CON LOS HUARPES DE LAGUNA DEL ROSARIO

Una de mis metas era conocer a los huarpes de Laguna del Rosario, en Mendoza. En varios tramos atravieso la distancia entre San Rafael y Villa Tulumaya, en el Departamento de Lavalle, el más pobre de la provincia. He sido invitado allí por Sergio y Viviana, dos médicos muy comprometidos con la atención primaria en la zona rural –desértica- del Departamento. Llego a la capital provincial en el Honda Accord de una pareja mayor, quienes me dejan en la zona de la terminal. Por allí me pasa a buscar Sergio, aún vestido con el delantal del trabajo, y pronto estamos llegando a su casa en Villa Tulumaya. El calor en esta zona, no es un dato menor a la hora de describir el escenario…


Sin embargo, ojala fuera el calor el único problema. En una zona de escasas precipitaciones, el ingrediente fundamental de la vida y a producción es el agua. Lamentablemente, el agua que llega al departamento desde el Río Mendoza lo hace después de recorrer toda la zona vitivinícola e industrial de Mendoza, hacia donde es desviado para irrigación. Después de tantos desvíos, el agua que llega a la zona de Lavalle es poca. Esto ha producido una mayor concentración de los minerales que se encuentran naturalmente en el suelo en proporciones saludables, como el fluor, el manganeso y el arsénico. Sergio y Viviana, como médicos, son testigos del consecuente aumento de los diagnósticos de cáncer. Ellos son el precio silenciado del buen vino medicino. Claro, en la versión televisada todo es fiesta: en estos días la provincia elige a su reina, que curiosamente no sabe hablar quechua como las actuales cosechadores –en gran parte, migrantes de Bolivia- sino que son espigadas jóvenes de ojos verdes.

Si así es la problemática en la ciudad, ¿cómo viven la tragedia del agua en el desierto? Viajamos con Sergio y Viviana hacia el desierto para que pueda palparlo. Ellos la realidad la conocen muy bien, desde hace años trabajan codo a codo para sensibilizar a las autoridades sobre las necesidades sanitarias del desierto. Mientras los pasillos de las universidades nacionales pululan de jóvenes deseosos de hacerse de un título de médicos, son pocos los que realmente van allí donde los profesionales escasean.

Se necesita ir mucho más allá del juramento hipocrático para adentrarse en el desierto en las condiciones a veces precarias que el escueto presupuesto y a negligencia estatal imponen. Por eso, los pocos que se han animado son recordados con exclamaciones y alusiones épicas. En la comunidad de Laguna del Rosario, todos se acuerdan del Doctor Estrada, y es que su vehículo no se prestaba al disimulo: llegaba en avioneta. La pista de aterrizaje, de tierra apisonada, aun se conserva, pero ya no hay presupuesto para avionetas. Los últimos tres años, el valiente rol ha recaído, algo imprevisiblemente, en Lía, una joven mendocina que –he escuchado por ahí- no desentonaría en una pasarela. A Lía se la sabía ver tirada bajo su camioneta en medio del desierto solucionando algún desperfecto, o incluso descargando de la caja de ésta un cuatriciclo, para completar los tramos más arenosos e inaccesibles. A éste temple, el gobierno responde negándose a costear la reparación del techo de la vivienda destinada a la doctora…


La comunidad de Laguna del Rosario es, en parte, de herencia huarpe, y debe su nombre a un sistema encadenado de lagunas y humedales que hoy está completamente seco a causa del desvío de las aguas para irrigación. Es un poblado disperso, con casas de adobe rodeadas de añejos algarrobos, con la Capilla del Rosario (1609) como centro ineludible de la población. Hablando con dos señoras que volvían de juntar leña, me entero que hasta hace 30 o 40 años, en la zona se practicaba agricultura. Se cosechaba el trigo y se traían trilladoras de Córdoba para luego enviarse a los molinos la producción. En algún momento la sequía y el aumento de los costos, sólo permitió que continuaran con la tradicional cría de cabras, de la que actualmente viven.

Sequía, cabras… ¿Algo más? Sí, la comunidad está dividida. El agente divisor no es nada nuevo en el continente, y viste sotana. El Padre Benito llegó a la zona hace años, expulsado de la zona de la diócesis de Guaymallén bajo cargos de autoritarismo. Como castigo, lo enviaron al desierto. Lo que no pronosticaron sus antagonistas es que Don Benito transformaría su ostracismo en bastión y cuartel general. Asociado con los jefes huarpes correctos, tejió una red de influencia que ha culminado con su informal condición de cacique. No sopla el viento sin la autorización de Benito…
Con fondos solicitados al BID y a otros sponsors transoceánicos, Don Benito asegura estar cambando la calidad de vida regional. Es verdad, construyó un centro de salud en medio del desierto, pero no tiene instrumental y, menos aún, médicos. También obtiene de donaciones privadas de personas de Europa que “padrinan” niños huarpes, pero nadie en la zona ha sido testigo de que un solo niño haya visto un centavo. Por último, el cura quiere arrogarse el derecho de organizar la festividad anual de la “Virgen del Rosario”, fuente principal de ingreso para los criadores de cabras. “Estamos como hace 500 años” – asegura Daniel Quiroga, referente de la comunidad huarpe, quien se queja de haber recibido amenazas de parte de los partidarios de Don Benito. Laguna del Rosario está muy cerca de obtener la propiedad registral colectiva de sus tierras. Y parece que tanta autonomía va contra los planes del supuesto Don Benito, quien quedaría de esta manera limitado a las comunidades menores de la zona, como San José, San Miguel y El Forzudo.

En Laguna del Rosario realicé una muestra de fotos y charla (ver post específico) como parte del proyecto educativo asociado a mi viaje. Luego preferí abandonar el pueblo, un poco por la vergüenza ajena que me causaban, en algunas de sus actitudes, un grupo de estudiantes de Comunicación Social de la Universidad de General Sarmiento, que intentaban, con prepotencia y prisa porteñas, lograr un documental sobre los huarpes. Recién llegados de Capital, asolaban las calles del poblado con sus cámaras, sin tener en cuenta la timidez local. Evidentemente, era su primer trabajo en ese inmenso y “extraño” que comienza del otro lado de la Gral. Paz. Al unísono se quejaban de los mosquitos, y se quejaban aún más y protestaban porque la gente no “colaboraba” con el documental. Los pocos que querían hablar delante de la cámara les contaban sobre la problemática de las tierras, la sequía y la división de la comunidad en referencia al asunto del Padre Benito. Que un cura oficiara de caudillo en territorio huarpe era poca cosa para los chicos capitalinos. Es más, se quejaban de que los huarpes les hablaban de sus problemas, y no de su cultura. Parece que en la Universidad de General Sarmiento les enseñaron que la cultura es la confección de vasijas. Completamente decepcionados por no haber encontrados a los huarpes tejiendo en telares a orillas de la laguna con una pluma en la cabeza, los porteños partieron sin más hacia Uspallata, donde esperaban encontrar a los verdaderos huarpes… Yo hubiera hecho un documental sobre ellos.

Conversé algo con dos de las chicas del grupo, que también se avergonzaban de sus compañeros, y con José, un empleado de la Dirección Provincial de Hidráulica, apostado en su casilla móvil. Fue este quien me hizo notar que eran sólo 25 km por las vías del tren hasta la siguiente comunidad, San José, y sin meditarlo demasiado partí, con una botella de dos litros de agua y dos paquetes de galletitas. Con cada vez más confianza estoy dejando salir mi talento de croto reprimido. Desde hace tiempo vengo sintiendo cada vez más fuerte el llamado de los rieles, como plataforma alternativa de aventura, acaso motivado por la lectura de ”Historias de Crotos y Linyeras” de Osvaldo Baigorria, y como consecuencia de varias conversaciones con Fede Pallés y Zachary Wilkins, amigos ferro-adictos.

Salí con mi mochilita y las bendiciones de José hacia la vía, con la energía con la que jamás caminé hacia empleo alguno, sobre rocas desparejas, gambeteando las ramas de los algarrobos que con curva malicia extendían sus espinas hacia los rieles. Cada tanto un grupo de cabras, puntuando esa deriva de espinas y arbustos que parece eterna. A los costados el tejido de arbustos espinudos y algarrobos se ve elevado por algunos médanos. Alguna huella también corre paralela a las vías. Alternativamente, camino sobre una y sobre otra, siempre siguiendo la línea de los potes del telégrafo del ferrocarril, tutores de mi buen rumbo.. Cuando había recorrido 18 de los 25 kilómetros ví una casita de adobe, vi venir dos niños a caballo en sentido opuesto. “¿De dónde vienen?” – pregunté exaltado. “De casa de la abuela” – responderon ellos. “Bendita sea tu abuela que vive en medio de la nada” – pensé. Quince minutos más tarde encontré la casa, y fui recibido por el tío de los niños, llamado Juan, un hombre calmo y amable de unos 40 años, de cabello largo sujeto por una gorra visera.

Juan Morales vive en una humilde casa de adobe con su madre Cipriana. Me dice que aún me quedan 7 Km para llegar a San José. “¿No quiere sentarse a tomar unos mates? Puede quedarse a dormir si quiere” Primero pensé en seguir, luego caí en cuenta de que había dejado la linterna en Villa Tulumaya, y que mi única iluminación provenía del flash de mi cámara… Acepté la invitación del humilde puestero, quien pronto le ordenó a su madre que preparara mates. La anciana, encorvada pero veloz como una sentencia divina, a animar el fuego y arrimar la pava. En un delantal con bolsillos que reposaba sobre su falda tenía yerba y azúcar. Su pollera larga hace casi invisibles sus escuetas piernas. Cipriana va como flotando del fogón al toldo bajo el cual tomamos mates dulces, acompañados por galletas y patai, pan hecho con harina de algarrobo. Cerca de nosotros relinchan varios caballos y descansa un sulky. Juan interpreta en la guitarra temas de Leo Dan, con un tono muy agudo y falsete típico de la canción cuyana. Me cuenta que antes tenían un conjunto de cuatro guitarras. Luego deja la guitarra y se pone a humedecer un bozal de cuero trenzado para repararlo. Me cuenta leyendas de la zona. Dicen que en épocas de la conquista un mensajero de la caballería española se perdió en el desierto. Antes de morir de sed enterró las monedas de oro que llevaba, y que eran la paga de los soldados de la zona. Hasta el día de hoy nadie ha logrado localizar el valioso tesoro. ¡Qué poco que sirve el oro en ausencia de agua potable! Eso lo saben bien los vecinos de San Carlos que, más al usar, luchan contra la instalación de una minera…

Y Juan habla de sus caballos, claro, sus amores… Con uno de ellos, de 20 años ya, acostumbra cruzar el desierto hacia San Miguel, donde tiene familia. Son siete horas al trote. Con el vecino más cercano a 5 km, Cipriana y Juan Morales viven en completa paz, junto a sus cabras y caballos. Esa noche, tienen la inusual compañía de este trotamundos, y ponen para él una cama extra, bajo un toldo, bajo las estrellas… Al llegar a la mañana siguiente a San José, los responsables del puesto sanitario administraron un calmante para mi dolor de rodillas. Pero un dolor de rodillas bien ganado. Siento que llevo en mis pasos, ahora, la calidez de ese desierto, de esa vía, la simpleza de Juan y Cipriana Morales, ¡y las espinas de sus algarrobos!


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

6 Comentarios

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  • Cuando decis.. “yo hubiera hecho un documental sobre ellos.”… quedate tranquilo que con las reseñas expuestas lo hiciste.

    Lo mejor que podría haberles pasado a esos chicos, es que se queden sin batería en sus cámaras, para luego de relinchar, no les quede otra cosa que ponerse a hablar con la gente del lugar. Y en definitiva, ahí comenzarían a hacer un documental.

  • Juan, me quede muy contento al leer este post! en verdad me gusto bastante y lo mejor es que no escatimas letras para describir a todos los lugares y personas que estan formando parte de tu nueva travesia; que alegría que existan viajeros como tu. Y por los chicos de la capital, DEJALOS, ellos son mucha veces asi por ignorancia, EL GRAN PROBLEMA es que muchos no saben de las problematicas de otros pueblos, no la conocen, no la viven, no la sufren, SÓLO LA LEEN EN LIBROS y en informes. Un abrazo a la distancia y suerte en tu aventura!

    • Tenés razón en lo que decis Leo, en Buenos Aires se desconoce casi todo de la letra chica de la vida de las provincias (incluso de la letra grande también), y lo más grave es que si uno quiere informarse acerca de la realidad de determinado lugar o provincia, no se encuentra ningún ligar para hacerlo, ni siquiera en las Casas de la Provincia.
      Digo esto con total conocimiento de causa, soy de Buenos Aires y por trabajo me ha tocado viajar a distintos puntos de nuestro país, siempre traté de informarse de aquellos lugares de lso que no tenía noticias, por ej.; en cierta oportunidad tuve que viajar a los pueblos de Corcovado, Alto Rio Senguerr, Rio Pico, Gdor. San Martín, todos de la provincia de Chubut. Cuando fuí a la Casa de la Provincia en Bs.As, recibí la información de que eran “caseríos habitados por indígenas en los que no había siquiera hoteles o restaurantes para comer”. Hermosa fue mi sorpresa cuando llego y me encuentro unos hermosos pueblos, chicos si, pero bien cuidados, con una hermosa gente, había por supuesto personas de nuestros pueblos originarios, pero también mucha de la otra, y entre todos viviendo en un clima de paz desconocido para mi que venia de una gran ciudad.
      El problema es que en su ignorancia, los citadinos creen que esta “bien” su actitud de querer “llevarse por delante” a todo el mundo y no hay nadie que les indique que su proceder esta realmente mal.
      Soy de Buenos Aires, nacido en pleno barrio de Constitución, mis padres fueron entrerrianos que me inculcaron desde chico que lo mas importante era el respeto y la igualdad de trato entre todas las personas, sin importar de donde o de qué color o religión eran. Actualmente estoy radicado en Mendoza hace ya 25 años y obviamente ya no me iré más de este bendito suelo. Solo espero que alguna vez cambie esta actitud porteña o mejor dicho ignorante de tratar y ser de las personas (ya que no solo lo hacen porteños) y podamos llegar a entendernos mejor.
      Gracias y un gran abrazo.

  • Querido Juan, que pena siento al leer tu nota de que hayas venido en época de cosechas, justo cuando la mayoría de la gente del lugar no está. Soy docente en Lagunas del Rosario, desde el 2005. He trabajado en Aunción, Arroyito y conozco palmo a palmo el mal llamado “desierto de lavalle” y su gente. He tenido la posibilidad de escribir dos libros desde mi experiencia como docente. Siento mucho dolor por lo que decis aunque no tengas la culpa de no haber podido escuchar la otra campana de la gente del desierto. rogerleo27@hotmail.com es mi mail por si querés que charlemos. Si aún tenés contacto preguntá para quién o con quién trabaja Daniel Quiroga o los Videlas y que clase de familias son para la gente de Lagunas. Te suena la palabra “encomendero” o “terrateniente”? Suerte y feliz viaje.

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