TESAI REKA – LA BÚSQUEDA DE LA SALUD Y LAS PANAMBI REDENTORAS


 

En un país donde el 46% de la población vive por debajo del umbral de pobreza y donde el 60% de los habitantes no tiene acceso al sistema de salud es paradójico escuchar a los políticos del partido Colorado quejarse de que el gobierno progresista del exobispo Lugo y las organizaciones sociales no han subsanado en tres años de mandato la pobreza que ellos dejaron acumular en los sesenta años precedentes. “Cayó el dictador pero no la dictadura – es una frase que se escucha seguido en Paraguay, en referencia a que poco cambiaron las políticas de salud y educación cuando Stroessner se exilió en Brasilia en 1989. 


En 1992, durante enfrentamientos con la policía en una manifestación campesina en el distrito de San Pedro, muere Sebastián Larrosa, un campesino intelectual en busca de mejores condiciones para su pueblo. En ese momento comenzó a configurarse el ACADEI (Asociación Campesina de Desarrollo Integral) cuyo programa de salud fue bautizado Tesai Reka (en guaraní: búsqueda de la salud). Estas organizaciones comenzaron desde entonces a apostar por un proceso de cambio en un país que llevaba décadas boyando a su propia suerte. Empezó a hablarse de fortalecimiento comunitario, soberanía alimentaria y atención primaria de la salud. José Parra y su compañera Suni fueron de la legión primeriza de soñadores. La coherencia con que prosiguieron su lucha les mereció la confianza de Lugo, quien les consulta con frecuencia sobre las nuevas políticas de salud, y también de la Cruz Roja Suiza, quien ha financiado muchos de los proyectos comunitarios de Tesai Reka, desde iniciativas cooperativistas para pequeños productores, hasta centros de salud, y escuelas agroecológicas.



LA HISTORIA DE ÑA JUANA – CAMPESINA Y LUCHADORA


A pesar de que llegamos en una semana complicada por diversos ataques de la prensa conservadora y por las campañas de prevención del dengue esta buena gente se puso a nuestra disposición. Hicimos base en su sede de Punta Suerte, cerca de San Estanislao, para interiorizarnos en las problemáticas de la zona. Salimos así a conocer ese Paraguay que se hace visible al tomar los caminos de tierra colorada que no marca ningún mapa.



Así llegamos a la casa de Ña (doña) Juana. Nos encontramos con una mujer de unos sesenta años, sentada junto a dos de sus hijos bajo los frondosos árboles que dan sombra a su humilde casa de madera. “Yo soy agricultora, maestra y luchadora” – lanza el curriculum mientras nos invita con tereré. Como todas las familias de la zona Ña Juana tiene su pequeña chacra para la autosubsistencia. Allí cultiva poroto, maíz, banana, la infaltable mandioca y yerba mate. Contemplando su endeble figura, es difícil adivinar la procedencia de la tenacidad de su voz. “Siempre fuimos pobres, yo me acostaba en una cama cubierta de trapo y comía en cuchara de lata”. En todo el departamento de San Pedro, la tierra parece estar concentrada en pocas manos. La lucha de los campesinos por una reforma agraria es ancestral, y prosigue. No hace mucho, en Cururubó, se logró la recuperación de 1.004 hectáreas de la propiedad de un tal Moscardo, latifundista que sólo poseía títulos de propiedad de la mitad de sus 37.000 hectáreas. La policía intentó desalojarlos siete veces. Una vez enviaron topadoras,, pero sus conductores simpatizaron con los paisanos, y boicotearon la maquinaria llenando sus tanques de azúcar y arena.



Campesinos que irrumpen “como barbudos a reclamar una mejor distribución de la riqueza” parece una realidad salida de las letras de la murga uruguaya Agarrate Catalina. Pero así cuentan que sucede, sobretodo cuando tradicionalmente el estado no ha velado por garantizar una igualdad de oportunidades para acceder a esa riqueza, donde la universidad pública cuenta con menos de un centenar de cupos anuales por carrera. Cuando el que reclama es pobre y viene con su arado, se recurre a la topadora y se lo acusa de comunista. Muy distinto es el trato a los empresarios brasileños que ocupan cientos de miles de hectáreas en la zona de Concepción para sembrar soja. En ese caso, la justicia previa coima justifica su pasividad aduciendo que los ocupantes han construido mejoras en el terreno. No se envían ya topadoras, si al representante de Monsanto más cercano. ¿Qué diría el león que ruge en la bandera paraguaya si se enterara que para el director de Ciencias Económicas de la Universidad de San Estanislao “soberanía” es una palabra demasiado fuerte, casi inadecuada?


A mí me quieren hacer usar herbicidas. Y como les digo que no me dicen revolucionaria.” – se ríe Ña Juana, quien además dirige una liga de mujeres campesinas llamada Piña Poity (flor de la piña). Su mayor desafío actual es afianzar un emprendimiento avícola colectivo y cuidar del engaño a los más jóvenes. “Nuestros hijos reciben dinero de los punteros políticos a cambio de votos. Terminan votando a contrabandistas narcos que nunca defenderán sus intereses.” Ya hemos detectado con qué esfuerzo los campesinos paraguayos hacen estudiar a sus hijos. Ña Juana cuenta orgullosa que uno de los suyos es agrónomo, otro enfermero, y una hija estudia becada agroecología en Venezuela.



Mientras conversamos, los jornaleros y sus hijos nos enseñan a desgranar el maíz usando nuestros pulgares, y mariposas nos sobrevuelan como si estuvieran lamiendo con sus caleidoscópicas alas el sufrimiento del campesinado y las heridas de la historia paraguaya.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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