caso, Paraguay. Aislados en el hasta hace poco inaccesible Chaco, los menonitas se constituyeron en poderosos hacendados, organizados en tres colonias: Filadelfia (también llamada Fernheim), Neuland y Loma Plata. Tan alejados del resto de Paraguay, mantuvieron puro su idioma plattdeutsch sin concesiones al guaraní (aunque algunos adoptaron el tereré e hinchan por paraguay en el mundial).

La camioneta nos había dejado en un cruce, y ya en nuestro último tramo tuvimos nuestro primer contacto con los menonitas, cuando Andrés y su señora, un matrimonio mayor, se desviaron de su trayectoria para acercarnos a Filadelfia. Alegres, chistosos, manejan una Nissan Patrol que en nada se emparenta con los carros tirados a caballo que las comunidades menonitas ortodoxas utilizan en Argentina. Al despedirnos, sin embargo, lo hacen de la siguiente moraleja bíblica onda Flanders: “Que encuentren mucha gente buena y que también Uds sean gente buena”.

Lo cierto es que habíamos llegado a Filadelfia sin contactos locales efectivos, y bastante cansados, por lo que decidimos pasar la noche en un hotel. De pronto nos sentíamos aislados: todos las familias alemanas festejaban las pascuas puertas adentro, perpetuando el fetiche de la religiosidad pero no su esencia. A nosotros, algo sucios por el viaje, cansados como si también hubiéramos venido cargando una cruz, nadie nos hablaba. El hotel era una pasarela constante de la rubia parentela menonita llegada desde Canadá, Alemania, sonriente y vestida a la moda. Afuera, la sobria prolijidad de las casas alemanas impresiona. Sus ventanas perfectamente encajadas, sus techos de chapa a dos aguas y sus cercas de madera parecen maquetas en el tablero de un meticuloso arquitecto, a años luz de distancia del cambalache casual que son las viviendas paraguayas. Una visita al supermercado de la Cooperativa podría dar materia para su tesis a más de un antropólogo. El letrero ya plantea una lección de historia: “Cooperativa Colonizadora Fernheim. Fernheim, en alemán, significa “la patria lejana. Y decididamente están lejos de sus raíces, lo que queda ilustrado por los indígenas nivaclés que se agrupan a fumar bajo el cartel de la Avenida Hindenburg en un episodio que parece soñado por Borges. Su aspecto es colorido e indigente a la vez, y hagan lo que hagan, dan la apariencia de estar mendigando la prosperidad que se respira en la ciudad. Como un rayo recuerdo a los tibetanos andrajosos que observé en Ali, en el oeste de Tíbet, en una prolija ciudad erigida por los chinos. Extranjeros en su tierra.

 

Dentro del supermercado las familias alemanas hacen sus compras. En las góndolas hay de todo, desde bombones importados hasta nuestro querido sésamo y comida orgánica, y en especial una selección premium de quesos, yogures y lácteos en general, la especialidad menonita. Esto, sumado a que todos conversan y se saludan en alemán, conspira para abstraerme. No puede ser que estemos en Paraguay. El supermercado, las bicisendas, y las exclusivas escuelas y clínicas privadas están en suelo paraguayo, pero sólo los menonitas pueden pagar sus elevados aranceles. Los afiches de conciertos de música clásica que vi en el correo tampoco son muy autóctonos. Pero en definitiva, cuando uno va al baño debe asegurarse que no haya alacranes caminando por la tapa del inodoro: bienvenido de vuelta a Paraguay!

Cuando ya nos habíamos hartado de Filadelfia llegó un correo electrónico de Santiago, un hombre que trabajaba en el Ministerio de Obras Públicas, a quien habíamos conocido en el colegio agroecológico cerca de San Estanislao. De esta manera se ponía a nuestra disposición una casa de huéspedes dentro del predio de Vialidad, en Villa Choferes, una localidad a 12 km donde habitan casi exclusivamente paraguayos empleados del estado. La casa era enorme y cómoda, a pesar de que representantes de todas las especies con alas o antenitas desfilaban de noche y de día. No tenía alma pero sí aire acondicionado, tres habitaciones y hasta cuatro sillones de cuero azul. En predio parecía llegar al horizonte, con camiones y maquinaria pesada entrando y saliendo todo el tiempo. Allí conocimos a Rafael, el encargado, quien vivía en un container transformado en casa, con una casilla de madera anexa que funcionaba como cocina y gallinero al mismo tiempo. Me pareció una clara expresión de la lucha de clases que Rafael debiera vivir en esas condiciones mientras la “casa de huéspedes” permanecía vacía a la espera de visitas oficiales. Rafael mismo tampoco podía comprender la lógica de su propio país. Crítico, ácido, inteligente, cruza curiosa de Don Ramón y Galeano, Rafael se pregunta cómo puede ser empleado del estado sin tener obra social. Con lúcida ira alza su dedo en discurso ante una audiencia invisible y despotrica: “¿Qué mierda de bicentenario quieren que festeje? ¿Quieren que celebre que me quitaron mi tierra y se cogieron a mis mujeres?” Luego se va a su container e intenta hacer funcionar un decodificador trucho que debería mostrar 445 canales de cable pero sólo sintoniza tres…

 

Casa es una palabra nómade que va invistiendo los refugios, mansiones o balcones que se nos ofrecen mientras viajamos. Sin saber cual será nuestro próximo caparazón hacemos dedo, y nos frena la camioneta de Martha, una trabajadora social de Neuland. Al darse cuenta que no tenemos nada que se parezca a un rumbo, más allá de la vaga misión de conocer las aldeas alemanas, Martha, que es menonita, nos pregunta si queremos descansar un poco en su casa antes de seguir viaje. Nos dirigimos entonces a Heimstatte, una aldea de apenas una decena de casas esparcidas, cada una con sus tierras adyacentes. Estacionamos en el granero y somos invitados a ocupar una habitación de huéspedes demasiado cómoda para haber sido construida dentro de un granero, con baño en suite y aire acondicionado. Después de almorzar el fiambre que habíamos comprado y de hacer una breve siesta nos juntamos a tomar tereré. Como trabajadora social, se involucraba emocional e ideológicamente con las problemáticas que la rodeaban. A medida que hablaba, se nos hacía cada vez más difícil encasillar a Martha dentro del marco de frialdad y conservadurismo que habíamos observado en Filadelfia. Con sus sesenta años y sus tres hijos, cualquier molde antiguo le quedaba fuera de foco. La vida parecía haberle enseñado mucho, quizás a través de la aceptación de situaciones impensadas. Uno de sus hijos había tenido cuatro hijos fuera del matrimonio, y con mujeres distintas. Eso le había valido la reprobación de muchas vecinas que habían incluso llegado a decirle que “Dios no quiere a esos niños”… Indignada, había publicado en la revista Menoblatt una disertación titulada “Los hijos nacidos fuera del matrimonio también son queridos”. En una sociedad bíblica, Martha es una activista de la vida laica, mediadora entre patronas escandalizadas y empleadas domésticas promiscuas que se quieren ligar las trompas. Nos cuenta, por ejemplo, que mientras en Neuland las madres solteras reciben ayuda para enviar a sus niños a la escuela, en Loma Plata o Filadelfia aquello es aún ciencia ficción. En Filadelfia, de hecho, el supermercado no emplea a mujeres embarazadas, y las chicas no suben fotos a su Facebook por miedo a que las vea el pastor…

 

 

Mientras charlamos llega su esposo Pedro, tocando bocina de una vieja F-100 que sólo usa para ir al campo. Lo acompañamos para quedarnos sorprendidos de cómo llama a las vacas en alemán “Kommt hier, kommt hier” y éstas se acercan e incluso se dejan acariciar. Ningún cariño impedirá que terminen como puchero de los moscovitas, ya que Rusia es el principal importador de estas carnes. Después de nuestra experiencia en Filadelfia, nunca hubiéramos pensado que pasaríamos días tan lindos con una familia de la comunidad menonita. Comimos juntos varias veces. Un mediodía Pedro preparó unas costillas de vaca que parecían –lo juro- de brontosaurio, acompañadas con pan casero. Su hijo Marco nos invitó a comer un guiso en su casa de Neuland, donde también nos divertimos con su mujer Angelica y su hijita Anna jugando con sus gatos. Durante nuestra estadía nos sentimos muy unidos a ellos y me dolió un poco en la despedida escuchar a Martha preguntar, intuyendo la respuesta: “¿Cuándo nos volveremos a ver?”

 

El gobierno paraguayo regaló estas tierras a los menonitas en 1928. En ellas supieron construir una prosperidad que los mismos paraguayos jamás conquistaron en dos siglos de historia. Eso desencadena debates pendientes. Martha y Pedro nos parecen un matrimonio feliz y agradecido de la bendición que recibieron de sus padres. Pedro incluso hincha por Paraguay en el Mundial antes que por Alemania. Otras personas que conocimos en Filadelfa, en cambio, rebaten todo llamado a la integración, rechazan los matrimonios mixtos y no ven con buenos ojos que los beneficios sociales de los miembros de las cooperativas se extiendan a toda la ciudadanía. En pocas palabras, se desentienden de Paraguay, sientiéndose totalmente alemanes aunque muchos nunca hayan pisado Alemania. Más allá del reconocimiento de mérito, para que esta prosperidad sea ética, las colonias menonitas deberían encontrar la fórmula para hacerla extensible a las comunidades originarias cuyos suelos ocupan y cuyas tierras les permiten el elevado estándar de vida que gozan. El Chaco Paraguayo, un universo salido de una coctelera. Nosotros, seguimos camino rumbo a Bolivia.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

6 Comentarios

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  • Muy bueno tu reportaje y muy interesante estas comunidades menonitas alemanas. Digo que quedé con la misma incógnita que tú como logran en menos de cien años, lo que no sólo los paraguayos sino los latinos no han podido lograr. Tendrá absoluta razón Weber, la ética protestante y el desarrollo del capitalismo. Vaya muchas incógnitas que bien dan para una tesis de antropología aún así son respuestas que se necesitan para formar un proyecto de desarrollo de América Latina.

  • Impresionante! Me encantó! Qué suerte que exista gente como Martha, y estoy de acuerdo con lo que decís. Me parece una demencia que se deslinden así de la tierra en la que están parados. Una vez me pasó acá en Montevideo, en un cumpleaños, de discutir con un flaco que decía que él era italiano y alemán aunque hubiera nacido en Uruguay, porque sus abuelos venían de allá y por suerte no tenía sangre ni indígena ni negra corriendo en sus venas, y por eso ni hinchaba por la selección uruguaya ni le interesaba ningún artefacto cultura americano (ni musical, ni escrito, ni de ningún tipo) y que le interesaba solamente la música de cámara europea y la pintura renacentista porque esas sí eran sus raíces, y no el candombe, que venía de otra gente de otros lados. Y ese estaba integrado a la sociedad y convivía con nosotros… Está lleno de gente con concepciones muy raras de quién es y cómo se siente acerca del suelo que pisa.

    • Waw, que caso de laboratorio el de ese uruguayo-a-pesar-suyo. Yo nunca renegué de las raíces europeas que tenemos muchos, incluso me parecen un aporte fundamental a lo que hoy es mi país Argentina, pero tan fundamental como el originario, y ambos me merecen el mayor de los respetos y me generan el mismo interés… ¡Qué loco eso de perder la oportunidad de abrazar ambas cosas y preferir la soledad de una….!

      • Loco, un poco triste y bastante mentiroso! Los americanos somos un choque de culturas, de ideas, de costumbres, de clases… Eso somos, una mezcla maravillosa! A mí me parece un bajón quedarse con una cosa sola (salvo, quizás, si sos de un pueblo originario, en una de esas es más comprensible que no quieras sentirte identificado, si tu pueblo se logró mantener al margen…, pero si sos inmigrante Europeo es una mentira grande como una casa, y además pienso… seguro los abuelos de este tipo estaban agradecidos hasta el fondo de su alma con la tierra americana que los recibió, no? … La gente es rara! 😛 Jaja.

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