APOLOGIA DE LAS GOTERAS

“Yo los invitaría a mi casa, pero soy muy pobre” – había sido la declaración de Asunción, una mujer de unos cincuenta años que sin emitir palabra se había acercado para obsequiarnos tres naranjas y dos bananas, como si fuera una emisaria de alguna deidad fluvial-frutal en cuya jurisdicción nos aventurábamos. Y de alguna manera lo era, pues todas las personas son embajadoras de esferas que las engloban y de las que no son conscientes: de su cultura. Navegábamos a bordo del Luz María, un vetusto, pintoresco, azulado barquito de madera con motor Alfa Romeo -según Félix, su timonel- aunque superado en elegante sorpasso por algunas mariposas agitadas. Esa primera noche concedimos a Asunción su derecho al pudor del subdesarrollo que no nos era ajeno y dormimos en el barco. El Luz María nos cobijó en sus entrañas de maderas flotantes. Por la mañana caminamos por los arrabales orilleros de Concepción hasta dar con la casa de Asunción, quien nos esperaba para tomar el tereré. Pasando la empalizada de madera (muy común en el barrio San Antonio), bajo un vergel de árboles frutales, nos recibe junto a sus hijas Rosalía y Cintia, citando algún versículo de Isaías que hababa de recibir a los forasteros. Es jueves santo, todas las familias están reunidas. Se escuchan murmullos de todos los patios y jardines, donde las mujeres cocinan chipa en hornos de barro, que compensarán la falta de carne en la dieta del viernes.
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La casa de Asunción es verdaderamente humilde, lo que duplica el valor de su gesto. Como de costumbre, las gallinas y pollitos andan sueltos, picoteando del cajón de tomates podridos que le han regalado en el mercado. Y también como de costumbre, esa precariedad se debe en parte a que toda la familia hace un esfuerzo enorme para que Rosalía vaya a la universidad y Cintia termine el secundario. Ellas mismas venden empanadas, trabajan como niñera, uno de los hermanos corta el pelo a sus vecinos bajo el árbol de pomelo y Asunción hace todas las semanas el viaje en el Luz María comprando en las estancias a la vera del río productos que revendía en el mercado de Concepción.

 
 

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Nosotros paseamos por la ciudad, que más allá de sus avenidas comerciales conserva un aire colonial. Hay esquinas con altas casonas cuyas revoques resquebrajados dejan a la luz su esencia de ladrillo rojo. Ventanas y puertas infinitas, arcos y columnatas elegantemente decadentes sobre cales de tierra. Esa es la imagen que conserva mi retina de Concepción, que por un instante parece de una majestad incompatible con la abaratada cotidianidad paraguaya de motocicletas Kenton y puestos de activación de chips Tigo ambulantes que funcionan en furgonetas.

 

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Por las noches dormimos en un colchón extra arrimado por Asunción en una de los tres ambientes terminados que componen la casa. En la misma habitación duerme ella con sus dos hijas. Cuando una tormenta activa goteras en el cuarto de sus hijos, ellos también mudan su colchón bajo el mismo techo. Estamos todos despiertos, con respiraciones ansiosas, deseando que pare. Estamos lejos de casa, pero tenemos abrigo de la tormenta, que como minúscula artillería bate el endeble techo de chapa. Esa humildad -que tanta vergüenza le daba al inicio a Asunción- es hoy nuestro abrigo. Si fuera por los ricos de la ciudad, seguramente estaríamos bajo la lluvia.
Intentamos irnos varios día seguidos, pero fuimos siempre retenidos con cariño y con la tentación de diversas excusas gastronómicas, como una pata de chancho asada. Luego su hijo peluquero empezó a sacar latas de cerveza de una conservadora y procuró enseñarme todos los detalles acerca de los gallos de riña y su submundo de apuestas. Para mí todo el que ofrece una cerveza y tiene algo para contar se transforma en docente. Yo bebo y escucho… Los gallos pasean sus cuellos robóticos y nos miran de costado como si intuyeran que se habla de ellos.
Finalmente nos despedimos, ella implorándonos que no confiásemos tanto en la gente, que tengamos cuidado y con un beso se despide de Laura dicíéndole: “Cuidate… vos sos como mi hija”. En una camioneta del Ministerio de Salud del Alto Paraguay que venía de trasladar un paciente a Concepción. Aun me sorprenden algunos prodigios del capitalismo. Hay medios para asegurarse de que hasta el habitante más remoto del Paraguay sienta necesidad de comprarse una moto o un celular, pero si alguien necesita terapia intensiva en Fuerte Olimpo, hay que trasladarlo 500 kilómetros en camioneta hasta Concepción. Ojalá algún día la salud y la educación gocen de la misma permeabilidad que el mercado.¡Sí! Ojalá el bienestar empiece a gotear hacia los humildes como ayer la lluvia penetraba insolente en casa de Concepción. Mientras tanto nuestra dignidad humana debería sobresaltarse ante el hecho de que haya estaciones de servicio que dispensan petróleo junto a casas donde no hay agua potable… Goteras, necesitamos más goteras, goteras en la riqueza que genera el mercado hacia quienes realmente trabajan, goteras en los corazones más fríos para que sean tan amables como aquellos de los humildes, aquellos que inentendiblemente sienten que deben disculparse por su pobreza a la vez que son capaces de la más alta cordialidad humana.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

4 Comentarios

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  • Muchas gracias chicos por poner en su intinerario mi bella tierra que es Paraguay! (sé que originaramente el Paraguay no estaba en sus planes)la cordialidad de la gente aqui no hay en ninguna otra parte del mundo! besos donde sea que esten…
    rohayhu (los quiero en guarani) me imagino que el nene de 8 años les habrá enseñado esta palabra 🙂

  • Desde que te vi Juan Pablo, en el programa de María Laura Santillán, compré Caminos Invisibles y debo decir que he sido atrapada por tu forma de relatar sus historias con Laura.
    Esta crónica es tan descriptiva y sensibilizadora como todo lo que escriben.
    Viajo junto a ustedes.
    Gracias!

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