INSTRUCCIONES PARA DUCHARSE EN EL PASAJE DE DRAKE

 

Si combinamos masoquismo con espíritu de descubrimiento, eso nos lleva al célebre nombre de Francis Drake, el intrépido pirata inglés que realizó entre 1577 y 1580 una de las primeras navegaciones alrededor del mundo, descubriendo el Pasaje que hoy lleva su nombre, y que conecta el Océano Atlántico con el Pacífico. No dudo de que el develamiento de Sir Drake haya favorecido el comercio de ultramar y el enriquecimiento de la corona a la que servía, pero su hallazgo fue también el de una tumba. En los tres siglos que duró época dorada del pasaje más de 30.000 marineros encontraron en sus gélidas y borrascosas aguas su morada final, juntos con sus navíos y las fortunas que transportaban. Como si un pulpo gigante surgiera cada tanto de las profundidades para abducir embarcaciones completas, el Drake ha venido cobrando peaje al ser humano por la osadía de navegarlo. Si bien el Ushuaia es un moderno buque oceanográfico con casco reforzado en acero, no está exento del zarandeo constante al que el Drake lo somete. El barco parece responder al pedaleo de una máquina de coser gigante, rolando a estribor y bavor, es decir, lateralmente de banda a banda. Libros y lapiceras que dejamos anoche sobre el escritorio se mueven de un lado a otro con cada rolido. Laura ni siquiera se despierta a desayunar, y repite su deserción con el almuerzo y la cena, sabiendo que toda ingestión tiene buenas probabilidades de ser reciclada como una íntima devolución, una visceral ofrenda a la memoria de Don Drake. Durante todo el día nos limitamos a comer algunas manzanas, algún que otro sándwich de miga contrabandeado de la cocina. Seguramente los fabricantes de las bolsitas para vomitar –que la tripulación ha ceremoniosamente pegado con cinta scotch a lo largo de todos los pasamanos- tienen en el Drake mayor mercado que en todas las aerolíneas del mundo juntas, y hasta el día de hoy –presumo- le llevan flores a su tumba.

 

Por la tarde logro apaciguar el Drake interior y me dispongo con toda mi voluntad a salir de la cabina en la que llevamos horas arrojados sobre nuestras camas. Me doy una ducha, tarea compleja si la hay, meritoria de un manual de instrucciones. Con el barco inclinándose a 30 grados cada dos segundos, la lluvia de la ducha se menea como la cola de un caballo. Así uno intenta acompasar el movimiento, seguirle la onda, como si nos sometiéramos voluntariamente a la tanqueta antidisturbios apuntada por un desquiciado. Si esto es de por sí complicado, la aplicación del shampoo demanda la adquisición de una sabiduría capaz de prescindir de los sentidos. Como en esas películas donde al pequeño saltamontes lo incitan a vendarse los ojos y moler a patadas una pandilla provista de cuchillos, al aplicarnos el shampoo nos inducimos una momentánea ceguera similar. Entonces el fantasma de Francis Drake nos susurra al oído: “No necesitas ver la ducha, sino sentirla…” Intentar conservar el equilibrio con los ojos cerrados en un barco que se mueve como el diablo y a la vez embocarle la cabeza a la ducha es una prenda más cercana a fomentar el espíritu de supervivencia que la higiene. Así, perfumado y mareado, salí a cubierta a encontrarme con el resto de los arribeños mientras Laura intentaba dormir toda la tarde para apresurar el paso del tiempo. El Drake implica además una tortura psicológica, pues cruzar los 1000 km que separan Sudamérica de la Antártida demanda al menos 36 horas.
Con Fede salimos a caminar un rato por la cubierta. Tanto dentro como fuera es menester avanzar siempre con las manos libres, listos para sujetarnos de los pasamos que están presentes en todo el perímetro interno y externo del Ushuaia. Es muy difícil retener el equilibrio, pero logro fotografiar mi primer albatros. Los albatros son portentosas aves consideradas de buen augurio por los marineros. Con una envergadura de más de dos metros, estas aves pasan el 80% de su vida planeando y alimentándose de peces y krill. Algunos ejemplares de la variedad albatros errante llegan a medir 3,50 metros de ala a ala, transformándose de esta manera en las aves más grandes del mundo, sobre cualquier variedad de cóndor o águila.

Nuestra caminata con vista al Drake dura muy poco: salir despedido hacia el mar agitado es una posibilidad realista. Mejor volver al bar, servirnos otro cafecito y sentarnos en los cómodos sofás a escuchar a Pablo relatar con pausada modulación sus viajes a las islas Orcadas. En cinco oportunidades estuvo Pablo en dichas islas, restaurando una histórica cabaña de 1904. Las Islas Orcadas son, enseña Pablo en tono instructor, la más antigua de las bases antárticas continuamente habitadas. Un mérito singular y aislado para nuestro país, en una geografía repleta de topónimos ingleses, franceses, belgas o noruegos. Pronto nos acostumbramos, cada vez que observamos un ave desconocida, como lo son todas en estas latitudes, o precisamos evacuar alguna duda histórica, a recurrir a nuestro amigo Wiki-Pablo, quien dispensa a pedido una explicación concisa, efectiva, y destilada de esas jactancias implícitas que la ilustración suele conllevar.

Esta noche el Drake está en su punto más fuerte. Me permito disentir con Sábato, quien asegura que los atributos del movimiento son la impureza y la contradicción. Estoy parcialmente de acuerdo: olvidó mencionar a las náuseas y vómitos. Dormimos como podemos, compensados por la esperanza de llegar mañana a aguas calmas. ¿Y Uds qué piensan lectores? ¿Veremos algún témpano? ¿Llegaremos alguna vez a alguna parte? Mañana seguimos navegando…

 


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

3 Comentarios

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  • Debe tener también un manual para tomar el café, otro para comer, otro para pararte en la cubierta del barco y así sucesivamente, Cortázar hubiera tenido que reeditar su Manual de Instrucciones de haber hecho la travesía.

    Saludos!

  • Debe tener también un manual para tomar el café, otro para comer, otro para pararte en la cubierta del barco y así sucesivamente, Cortázar hubiera tenido que reeditar su Manual de Instrucciones de haber hecho la travesía.

    Saludos!

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