EN VALLES PROHIBIDOS I: TE EN EL CAMPO MINADO

 
Este post cuenta mi experiencia viajando a dedo en Afganistán desde Herat a Kabul por la ruta central. Es una historia clásica también contada, con algunas variables, en el libro Vagabundeando en el Eje del Mal. ¡Ojalá la disfruten!



En primer lugar les aterrorizaba que quisiera tomar esa ruta. Que pensara en cubrir el tramo a dedo, les parecía directamente una idea meritoria de la camisa de fuerza. “Estás jugando con tu vida” – pensaba Hamid, el recepcionista de mi pensión en Herat cuando le comente mi intención de tomar la ruta central: 800 Km. de ripio entre Herat y Kabul, cruzando una de las zonas mas remotas del país, y bisectando Afganistán de Oeste a Este. En un país de rutas precarias, sin dudas la peor. Pero ojala el estado del camino fuera el único factor implicado. En boca de la gente de Herat, la ruta seria un criadero de bandidos que a la vista de un extranjero corren a sus casas a buscar el rifle. “Yo soy afgano y no me animo” – gastaba Hamid sus últimos ases en un intento de detenerme. Con tal panorama mis días en Herat estuvieron signados por la lucha entre mi razón, que me instaba a escuchar los consejos de los locales, y mi fe en el ser humano, que traduce los consejos de los locales como prejuicio de los locales.
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Nada me obligaba a tomar tal ruta. Se puede también llegar a Kabul vía Kandahar, en el Sur, a través de rutas pavimentadas. Es curioso que a pesar de ser Kandahar el epicentro del revival talibán de los últimos meses la gente me aconseje hacer escala allí, acaso porque el pavimento permite cubrir los 1300 Km. casi sin paradas intermedias. La ruta central, en cambio, reclama un mínimo de una semana a cambio de sus 800 km, incrementando la exposición a los locales y sus vicios. Por ultimo, la ruta a Kabul vía Mazar-i-Shariff, en el Norte, es la mas segura del país, no pavimentada, pero sin focos de resistencia talibán, ni pasos de 3500 metros, en fin, una baraja demasiado aburrida. ¿Pero que precio estaba destinado a pagar a cambio de la preciada adrenalina? Era conciente que luego de un año de viaje había llegado al peligroso punto en que uno comienza a ignorar las señales de alerta, acostumbrado a que todo sale siempre bien.






Tales dilemas no me dejaron disfrutar plenamente de Herat, de su bazar mal abastecido, con cabezas de cabra orbitadas por moscas como oferta del día. Hablando en serio, las calles de Herat huelen a cloaca, y sus avenidas son un solo único e ininterrumpido taller mecánico. Es aun así, dicen, la ciudad más bella del país.
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Tres días en Herat me permitieron reunir la información básica para sentirme seguro. Desde Moscu, mi amigo Alexey, con quien recorrimos juntos Egipto, me había enviado un resumen de la experiencia de los autostopistas rusos de la AFT (Academy of Free Travelers) en la ruta central. Hablaban de poco transito (de 10 a 30 vehículos diarios), del estado calamitoso del camino, de que un camión tarda una semana en cubrir los 800 kms, pero nada sobre problemas relacionados con la seguridad. Mirando el mapa de Afganistán que mi amigo Steven me había enviado desde Holanda (imposible conseguir tal cosa en el mismo Afganistán) se observaba como la ruta, un fina línea blanca que a veces parecía desvanecerse, salía disparada desde Herat hacia el Oeste siguiendo el valle del río Harirurd, a través de un terreno cada vez mas alto, que en el mapa se traducía en un marrón cada vez mas oscuro. A intervalos de 100 kms aparecen pequeños círculos blancos. Son pueblos.
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El primero se llama Obweh, luego viene Cheshter-e-Shariff. De allí –predice el consejo de ancianos autostopistas moscovitas- los camiones tomaran un desvío hacia el sur, cruzando un par de pasos cercanos a los 3000 m, alejándose temporariamente del valle que en primavera y verano es inundado por el río. Así, los siguientes 200 km hasta Chagcharan, ya en la provincial de Ghor, serian los más penosos. De lo leído en Internet se desprendía que en Chagcharan había una base de las ISAF (Fuerzas Internacionales), lo que de alguna manera daba cierta tranquilidad. Pero Chagcharan es solo mitad de camino. Es después de allí, en los más altos pasos de montaña, donde todos presagian peligro, al menos hasta llegar a los magníficos lagos de Band-e-Amir, los únicos en Afganistán, ya a 250 km de Kabul. Entre los lagos y Kabul, a su vez, esperaba Bamian, ciudad que se hizo tristemente celebre en 2001, cuando los talibanes dinamitaron la estatua de Buda más grande del mundo, de la que hoy solo queda su nicho en la montaña.



La mañana de la salida, una mañana de 30 grados como cualquier otra. Luego de varios inútiles tramos en rickshaw (taxi-motocicleta) que apenas me acercaron a la ruta, se detiene una Toyota doble cabina. Zaboir, su conductor, habla perfecto ingles. Va hacia Karokh, eso es a 50 km por la ruta norte. Allí esta supervisando la construcción de una escuela donada por “Green Helmets”, una ONG alemana. Como promete regresarme al día siguiente a la ruta central acepto su propuesta de pasar un día en la aldea.
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Zaboir es afgano, pero hace 20 años que vive y trabaja en Heidelberg, Alemania, donde se gradúo en la Facultad de Ingeniería. Aunque siente un vínculo más fuerte con Alemania que con su suelo natal, ha decidido regresar a Afganistán para coordinar la construcción de nueve escuelas. En la aldea también conozco a Joachim, un agrónomo alemán que representa a la ONG. Con su larga barba canosa y su morral naranja, uno diría que Joachim es un hippie que camino a la India quedo atrapado por la belleza del valle, y que lleva allí unos 30 años. Más que supervisar parece que medita.



Zaboir y Joachim se enfrentan, como todos los trabajadores extranjeros en Afganistán, a una constelación de problemas. En primer lugar, en un país extremadamente pobre donde el salario mensual promedia los 50 dólares, la gente piensa que quienes vienen de un país cuyo nombre no termina en ‘stan’ son billonarios. Como tal, los trabajadores que edifican la escuela piensan que Zobair y Joachim dedican las noches a contar verdes, y piden cada día más dinero a cambio de su trabajo. Mientras comemos unas galletitas cuyo paquete dice: “Regalo del pueblo y del gobierno de la India. Para distribución libre en Afganistán” llega el jefe de la aldea y susurra algo a los oídos de Zobair. Al parecer hay nómadas pashtunes en los alrededores, y el hombre teme que al ver extranjeros estos piensen que hay dinero en la casa e intenten un saqueo. Proponen que abandonen la aldea por un par de días. En una aldea vecina dos trabajadores alemanes resultaron heridos cuando alguien arrojo una granada por la ventana de la casa mientras dormían. Se puede decir que un 5% de los afganos percibe a los voluntarios extranjeros que prestan ayuda humanitaria como invasores. Quizás sean menos, pero ese porcentaje es el que esta dispuesto a tirar del gatillo a cambio de un billete con la cara de Franklin. Pero ni ellos abandonan la aldea ni yo mi idea de cruzar por la ruta central. Tendremos que aprender a conciliar el sueño a pesar de ese 5%…



Los niños de la aldea llegan puntualmente a clases a las 8 de la mañana siguiente. Hasta que la escuela no este terminada, las clases se dictan dentro de carpas donadas por UNICEF. Y yo aborde la Toyota nuevamente hacia la ruta central, que en su nacimiento parece un inocente desvío de tierra hacia alguna aldea. Zaboir hace un último intento por convencerme de que siga hacia el norte. “Incluso el gobernador tiene problemas a veces cuando toma esta ruta –jura- y el viaja con escolta militar”.
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Cuando Zaboir estaba de alguna manera ganando la pulseada de la paranoia, se estaciona al lado nuestro otra 4×4. Es una pareja de alemanes, y piden orientación hacia la ruta central. Piensan explorar el valle del río Harirurd hasta Obweh y regresar. Le prometo a Zobair que regresare con ellos y tomare la ruta norte, pero por dentro ya lo he decidido, intentare llegar a Kabul. “No te fíes demasiado de la policía –agrega antes de acelerar- son los talibanes de hace 5 años. Ya no hay sistema moral en Afganistán. El último sistema fue Dios. Ahora es el todos contra todos”. Mientras nos despedimos pasa un helicóptero italiano. “Ya vez en que terminamos” – señala al helicóptero como si este apoyara su argumento.



Thomas y su mujer. Dos agrónomos alemanes que trabajan en Kabul buscando alternativas al cultivo de opio. Ahora pasan algunos días de vacaciones en Herat. “Es difícil hacer entender a los locales que el opio es dinero en mano a corto plazo pero veda cualquier posibilidad real de desarrollo a largo plazo” –empezaba a explicarme Thomas cuando dejo de hablar porque banderas blancas y rojas comenzaron a aparecer al costado del camino por doquier y pronto nos encontramos con un senior de chaleco celeste que sondeaba el suelo con un detector de metales. Estábamos cruzando un campo minado. Y nosotros que veníamos buscando algún lugar pintoresco para tirarnos a almorzar.
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En el medio del campo minado, en un área segura delimitada por piedras blancas, el comandante de la escuadra barreminas nos invita a tomar el te. Tomar te en un campo minado… me siento dentro de la tapa de un disco de Pink Floyd. La primera joya ofrecida por la ruta central afgana. Ya estaba seguro que era mi ruta.


En Malwah tuvimos finalmente nuestro almuerzo. Al vernos, un policía sale de una comisaría de adobe sobre la que flamea una bandera afgana deshilachada. Es la imagen de un perro hambriento que olfatea comida y sale de su cucha. Thomas le explica a donde vamos en ingles, a lo que el policía responde “OK” aunque no ha entendido ni media palabra, y vuelve a su puesto. ¿Cómo pretenden las autoridades centrales imponer respeto con una policía tan desalineada? Aun me lo pregunto.


Junto a la Toyota de los alemanes se alejo mi última posibilidad de regresar a la civilización. Me dejaron frente a una escuela que, como casi todas las construcciones que no son de adobe, ha sido financiada por algún donante extranjero. Esta tiene un cartel con una bandera norteamericana y una afgana. Al fin, solo con la ruta central. Me siento sobre mi mochila a esperar algún vehiculo, con el delirio persecutorio de un pacman… A los 20 minutos, el primer vehiculo que pasa, un camión Mercedes naranja que carga vigas de madera, se detiene. Su conductor es un hazara, literalmente “uno de los miles”, como comprensivamente los locales denominan a los descendientes de las hordas de Gengis Khan que pasaron por estos valles hace siete siglos.



Viajar sentado sobre vigas de madera en un camión que parece caer en cada pozo del camino no es muy cómodo, pero cualquier sufrimiento fue redimido por la conversación con los otros tres tripulantes de las vigas, dos jóvenes obreros de Herat y un hombre enturbantado que sostenía una pava dorada como si de ella dependiera la continuidad del mundo. El dari, el idioma que se habla en la mitad norte de Afganistán, es un dialecto del persa que aprendí en Irán, con lo que la comunicación básica esta garantizada. Me dicen que van a Cheshter-e-Shariff, donde trabajan en la construcción de la nueva municipalidad. Parece que somos el único vehiculo en la ruta. A veces, pasan motocicletas manejada por hombres, con sus esposas cubiertas en burkas celestes detrás. Y un camión que transporta una heladera en su caja, sujeta por sogas como si fuese un minotauro cautivo…




Llegada a Cheshter-e-Shariff. No por saludarme el jefe de policía del pueblo va a dejar de oler una rosa que lleva en su ojal. Cuando el policía sensible ve que soy un buen pibe, los constructores de municipalidades me vuelven a llamar e invitan a dormir en el edificio. Entre los 12 obreros hay un hombre que alisa con sus dedos su larguísima barba blanca. Su mirada me intimida un poco. Para romper el hielo comienzo yo también a jugar con mi barba, la que no afeito desde Turquía. Entonces el hombre de mirada grave no puede reprimir una sonrisa y toda la ronda termina felicitándome por tener barba, lo que prueba que en Afganistán la barba es todo un atenuante de la extranjeridad.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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