UN ROCK PARA EL AYATOLÁ (RIOS SUBTERRANEOS EN TEHERÁN)


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Mi primera impresión de Teherán, apadrinada por la monotonía del parque automotor, es la de estar en la DDR. Ocasionalmente, entre los cardúmenes de Paykans, truena el motor de una Chevrolet Camaro o similar: como en Cuba, se usan los automóviles del régimen derrocado. Al centro, la plaza Imam Khomeini, una colección de edificios impares. Las antenas de todos los diámetros montadas sobre el Ministerio de Comunicaciones combinan bien con la estética de un régimen policial. (Extrañamente, a 200m, la boca del subte, es el lugar por excelencia para comprar drogas) Las mujeres que caminan por esta zona, llevan su hejab correctamente colocado, cubriendo la totalidad de su cabellera. Desde un teléfono público llamo a Zohra, miembro de Hospitality Club. Aunque rara vez recurro a hoteles, en un país como Irán, pernoctar con los locales es doblemente importante si se quiere entender lo que está sucediendo en el país.



El taxi en el que mi amiga Zohra me paso a buscar me abdujo de tal escenario y me transporto aun mundo distinto. Estamos en el café Photo, en un centro comercial del norte de Teherán. Mientras la vieja ciudad, al sur, es conservadora, reverente, hacinada y pobre, el norte fue un experimento del ultimo Shah de transplantar un poquito de Europa, y así goza de amplios bulevares, sus habitantes son mas educados, mas ricos que los del sur, y están notablemente menos entusiasmados por la idea de vivir en una Republica Islámica.



Zohra es tripulante de ese reducto. Como las otras chicas que están en el café, lleva su hejab lo mas detrás posible, dejando bien visible su pelo corto color caoba con un mechón azul. Queda claro que si por ella fuera, el paño ya estaría obstruyendo alguna alcantarilla. Zohra juega un poco con uno de los cuatro aros que perforan su oreja derecha y dice:

– La gente esta cansada, los artistas están más cansados.
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Si hago abstracción del hejab y la especie de poncho llamado mantú que cubre la mitad superior de su cuerpo, puedo decir que lo que tengo enfrente es una punk, pero eso es poco relevante. La rebeldía que la aliena no reside simplemente en querer llevar una vida normal. Desde la llegada de la Revolución Islámica en el 79’ no hay diferencia entre la ley civil y la religiosa. El Komiteh (Policía Moral) sanciona frecuentemente con latigazos a quienes son lo suficientemente desafortunados para ser encontrados bebiendo infraganti, o dándose un beso en público. El sexo antes del matrimonio –el amor en su estado mas prístino- es un pasaje pago a la penitenciaria. En comparación, la Verona de Romeo y Julieta era un parque de diversiones: si Shakespeare retomara la pluma, ambientaría su drama en Teherán. Aquí es donde se clausuran por obscenos los mecanismos de la vida y se exaltan los de la muerte: tanques de guerra, helicópteros, fuera de los cuarteles o en murales frente a escuelas, adornan todo el país.




Zohra quisiera tener una banda de rock. Es su sueño, pero sabe que nunca lo cumplirá. ¿Cómo organizar un concierto si asistir a una fiesta donde hay cerveza es un pasaje a prisión? La vida, la normalidad, regresa como la selva misionera, se vuelve furtiva. La bandas tocan a escondidas, el alcohol es contrabandeado desde Rusia (”Hasta podés elegir la marca” – se jactan los iraníes que nunca se podrán jactar de sus bares) y el opio en fardos amarrados a camellos amaestrados que cruzan solos el desierto desde Afganistán (y por eso al dealer en España se le llama camello). Pero nadie contrabandea sonrisas, y eso se nota.

– Algo falta. –dice Zohra mientras el Che Guevara nos mira, como queriendo salir del póster que lo condena a uno de los muros del café que no se ve desde fuera.
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Los himnos a lo que falta se cantan en voz baja. En ninguna otra parte como aquí se ve tanta gente hablándose al oído. La voz baja, en Irán, es un arte. Más recientemente, la introducción de los mensajes de texto, han relajado el escenario y provisto a los jóvenes de otra herramienta para acercarse a la normalidad en un país donde invitar al cine a una chica es todo un ataque al sistema.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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