¡VAMOS A LA PLAYA! (EN LA ANTARTICA ISLA DECEPCION)

Yo pensaba que las islas volcánicas eran privilegios propios de los trópicos centroamericanos o polinesios. Me las imaginaba siempre cubiertas con el tapiz de helechos, coronadas por volcanes de cimas mochas y planas, y con las huellas de algún dinosaurio. Me equivocaba fulero. Antes de llegar a la Antártida, nunca había escuchado hablar de la Isla Decepción, del archipiélago Shetland. Y los altoparlantes anunciaban que estábamos prontos a desembarcar en ella. Subí al puente. El capitán miraba tranquilamente el horizonte mientras sorbía una taza de té y escuchaba Vivaldi. Sin demasiados sobresaltos el capitán del MV Ushuaia de Antarpply Expeditions acomoda el buque para que penetre en el canal de Neptuno, una brecha de 230 metros de ancho en la roca que da paso a la caldera de la Isla Decepción. La isla es en sí lo que queda de volcán erupcionado hace 10.000 años. Cuando el cono se derrumbó el océano inundó el centro de la caldera por uno de sus flancos colapsados y así se formó esta isla de forma de círculo casi perfecto. En su centro navega ahora el Ushuaia. Lo que está debajo de nosotros, por lo tanto, no es solo el lecho marino sino la caldera de un volcán activo, que en 1967 estornudó un par de veces y obligó a Chile, Argentina e Inglaterra a abandonar sus bases. Los ingleses insistieron en dejar a cinco científicos como estoicos guardianes de su soberanía. En 1970, en un episodio digno de un comic, debieron correr con una chapa corrugada sobre sus cabezas para acorazarse contra una balacera de rocas magmáticas.

 

Como siempre, nuestro zodiac fuera de borda nos catapulta por sobre las olas entre un anfiteatro de cumbres nevadas. Cosa mandinga, cuando pusimos un pie en la arcillosa playa negruzca, notamos que el suelo estaba caliente, y que de él brotaban fumarolas. Pronto entendimos el mecanismo: la marea helada de la Antártida baña estas playas, y allí es como si entrara en una especie de sartén que lleva 10.000 años al fuego, y comienza a evaporarse. ¿Sería más elegante hablar de un proceso geotérmico  no? Caminar por una playa negra que emite fumarolas no es sin embargo el único motivo por el que desembarcar en la Isla Decepción. A lo largo de toda la playa se encuentran enormes casas de madera abandonadas y colapsadas. Son los restos de Whaler’s Bay, la Bahía de los Balleneros.

 

La Isla Decepción era una base ideal para la actividad ballenera que florecía por aquellos días. Proveía un puerto natural y por sus aguas protegidas por una muralla montañosa circular, era un refugio ideal para las flotas y barcos factoría. En aquellos días el aceite de ballena cotizaba más que el petróleo. Como siempre en estas latitudes: los noruegos. Me caen simpáticos esos tipos, y esto no tiene nada que ver con el hecho de que fueron serviciales en mi paso por su país (por ejemplo, invitándome a comer ballena a un restaurante en Gamvik) Más bien, me llama la atención la selectividad que ha caracterizado sus incursiones en el resto del mundo. Como reconociendo su estirpe de raza polar de latitud extrema, todas las hazañas de esta nación han sucedido por encima de los 60º de latitud norte o por debajo de los 60º de latitud sur. El resto del mundo pareció siempre importarles bien poco, como una ensalada de zanahoria a un perro. En la Edad Media los vikingos daneses y noruegos saquearon los monasterios los irlandeses, incursionaron tan al sur como París, y fundaron remotas colonias en Groenlandia y Terranova. Luego se volvieron aparentemente un país de reservados marinos mercantes con pipa y frugales protestantes, hasta que a principios del siglo XX la caza de ballenas expandió su coto a las aguas antárticas. Me imagino que sólo después de asegurarse de que allí también se iban a morir de frío bajo borrascas de nieve –como en su patria-  los noruegos se molestaron por explotar el negocio. Noruega, un país sólo capaz de ejercer su influencia sobre sus antípodas, tan distinta de una Inglaterra que ha plantado bandera en las Malvinas, en Palestina y en las cumbres del Himalaya por igual.

 

Montado en esa ola de la historia es que Adolfus Amandus Andresen, un noruego emigrado a Chile, llegó en 1906 con su Sociedad Ballenera de Magallanes. En esa época, el aceite de ballena era tan valioso que con la caza de un solo ejemplar se salvaban los costos de la expedición. Y para tener una idea de las ganancias, solo en la temporada 1912-13 se capturaron 5.000 ejemplares en la estación ballenera bautizada como New Sandefjord. Estas compañías extraían el aceite que las ballenas tenían entre sus capas de carne, hasta que alguien descubrió que el 60% del aceite residía de cavidades dentro de los huesos. Conclusión: otra compañía noruega con el impronunciable nombre de Hvalfangerselskabet  Hektor A/S se establece para aprovechar los 3.000 esqueletos de ballena que yacían en las playas. En esa época, la isla hedía a muerte y putrefacción, las olas llegaban a la costa teñidas en sangre de ballenas como un verdadero caldo.Caminando por las playas nos encontramos con los antiguos tanques en que se hervían los huesos para obtener el aceite. Tienen escotillas llenas de remaches, y sobresalen inclinadas semienterradas en la arena volcánica. Me imagino que “la isla” se presta para filmar una versión algo más catastrófica de “Lost”. También vemos los restos de antiguos botes de madera desde donde lanzaba manualmente los arpones. También aquí el navío argentino Primero de Mayo dejó cilindros de cobre declarando la soberanía argentina, que los ingleses devolvieron en una cajita a través del embajador inglés en Buenos Aires. Es más, Noruega pidió permiso al Reino Unido,-y no a Argentina- para cazar ballenas en los alrededores.

 

Y después lo más divertido. Laura y yo, que no nos metimos al agua en todo el viaje, aprovechamos la franja de un metro de agua cálida de la orilla. Ella se pone la bikini, yo desmonto mi pantalón cargo, y acompañados por el amigo Federico Gargiulo nos arrimamos como gauchos temerarios en la pulpería más jodida. Es increíble, pero mientras el viento está helado, corro el riesgo de una quemadura grave si hundo mis pies en la arcilla negra como si fuera la arena marplatense. Laura se sienta en la orilla y deja que el agua tibia la acaricie. Fede y yo decidimos en cambio ir un poco más lejos y hacer un verdadero de acto de soberanía frente a los gringos. Juntando valor y tomando aire nos tiramos de zambullida más allá de la franja cálida de la orilla. El agua pasa de tibia a congelada en pocos centímetros: sentimos agujas desde la planta de los pies hasta el cuello. ¡Es como zambullirse en una cubetera! No soportamos más de cinco o siete segundos en esas aguas –que nos hubiera matado de hipotermia en poco más de dos minutos- y tan pronto como sacamos la cabeza sobre el agua corremos hacia la orilla a buscar una toalla. Nada de Pinamar o Gesell, acá estamos nosotros titiritando de frío y cubiertos por una mísera toalla en la isla más rara del mundo en el confín de los mares navegables. ¿Cuánto cobrarán la carpita por la temporada?

Con la remera del Movimiento Mundial para la Salud de los Pueblos

Nuestra aventura antártica está llegando a su fin. Un breve desembarco en Half Moon Island (Isla Medialuna) también en las Shetland para ver aún más pingüinos es la última aventura. Claro, sobrevivir al Pasaje de Drake otra vez no fue fácil. Mi estómago hace reiterados a innecesarios pagos a sus temerarias aguas, pagando tal peaje con la desagradable moneda endógena… En el último atardecer, ya en las calmas aguas del Canal de Beagle, otra vez frente a Ushuaia, se realiza una ceremonia de entrega de diplomas, que certifican que hemos “desembarcado en la Antártida y sobrevivido a las peligrosas aguas del Pasaje de Drake”. Lindo documento, lo atesoraré junto a otras perlitas como la multa por entrar ilegalmente en Tíbet. Durante la última noche, se arma una partuza organizada por la tripulación en la cubierta inferior. Es interesante ver cómo el evento festivo borra la distancia que la etiqueta turística impone entre la tripulación y los “pax”. Camareros y camareras dejan entonces sus amoríos al descubierto. Turistas polacas pasadas de vodka terminan expeditivamente en los brazos de grasientos maquinistas y desaparecían por laberínticas compuertas. Y se pone de manifiesto el poder democrático de toda fiesta.

A la mañana siguiente volvemos a calzarnos la mochila y bajamos por la escalerilla hasta el muelle de Ushuaia. A nuestras espaldas queda el MV Ushuaia. Una o dos veces nos volteamos para verificar que de verás seguía allí, que no lo soñamos. El viaje a la Antártida quedará para siempre encerrado en nuestras pupilas, listo para ser revivido a pedido de la memoria. Y la carroza se volvió a transformar en calabaza: otra vez caminamos sintiendo las correas de nuestras mochilas en el hombro. Hora de volver a la casa de Anita y Nico: ellos se han ido de vacaciones pero nos han dejado la llave. Ansiamos descansar algunos días, cocinar nuestra comida, ponernos al día con Internet y alistarnos para salir hacia Calafate en busca de nuevas de nuevas carrozas y calabazas… Sin embargo al salir del muelle una pareja nos grita “¡Juan!”. Aunque nos acercamos no los reconocemos. Resultan ser George y Anastasia, dos viajeros rusos que llegaron a dedo desde Canada. Se enteraron por el blog que estábamos en Ushuaia y llamaron al puerto para saber cuando arribaba nuestro barco. ¡Qué loco regresar de la Antártida y que dos rusos te esperen con un mate!


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

3 Comentarios

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  • Son unos grandes, che.
    Yo estoy juntando valor para arrancar una travesía continental este año, o lo que dure… ojalá por siempre.
    Seguiré los blogs frecuentemente; si llegan a pasar por Bs As en la subida me encantaría conocerlos.

    Saludos, Ignacio.

  • Había leído la versión de Laura así que tenía que leer también la tuya. Se lo escribí en su blog, también por twitter y ahora lo hago en el tuyo: La forma en la que escriben y relatan esta aventura, desde que era solo un anhelo hasta convertirse en recuerdo de algo realmente vivido, es alucinante y hace sentir que uno estuvo ahí. Como las otras veces, no puedo terminar sin decir: Felicitaciones!

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