EL ESTRECHO DE GERLACHE Y LA BASE BROWN: DESEMBARCO ENTRE TÉMPANOS Y NAUFRAGIOS.

Después de pasar las Islas Shetland del Sur, el “Ushuaia” pone firme rumbo sur, como si acometiera decidido hacia los límites del globo. ¿Hay algo más allá de las Shetland? Durante años se pensó que no. Lo fascinante de la era dorada de la exploración antártica es que audaces expediciones como la de Cook o Wedell penetraban cada vez más al sur, batiendo record tras record de latitud, mientras buscaban islas con lobos marinos. Descubrían todo tipo de archipiélagos, como las mismas Shetland, pero ignoraban la existencia de la vecina Antártida. Ahora que navegamos intencionalmente hacia el sur sin que parezca evidente la presencia de tierra alguna me doy cuenta que la Antártida iba a ser hallada sólo por quien buscara encontrarla.
Hoy que el barco no se mueve en absoluto, nos despertamos con el primer mensaje por intercomunicador desde el puente, que con la música de Indiana Jones de fondo nos augura: “Good Morning Antarcticans!” El capitán anuncia en tono optimista que navegamos las espejadas aguas del Estrecho de Gerlache abrigadas por el reparo que brindan las Islas Anvers y Brabant. Entre éstas y la Península Antártica flotan icebergs y témpanos de dimensiones y contornos tan dispares que parecerían emergidos de la lisérgica imaginación de un internado del Borda. Salimos a cubierta para ver el espectáculo, favorecidos por un inusual firmamento despejado. En las costas la piedra sólo aflora en las orillas, el resto de la superficie está cubierto por decenas de metros de hielo.
La primera exploración del día sobreviene después del desayuno. Abrigados como muñecos de South Park abordamos los zodiacs y nos alejamos lentamente del “Ushuaia”. El motor fuera de borda de los zodiac va inscribiendo una estela en la tela muda que son las aguas antárticas. Este espejo está sembrado con constelaciones de escombros de hielo, que van desde los pocos centímetros hasta los varios metros. Todos nos miramos maravillados de estar “tocando” este paisaje con los ojos, y transitándolo con el alma. A poca distancia las costas antárticas parecen modeladas en espuma de afeitar. Hay que observar con atención para detectar en las montañas el sustrato rocoso, que apenas aflora en las caras más verticales, donde la nieve no tiene oportunidad de depositarse.
Avanzamos en la Bahía Guillermina hacia un antiguo fondeadero de barcos balleneros bautizado Port Foyn, en honor a Sven Foyn, inventor del arpón explosivo. Durante las primeras décadas del siglo XX, la caza de ballenas era una actividad tan lucrativa como hoy lo es el petróleo. El aceite de los cetáceos era el lubricante ideal para las nuevas máquinas de la revolución industrial. Sin plan sustentable alguno flotas británicas, estadounidenses y noruegas montaban guardia en aguas antárticas cazando hasta 5.000 ballenas por año. Además del aceite, la ballena era una materia prima “comodín”. Con sus barbas se confeccionaban cortinas, su aceite se utilizaba como lubricante pero también como fijador de perfumes, y su carne hecha picadillo se vendía en los almacenes europeos como conserva. No hablemos de esquinas, pero a la vuelta de un iceberg aparece de pronto, irreal, como aún luchando por recuperar su curso, el ballenero noruego “Governoren”, hundido en 1916. Con su proa varada sobre un banco de piedra y su popa sumergida, el barco es el espectro de una época. Espiando por sobre su oxidada cubierta se pueden ver los restos retorcidos de su ferrosa maquinaria semicubierta por una capa de nieve. Habiendo alguna vez servido para matar, hoy aloja nidos de gaviotines antárticos y petreles. Navegamos sobre la parte sumergida de la cubierta de madera y regresamos al Ushuaia.
Por la tarde, desembarcamos en un área denominada Bahía Paraíso, donde se encuentra la base argentina Almirante Brown, hoy abandonada. Es una emoción encontrarse con la bandera argentina pintada sobre las maderas anaranjadas de la base. La Base Almirante Brown tiene una historia tragicómica, ya que fue incendiada por su propio jefe médico en 1984. El piromaniaco doctor no fue motivado por una urgencia nerónica de musas, sino que utilizó el incendio como medio irrefutable para que la Armada aceptara su baja, y así no tener que permanecer otro invierno. Nada de telegramas, ¡así se arreglan las cosas al estilo antártico! Entre las casas de la base, que fue reparada pero no re-habilitada, anidan los infaltables pingüinos papúa, los Pérez o Fernández de los pingüinos. Hunidmos los pies en la nieve en una marcha de una hora para observar a estas aves perseguirse entre sí. Uno no entiende si estas persecuciones tienen como fin darse caza efectiva o si los pingüinos encuentran divertido el echo de lanzarse picotazos mutuamente. El perseguidor, ante el momento inminente de alcanzar a su acechado, dispara en dirección inversa para transformarse en perseguido. Desde la Base Brown observamos a las mansas y gélidas aguas duplicar el paisaje por reflexión. El agua establece una línea de simetría, y cada escombro, témpano o montaña arroja en el agua sus idénticas raíces invertidas.
Es difícil traducir en palabras la experiencia antártica, porque la verdad es difícil procesarlo en el interior de uno mismo. El primer desafío que enfrenta el viajero es llegar a la Antártida, pero el inmediato siguiente es dimensionar a donde ha arribado. El paisaje tiene una escala irrepresentable. Incluso en las coordenadas más aisladas del Tíbet Occidental uno puede contar con la presencia de seres humanos a algunos cientos de kilómetros a la redonda. En Antártida, en cambio, la certeza psicológica de la ausencia de humanidad minimiza al viajero en el mismo acto de la contemplación.
Como tomando venganza simbólica de este sometimiento ante el paisaje, por la noche Laura, Fede y el resto de los arribeños abrimos una botella de whisky que hemos comprado entre todos. En cada vaso, depositamos con ansiedad un trozo de hielo antártico, también conocido como hielo gruñón. El hielo gruñón proviene de los escombros remanentes de témpanos derretidos, y puede llegar a tener hasta 500 años de antigüedad. Es traslúcido, compacto, y al entrar en contacto con el cálido whiskey comienza a resquebrajarse milimétricamente, como si gruñera. ¿Quién hubiera dicho que un iceberg podía llegar a terminar sus días en nuestro vaso de whiskey? Brindando con el horizonte helado desde la venta de cubierta, estos trotamundos disfrutan de un relámpago de lujuria dentro de la incerteza de su derrotero. Mañana volverá el viento patagónico a incomodar nuestras banquinas pero hoy, Laura, disfrutemos…

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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