¡HIELO A LA VISTA! – DESEMBARCO EN AITCHO, ISLAS SHETLAND!

Finalmente hoy, 15 de noviembre, el “Ushuaia” se deslizó triunfalmente en aguas más abrigadas, y Laura y yo abandonamos nuestra madriguera-cabina ansiosos de posar nuestros ojos sobre el continente antártico, pero también sobre un plato de comida. Desde hace 36 horas que no ingerimos más que bocados en nuestro afán de evitar problemas. Disfrutar una comida completa durante el Drake es algo así como jugar con juguetes prestados que luego habrá que devolver. Por eso recién hoy aparecemos en el flamante comedor del barco, donde los camareros chilenos nos felicitan con aplausos.

 

Es un inusual día soleado, y navegamos ya al sur de la convergencia antártica. Por debajo de esta línea imaginaria que ronda el continente a los 60 grados de latitud sur, la temperatura desciende casi automáticamente de 7.8º a 3.9º. Yo me dedicaba al postre cuando inesperadamente, por detrás de la ventana del comedor observamos algo que nos dejó paralizados. Fantasmagóricos, lejanos e irreales flotaban sobre las aguas dos gigantescos icebergs. ¡Nuestros primeros icebergs! La Antártida alberga el 84% del hielo del planeta. Con el incremento estival de la temperatura, enormes bloques de hielo se desprenden de las plataformas de hielo antártico y navegan al azar hasta derretirse completamente en aguas más septentrionales. Algunos de estos icebergs llegan a medir decenas de kilómetros de largo, y todos se elevan al menos 40 metros sobre la superficie marina. Lo increíble está debajo: los icebergs más suculentos llegan a alcanzar los 300 metros de profundidad por debajo del horizonte visible.

 

Y si esta parecía toda la sorpresa, enseguida de gritar ¡iceberg! Exclamamos “¡tierra!”… Por detrás de nuestros icebergs aparecen los montañosos contornos níveos de la Isla Livingston, del grupo Shetland. Las Shetland fueron descubiertas por error en 1819 cuando el barco de William Smith fue desviado de su curso por un huracán habiendo zarpado de Valparaíso. William Smith, Palmer, Bransfield fueron todos loberos o balleneros ingleses o americanos que, habiendo explotado, depredado y en algunos casos extinguido, la fauna ártica, decidieron poner timón rumbo al sur para verificar lo rica fauna marina que Cook había descripto en sus viajes de 1770. Lo de Cook es meritorio, navegó 109.000 km alrededor de la Antártida, atravesando por primera vez el Círculo Polar Antártico, descubriendo las Islas Georgia y Sandwich del Sur, pero fue incapaz de avistar el continente antártico en sí: todo un gallito ciego embarcado. Medio siglo después la industria lobera viró su ojo sin parche hacia estas tierras. Los descubrimientos en la era antártica, por lo tanto, se dieron casi siempre como consecuencia colateral de alguna expedición originalmente destinada al saqueo. Reclamaban las tierras en nombre de sus nórdicos países nombrándolas con topónimos de ellos derivados. Como las Islas les hacían acordar a las Shetland (ubicadas al Norte de Escocia) las bautizaron South Shetland, y punto. La falta de imaginación al poder. Muchas veces, las expediciones loberas directamente no comunicaban las islas y tierras que descubrían para evitar compartir el recurso con otras empresas.

Dentro del vasto grupo de las Shetland, el capitán del “Ushuaia” anuncia por los parlantes que desembarcaremos en las Islas Aitcho, que deben su nombre a la castellanización de la fonética de las siglas de la Hydrographic Office que las relevó por primera vez. Iniciamos entonces una rutina que repetiríamos luego con cada desembarco. Nos apresuramos a nuestra cabina y nos calzamos todo el arsenal de indumentaria invernal, los pantalones de nieve, las camisetas térmicas, las camperas impermeables, guantes, y con movimientos aparatosos hundimos nuestros pies en las altas botas de goma que nos proveyó la tripulación. Al costado del barco, los zodiac (lanchones semi-rígidos a motor) eran bajados al nivel del agua con cadenas, y nosotros descendíamos por una escalera para abordarlos. Vimos alejarse el inmenso casco del “Ushuaia” tras la estela del gomón. Delante nuestro se extendía el escarpado y blanco frente de las islas, cubiertas por glaciares en un 80%. Mirando alrededor el paisaje lo deja a uno sin aliento, apenas algunas secciones de la costa y algunos promontorios rocosos están libres de hielo. El
Los zodiac se acercan a la costa, y sobre una playada resbaladiza afianzamos nuestros primeros pasos en latitudes antárticas. En la costa, como si fueran ellos los espectadores y nosotros la curiosidad, nos esperan centenares de pingüinos papúa y barbijo. Caminamos alrededor de una hora entre estas simpáticas aves antropomórfas que parecen reposar sobre sus propias barrigas cuando descansan. Lo más gracioso, con seguridad, es observar su andar. Como si intuyeran el porrazo en cualquier instante los pingüinos marchan a la vez que buscan estabilidad desplegando sus alas. Y si el terreno es cuesta abajo entonces gustosos se echan de panza barrenando por la nieve y propulsándose gracias al torpe pataleo de sus extremidades posteriores. Cuando se topan con la columna de viajeros disparando sus cámaras con ansiedad, los pinguis vuelven a erguirse quedan inmóviles, parecen posar, y nunca molestarse.
Después de divertirnos muchísimo con sólo observar estas aves continuamos cruzando el islote hacia su otra costa, para descender sobre una bahía escarpada salpicada a la distancia con otros peñascos que se pierden en la niebla. El frío apenas molesta: el poder de la mente reduce cualquier variable que nos pueda distraer del instante.

Regresamos al barco aún con la adrenalina en las venas. Observar al “Ushuaia” reposar delicadamente sobre el planchado azul profundo del mar con el fondo de glaciares no ayuda para desacelerar el pulso. El Drake ya pasó, ahora el océano es un azul eterno y filoso afiligranado con finos pliegues. La verdad es que no puedo creer que estemos dejando huella en estas tierras tan lejanas. Durante la cena Laura recapacita: “Cuando dejé el trabajo para empezar este viaje algunas personas me cuestionaron cómo podía dejar un oficio (licenciada en turismo) que me iba a permitir viajar toda la vida. Pero en realidad, si me hubiera quedado en Buenos Aires trabajando, hubiera tenido que ahorrar mi sueldo durante un año y medio para poder acceder a este viaje…” A su lado, yo me siento orgulloso de estar acompañando a Laura mientras se apropia del mundo a su antojo, como una niña que va por un prado cortando las flores que le apetecen, ahora un país, luego otro, y no según un fixture empresarial de permisos anuales. La felicidad es por partida doble: por poder apreciar estas tierras inexploradas, y por haber llegado con nuestra ley. La fórmula de la felicidad es tomarla por asalto. Y recuerdo el fragmento de un poema de Witman…

 

                               “Mi brazo izquierdo ciñe tu cintura,
Mi brazo derecho señala los caminos y los
continentes..”  Walt Witman

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

4 Comentarios

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  • Grande Juan!!!!
    Te escribo desde nasca-peru…Soy Edgardo y que contento me siento de leer que tus sueños y proyectos se hacen realidad, por mas dificil que sean….volver a leer tu blog de tu viaje por el mundo es un ejemplo de vida para los que te seguimos con entusiasmo desde hace buen tiempo.
    Eres un viajero incansable y nosotros viajamos contigo a traves de la lectura de tu blog.
    Sigue escribiendo que espero con mucho interes tus proximos relatos.
    Un saludo a esa gran compañera que te acompaña…..hacen un duo formidable.
    Dondequiera que estes te deseo una FELIZ NAVIDAD y que el proximo año sigan tus aventuras por el mundo….no te detengas. que nosotros viajamos contigo.
    Que la suertem los siga acompañando…..EDGARDO-PERU

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