EL REINO DE GUGE: DONDE EL TANTRA SOBREVIVIÓ AL COMUNISMO

El camino hacia las ruinas del reino tibetano de Guge, uno de los sitios históricos menos a mano de toda Asia, consistía en un valle de formaciones rocosas erosionadas que el atardecer pronto viró a un tono acaramelado. Además de Akatsuki, el escritor japonés, fue de la partida un alemán llamado curiosamente Anno, a quién por su habilidad para caminar siempre un kilómetro por delante de nosotros se hizo meritorio del apodo “Messerschmitt”. Llegamos, a distinto ritmo, a las cuevas que Pablo nos había descripto, haciéndolas nuestra morada por una noche y pensando en todos los monjes eremitas que habrán meditado en ellas durante años. Por la mañana, después de una fría noche, estábamos listos para explorar el sitio. Resultaba difícil a primer golpe de vista distinguir que era parte del paisaje erosionado y que era obra de la mano del hombre, tan orgánicamente parecían crecer las ruinas de su entorno. 




Floreciendo en el S.X el reino de Guge fue el responsable de la reintroducción del budismo en el Tíbet luego de una larga prohibición. Fueron los reyes de Guge quienes apadrinaron al monje Rinchen Zanpo para viajar a India y estudiar el budismo en su fuente original. El “Gran Traductor”, como se lo conoció, regresó 17 años más tarde reescribiendo los sutras budistas en el alfabeto tibetano y fundando, ya que estaba, 108 monasterios. A este evento responde también el “estilo de Cachemira” observable en los murales que decoran los cuatro templos que aun están en pie. En ellos se ven elefantes, palmeras y bosques, es decir, todo lo que no hay en Tíbet. Incluso hombres ataviados con holgadas túnicas blancas que en el altiplano tibetano hubieran muerto de hipotermia. Una extrapolación de estéticas comparable a aquella de la Navidad en Sudamérica, donde se sigue adornando el árbol con copos de nieve a pesar de que la fecha cae en pleno verano. El reino de Guge cayó en 1650, en parte a causa de Occidente, cuando los lamas complotaron contra la monarquía en respuesta a la excesiva tolerancia demostrada a misionarios portugueses que habían llegado desde Goa para fundar una iglesia.



Llaman especialmente la atención los murales tántricos, que dan incluso la impresión de haber sido menos merecedores del vandalismo que sacudió a Guge en 1966, estando ya en ruinas. En ese entonces el Ejército Chino, ejecutando el vergonzoso proceso de Revolución Cultural, irrumpió en casi todos los monasterios tibetanos destruyendo todo aquello que parecía demasiado tradicional para ser compatible con una Revolución Comunista. Claro está, los comunistas percibían a los monasterios más como símbolos de la elite teocrática que como sitios religiosos. Muy pocas de las enormes estatuas de Buda del templo principal se han salvado de las mutilaciones. Algunas han desaparecido por completo. Paradójicamente, una mujer deja un billete con la efigie de Mao como donación a una cabeza de Buda que es todo lo que queda de una imagen de 8 metros de altura destruida precisamente por órdenes de Mao. Recordé a los obreros tibetanos que había visto en Ali, y quede todo el día pensando: ¿un sueño, por bueno que sea, puede ser impuesto? Vino entonces a mi mente la frase que pronunciara Miguel de Unamuno, mientras la policía de Franco lo expulsaba de la Universidad de Salamanca: “Triunfarán, pero no convencerán”.


De regreso en Toling nos encontramos con que los otros 4 viajeros del “Elephant River of Hotel” aun estaban allí, lamentándose por la imposibilidad de encontrar transporte hacia Kailash. Llevaban esperando tres días, en parte porque su estrategia se había limitado a intentar chartear los jeeps que circulaban por la calle principal. Cuando anuncie que saldríamos a la hora, tenían más de una razón para considerarme naïve. Y sin embargo fue eso lo que tardamos en salir a la ruta y encontrar un camión que regresaba al camino principal, por un tercio del precio de un jeep, lo que prueba que mas allá de las complicaciones listadas por las guías de viaje, la manera mas fácil de salir de cualquier sitio es sencillamente empezar a caminar por la ruta y dejar que las cosas obren solas.


La caja del camión acomodaba, entonces, a Akatsuki, a Pablo, el muchacho de Rosario que había decidido viajar con nosotros, y a mí, junto con una pareja mayor de peregrinos tibetanos camino a Kailash. Los tachos de aceite vacíos de 200 litros que el camión cargaba hacían de cada loma una batucada, cosa que no parece molestar al anciano que ora pasando las cuentas de su rosario. A la media hora, con un gesto de satisfacción, abandona la tarea y comienza a distribuir latas de cerveza “Lhasa” entre los presentes. “Cerveza del techo del mundo” – se lee en el aluminio. “Esto es vida y no Paris” acota Pablo. El cielo era azul y anchísimo, el aire fino, y nosotros comenzábamos a explorar, no sólo el Tíbet, sino el alma tibetana.


El camión “Dong Feng” nos dejo en el cruce con la ruta principal. Miramos ansiosamente el mapa de nuestra guía para descubrir que allí decía bien clarito: “Nada en el cruce”. Pero evidentemente nuestra guía había sido escrita por alguien con urgencia por un hotel o un sauna, pues en el cruce había un caserío habitado por criadores de yak. Bautizamos, por ende, al caserío, con el nombre de “Nada en el Cruce”. La gente nadacruceña comprendió rápido que si no nos abrían una habitación nos congelaríamos. Cuando lo hicieron, prendimos una vela, preparamos la cena con nuestra cocina de camping, e intentamos olvidar el frío.



Habiendo visitado Guge, uno de los tesoros del arte budista en condiciones de museo, era tiempo de emprender marcha hacia los monasterios de Tirthapuri y Gurgam, ambos funcionantes, remotos, y a consecuencia poco frecuentados por el viajero. El primero de ellos es un monasterio budista aledaño a una fuente termal donde se bañan los peregrinos más estrictos luego del peregrinaje a Kailash. El segundo es el único monasterio de la fe nativa y animista Bon en el oeste de Tíbet. A pesar del entusiasmo de la partida de esa mañana, fuimos detenidos a 3 Km. de “Nada en el Cruce” por una tormenta de nieve, y buscamos refugio en una casa de te del vecino poblado de Namru….

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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