MONASTERIOS DE GURGAM Y TIRTHAPURI: DESORIENTANDO LAMAS

Sorprendidos en nuestra ruta hacia los monasterios de Gurgam y Tirthapuri por una fuerte nevada, nos detenemos en una casa de té para reponer el ánimo y aguardar un clima más auspicioso. Pasamos allí una instructiva tarde observando como las inmensas mujeres que regenteaban el parador renegaban con la cuadrilla local de escuálidos hombres que se emborrachaban con cerveza “Lhasa” hasta el punto de salir a jugar al pool bajo la nieve. Entiendo que mucho más no hay para hacer en un sitio donde la ausencia de agricultura hace de la haraganería un estado natural de las cosas. Mientras tomábamos nuestro té con manteca de yak, la hija de la cocinera, que tendría unos 4 años, entra mirando al suelo, acaso intimidada por nuestra presencia, y vistiendo una chaqueta a su medida del Ejercito Chino. Todos los días imágenes como esta nos dejan pensando en la extraña manera en que ha coagulado el pasado para el pueblo tibetano..


Al otro día, luego de pasar varias horas arrojando piedras a las siempre abundantes latas vacías de Red Bull (los problemas de la urbanización han llegado a Tíbet antes que la urbanización misma) abordamos un pequeño camión rumbo al pueblo de Montcer, cruzando un paso completamente nevado. Estábamos casi listos para partir hacia Tirthapuri cuando Pablo descubrió que había olvidado su bolsa de dormir en el camión. Hay que contarlo, el cubrecama rosa que compró como sustituto en un comercio local lo hizo merecedor de una lista inpublicable de adjetivos que nos entretuvo en las dos horas de caminata hasta el monasterio.




La acción en Tíbet, comenzamos a comprender al llegar, tiene lugar más fuera que dentro de los monasterios. Los peregrinos, ejecutando esa circunvalación de un sitio sagrado conocida como kora, realizan un repertorio de rituales significativos. Para empezar el camino esta claramente demarcado aquí y allá por tar-chocks, quizás el elemento más famoso del cotillón sagrado tibetano. Los tar choks son banderines cuadrados de distintos colores izados en sogas que se tienden por sobre caminos, pasos de montaña, o cualquier otro sitio que se quiera purificar. En cada banderín han sido impresos sutras budistas, y en otros se encuentra representado Lungta, el caballo alado que desgranara esas plegarias en los cuatro vientos. Otros de los dispositivos religiosos que los peregrinos encuentran mientras hacen su kora alrededor del monasterio son los manikhors, cilindros dorados que encierran rollos kilométricos de plegarias, los que los fieles hacen girar en sentido horario, propaganda por el cosmos el budismo y sumando puntos para un karma favorable. Muchos monasterios están rodeados en su perímetro por corredores con docenas de manikhors. Definitivamente no un sitio para Jim Morrison, quien dijera: “Cancelo mi suscripción a la vida eterna.”


Esperamos a la hora de plegaria matinal para presenciar la acción dentro del monasterio. Cuatro monjes de distintas edades, incluyendo un niño y un anciano, entonan un canto que el niño puntúa con dos platillos y el anciano con un gran tambor. Sentados delante de un archivo de antiquísimos textos religiosos, y resaltados a pesar de la clausura por la luz de una claraboya premeditada, los monjes ejecutan en soledad la tarea de orar por todas las criaturas del universo. La polifonía producida por una asincronía adrede le da al canto una profundidad que hace pensar en un coro. El carácter celestial de la imagen se ve súbitamente interrumpido por un caudaloso estornudo del anciano. Contra toda apuesta, los cuatro se miran cómplicemente y ríen, sin dejar de cantar, revelando a mi juicio que engrampan mucho más honestamente con las vicisitudes de nuestra vida mundana que sus pares de la Iglesia. Debajo de la tunica bordó del niño, asoma una camiseta de la NBA…



Luego de despedirnos de Akatsuki, quien apresuraba sus pasos hacia Nepal, donde pensaba proponerle casamiento a su novia, Pablo y yo caminamos por el valle del río Sutlej hacia el monasterio de Gurgam. Enormes yaks cuyo pelaje llega hasta el suelo pastan tranquilos en la estrecha franja fértil del paisaje. Cuando nuestra presencia los envía al trote, notamos que mueven la cola de una manera bastante perruna que poco combina con bestias de tales dimensiones. Nunca un animal de apariencia tan robusta fue tan pacifico. El yak es un animal venerado en el Tíbet, y sus cornamentas ornaban las puertas de cada vivienda de un caserío que dejamos en el camino. Sin dudas una consecuencia del sincretismo entre la fe animista Bon y el posterior budismo. Hay quien dice que cada tibetano es bonpo en el fondo de su corazón, cosa que explicaría la cantidad de supersticiones e iconos que han sobrevivido de una religión en teoría desplazada. Algo así como el culto a la Pachamama enfrascado en el envase del carnaval norteño…



A medio camino nos sube un camión repleto de peregrinos, justo cuando comenzaba la Nevada de las 3  pm de cada día. Los hombres parecen cowboys, con sus sombreros de ala ancha curvada. Las mujeres intentan proteger su cutis de los elementos con bufandas multicolores que parecen las banderas de inexistentes republicas psicodélicas. Como si los colores fueran insuficientes, cada mujer casada luce un pandem, o parche de tela multicolor con diseño de código de barras cocido en la falda. Muchos pasan las cuentas de sus rosarios, y todos se ríen de los dos inesperados peregrinos.




El monasterio Bon de Gurgam es casi idéntico a uno budista. Lo que es comprensible, pues las enseñanzas Bon fueron reorganizadas para contestar al desafío que constituyó el más sofisticado budismo. Las pocas diferencias con este último nos parecen más fruto del orgullo: las esvásticas que decoran los monasterios Bon giran en sentido inverso, y los bonpos hacen sus koras y rotan los manikhors en sentido antihorario.



A la mañana siguiente los peregrinos que habíamos conocido en el camión nos invitan a seguirlos. Lógicamente no sabemos a dónde. Todo el grupo sube a una capilla construida en una cueva en la ladera de una montaña, se sacan los zapatos, y van entrando de a uno. ¿Qué habrá dentro? – nos preguntamos. Pablo arriesga: ¿Elvis Presley? Hubiera sido bueno, pero no, un anciano lama yace cruzado de piernas entorno a una parafernalia de imágenes y velas. Llevara una vida dentro, ese hombre que no nos esperaba. Sin saber mucho que hacer, nos arrodillamos y bajamos nuestras cabezas, en señal universal de reverencia. Espiando entre pestañas nos damos cuenta que el hombre tampoco sabe que hacer con nosotros. Finalmente le da un sorbo a su te y entona un canto tan arrastrado que parece un tarareo en torno a una letra olvidada. Aunque secretamente esperaba de el la habilidad para trascender la diferencia cultural y comunicar sin palabras, las emociones del lama solo fueron obvias cuando comprobó que el billete que dejamos como donación era de 5 Yuan. Al salir de la cueva, los peregrinos estallaron en mil carcajadas…


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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