MERINOS: LA HOSPITALIDAD URUGUAYA HACIA LA POBLACION FLOTANTE (¡DEN LA VUELTA GURICES!)


Apostados a la salida de Guichón hicimos dedo en la ruta provincial 90. Podíamos ver la ruta de tierra irradiarse en el interior de Uruguay y dando curso a tentáculos que, con suerte, terminaban en algún pequeño círculo con curiosos nombres de parajes o pueblos. Algunos estarían habitados, otros sería estaciones abandonadas. Sólo había una manera de transformar incógnitas en anécdotas. Como siempre, a dedo. Esta vez, mi compañera y yo optamos por un cartel inespecífico que decía. “CONOCIENDO URUGUAY” que nos sería útil en todo el viaje al margen del destino buscado. Estos carteles tienen la ventaja de que no quedan caducos una vez alcanzado el destino escrito, y además comunican un contexto de viaje amistoso que sensibiliza a os conductores y reducen los tiempos de espera.



Tras 45 minutos de espera, acaso el segundo vehículo que pasa se detiene. Se trata de una doble cabina Nissan Frontier conducida por una mujer. Nos indica que subamos a la caja. Tras un rato de zigzaguear por las “calles de tierra” (como se les dice acá) nos bajamos en Merinos, un pueblo de fábula. Se ven a la derecha los galpones del ferrocarril abandonados, y a la derecha una hilera edificada con antiguas casas de techo alto. No llegamos a ver la profundidad del pueblo más allá de la hilera inicial, pero todo indica que no tiene una gran proyección.




Los primeros en detectarnos son un grupo de esquiladores alcoholizados que, con toda la espontánea amistad que su estado propicia, corren, más que a darnos la bienvenida al pueblo, a abrazarnos… Con la excepción de un señor mayor de boina y pocos dientes, el resto son jóvenes que beben con fervor de una botella plástica rellenada con vino barato. 

Su hospitalidad será etílica pero es real, pronto nos están invitando a comer un pollo al club del pueblo, y dicen que podemos acampar afuera del club. Nosotros nos detenemos a imaginar que para la hora de la cena su ebriedad les impedirá recordar quiénes éramos. El viejo dice que él “tiene rancho humilde”, pero que es “propietario, no como estos que son agregados (señala a los esquiladores ebrios). Los esquiladores nos explican que toda la economía de la región depende del ganado bovino, y que el nombre del pueblo no casualmente refleja el nombre de una enorme estancia vecina y homónima.







Despedimos a los esquiladores y, tras dejar nuestras mochilas en una casa donde se celebraba un cumpleaños, salimos a recorrer el pueblo. Estamos en lo que en Uruguay se llama un pueblo de campaña. Los altos almacenes, con sus carteles publicitarios setenteros de Fanta parecen abrir sus puertas a legiones fantasmagóricas de esquiladores y peones. Algunos funcionan, mientras que otros subsisten en presencia pero tienen sus ventanas y puertas bien ancladas en el desuso. La estación del ferrocarril, como en Argentina, sólo ve pasar un carguero de vez en cuando. Y según los parroquianos, se detiene a llevar pasajeros. Un dato al pasar para algún aventurero.




En un cumpleaños dejamos las mochilas para que nos las cuiden. Están pesadas. Agradecemos y nos responden: “A la orden”. Damos unas vueltas por el pueblo. Al fin preguntamos en la comisaría: Perdón, ¿sabe Usted donde podríamos acampar sin molestar a nadie? Aunque uno ya sepa dónde va a acampar, siempre hay que preguntar 5 o 6 veces antes de hacerlo, pues es muy probable que le ofrezca alojamiento a uno. El policía no vestía uniforme. Regaba unas plantas mientras hablaba con su mujer, y pronto respondió: “¿Acampar? Den la vuelta gurices” Nos ofrece una pieza con cama y todo, y luego explica que ellos deben irse a Guichón, el pueblo vecino a buscar una persona, pero que nos dejan la cocina abierta. En la cocina, el ardor de unos pesados leños crea un santuario de confort en el reducido ambiente. Nada que ver con el frío que afuera le eriza las lanas a las ovejas que vagan por las calles de este pueblo bucólico pero pintoresco. Como si esto no fuera poco, Baldomir (así se llama el policía) abre la puerta de la heladera e indica que podemos servirnos todo lo que queramos. “Hay algo de carne de oveja” –dice para referirse de manera menos que indicada a una oveja prácticamente entera carneada. En los estantes laterales del refrigerador mi ojo divisa un morrón verde y un limón. Está el riesgo de que me pellizquen y despierte, pero si eso no sucede, nos vamos a comer una oveja al limón con morrón cortadito en cubos.




Baldomir se despide a las apuradas y aborda la camioneta para ir a cumplir con su deber. En estos pueblos, la policía no esclarece homicidios, más bien llevan a los ancianos a cobrar la jubilación al pueblo, hacen el delivery de las garrafas a las viviendas más alejadas del casco urbano, y por la noche se dan una vuelta por las estancias para ver que todo este en orden. Baldomir, quien me conoce hace 15 minutos, me deja la llaves de su casa y se marcha en la doble cabina. Sonrío  y agradezco por haber encontrado en mi primera noche de deriva uruguaya a esta gente tan maravillosa. Pero agradezco rapidito, y ya me pongo a cortar los morroncitos.

Mientras la carne se asa sobre una parrilla improvisada dentro de la misma chimenea, decidimos poner algo de música en mi portátil. Entonces sucede otro descubrimiento, cuando pienso: “Sólo nos faltaría que hubiera Internet inalámbrica”. Entonces en la pantalla se abre un mensaje: “Redes inalámbricas encontradas”. No lo podemos creer. La explicación la íbamos a tener días después. Sucede que, por una iniciativa gubernamental llamada Plan Ceibal, todas las escuelas uruguayas tienen wi-fi. Y a cada niño se le ha entregado una portátil de forma gratuita. Debemos estar cerca de la escuela.

Cuando la oveja estaba lista y ya casi hundíamos nuestros tenedores en el plato, apareció Baldomir en la camioneta. Habían hecho todo rápido para no perderse la oportunidad de dialogar con los viajeros.
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Esperen, esperen – advirtió Baldomir- que ahora cenamos juntos. Pero antes, Juan, acompañame en la camioneta que tengo que ir a buscar a una familia que se le quedó la moto sin nafta en la ruta”
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La boca se me hacía agua, pero tuve que ir con él. En el viaje Baldomir me cuenta que son los estancieros de la zona –y no el estado- los que le compraron la camioneta para que pudiera vigilar sus establecimientos. También ellos le dan la gasolina cada vez que lo requiere. De golpe siento la confianza suficiente como para confiarle a Baldomir mi opinión: “Es bastante obvio que han patrocinado la camioneta para que cuides su negocio, y no por amor a la comunidad.” El centro médico del pueblo, según ya me han comentado, no dispone de equipamiento alguno, sólo primero auxilios. Los terratenientes, como siempre, son rápidos para protestar a la hora de pagar impuestos, pero distraídos a la hora de velar por la salud de su propia mano de obra. Siempre fue igual. Ya que estamos rodeados de ovejas, le cuento a Baldomir sobre la revuelta en la Patagonia argentina en los años 20, y de cómo se fusilaron a los esquiladores solamente por reclamar vivir dignamente. Mi nuevo amigo comparte mi bronca. Además, es un interlocutor agradable que encuentra la sintonía fina de cualquier idea. Ante todo, me asombra su curiosidad.

De regreso a la casa, cenamos con Baldomir y su señora. Baldomir comprende el sentido de la aventura que nos lleva a viajar de esta manera. “Pero ¿yo? ¡Ni loco!” – aclara. A mí no me saqués de Merinos! En la jerga local, nosotros somos andantes, o más técnicamente, población flotante. Recuerdo un libro sobre los crotos que he terminado de lee hace poco (Anarquismo Trashumante – de Osvaldo Baigorria). A Baldomir le encantó la historia de los crotos y de la legalidad con que viajaban en los trenes cargueros. Con Baldomir y señora terminamos filosofando. Me interesó particularmente su perspectiva de la modernidad.
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“Hoy hay que ir a comprar todas las cosas porque el hombre moderno no da vuelta la tierra. Ahora mi hija dice: quiero computadora, Internet, bluetooth. Nosotros vivíamos toda la familia en un galpón sin muebles sentados alrededor del fuego, sin luz, ni gas. Si querías luz, encendías un tacho con grasa de oveja…”


Por la noche dormimos plácidamente sobre una cama. Uruguay no nos permitió, en nuestra primera noche a la deriva, armar nuestra carpa. Además nos dormimos rápido, que mejor lugar que Merinos para contar ovejitas…

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

6 Comentarios

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  • La verdad creo que es un exelente trabajo, que describe y destaca un uruguay profundo con manuscritos de vivencias guardadas en lo mas profundo de cajones, dignas de rescatar antes que las borre el tiempo. Aun hoy quedan muchas de estas historias por contar, por descubrir, que caminan silenciosas a nuaetro lado. No soy de Merinos pero soy Uruguay. Felicifaciones.

  • Fui a Merinos por primera vez en 1975.Poblacion 600 habitantes de los cuales 300 trabajan en las estancias. O sea en la ciudad habia 300.No existia luz electrica todavia alli. Conocimos personas maravillosas que tambien nos abrieron las puertas sin conocernos.El Quito,Nenucha,el Pocho de la OSE que despues fue mi suegro, el Zorro,etc. Que gente fantastica,podria escribir horas sobre ellos y sólo serian cosas buenas.Si alguno sabe de ellos un Beso en el corazon.Alejandro.

  • Soy Alfredo me dicen el chueco villa o remache y Angelina ,me dicen Mota
    Teenemos una linda familia : una hija llamada Araceli, Antonio , Juan , Miguel , Javier ,William , y Quique le dice pulga . Amamos estas tierras Los invitamos a aquel que no la conocen a que se hacerquen a conocerlas . Saludos a todos aquellos que nos conocen .
    aaa casi me olvido visiten el blog http://arriba-laceleste.blogspot.com.ar/
    ahi encontraran informacion e imagenes de Uruguay , Merinos . Saludooos!!.

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