LLEGADA AL MAR CASPIO: EL CAVIAR Y LAS HUELLAS DE GENGIS KHAN.

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“¡Tu pelo es mágico!”- fue la conclusión de un hombre en uno de los tres pueblos que cruzamos con Steven en nuestro camino del Desierto Dasht-e-Kavir al Mar Caspio. Sus ojos no podían explicarse como mi rasta podía cambiar del castaño al rubio sin transición alguna, aunque seguramente la rasta misma era cosa mandinga para el. Me señalaba una y otra vez la canilla y me ofrecía prestarme su jabón. Mejor ni intentar explicarle que era el pelo de una amiga, que como tenia mucho me había regalado un poco. Steven no tenía mejor suerte intentando explicarles a los aldeanos que sus botas de montaña -con más cordones que un corset- eran más útiles que las aireadas alpargatas que le aconsejaban llevar.

La transición entre Damghan y el Mar Caspio había sido impresionante. El pasaje de una región seca como el desierto de Dasht-e-Kevir hacia una húmeda como la costa del Caspio se observa desde la caja de las distintas camionetas en que viajamos. La piedra pronto desplaza al adobe como material de construcción. Los camellos se esconden para dar lugar a pastizales verdes, árboles y, más adelante, densos bosques. La primera parte del trayecto, dicho está, es desolada. Quedamos aislados en un cruce en medio de la más absoluta nada, felizmnte cerca de una cabaña de piedra abandonada donde pasamos la noche. Un hombre que pasó en motocicleta nos regaló pan y queso, que fue nuestra cena junto con el chocolate de emergencia que Steven siempre guada en su mochila.
Nuestras pretensiones en el Mar Caspio eran tan simples como basarnos en el puerto de Bandar-e-Torkman para terminar a bordo de uno de los barcos que pescan caviar, una de las exportaciones más rentables de Irán (680 dólares por kilo). Pero nuestros planes son siempre grandes excusas, andamiajes del absurdo para poder reírnos de nosotros mismos mientras marchamos. Uno se inventa para si mismo una locura patrón, una vara con la que luego mediremos los eventos reales. Eso me recuerda que finalmente nunca tomamos por asalto la calesita de la Plaza Rocha con Vicky, Juan y Etcheto (pero nos contentamos organizando competencias de autostop por la ruta 88).De forma previsible, ni rastros de los famosos barcos (estación equivocada parece). Lo mismo, nuestra diplomacía llegó hasta el punto de ser admitidos en la oficina del prefecto del puerto, quien nos explicó sobre todo tipo de problemáticas técnicas relacionadas con el nivel del agua que Seven entendió a la perfección, pero nadie nos invitó a navegar en un carguero….Estando en Bandar-e-Torkman, sin embargo, fue claro que la tensión étnica entre la minoría turkmena (estamos a 25 kilómetros de Turkmenistan) y la burocracia de Teherán era lo suficientemente interesante para hacernos olvidar de los barcos. Desde que Irán nacionalizo la industria del caviar los pescadores locales prueban suerte con la mojarrita, o algo así. L

La grieta llega tan profunda que conocimos a un artista reclamaba una especie de pan-turkismo, el regreso al antiguo Turquestán que se extendía desde las estepas de Mongolia hasta el Egeo. Turquía, Turkmenistan, Azerbaiyán son fragmentos de esa vasija que se rompió hace rato, pero nuestro amigo seguía llenando sus lienzos con geométricas mandíbulas aguerridas y rostros achinados. El Sr. Gengis Khan hoy amaneció cruzado.

Por la calle, las casas con aleros metálicos dentados (influencia rusa) y las mujeres cuyos vestidos son de una alegría casi gitana le dan al pueblo un carácter único, a años luz de la uniformidad iraní de chadores negros que se observa en cualquier otra parte. La gente habla una variante del turco, aunque aprenden Farsi en la escuela. Como en Damghan, el pueblo exhuma el carácter de Asia Central…
Antes de continuar, decidimos visitar la isla de Ashur Adeh, que dista un par de kilómetros de Bandar-e-Torkman. No tenemos razones específicas para nuestro desvío, simplemente nos atraía la improbable coordenada de estar en una isla iraní. La sola vista de dos patrullas guardacostas iraníes nos parecía un tanto bizarra en un país errónea pero finalmente asociado a camellos y desiertos. Cruzamos la estrecha distancia eb un pequeño bote a motor, cuyo capitán nos cobra un dólar, y además nos invita a su casa en la isla. La isla en sí es un sitio honestamente triste que daba la impresión de haber sido alguna vez un destino turístico al que luego envolvió un olvido bíblico. Por todas partes se observan instalaciones turísticas y facilidades abandonadas, embarcaciones hundidas en costas pantanosas y casas en estado post-Armageddon…
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Como la ley iraní impedía que la nueva despedida fuera acompañada de una buena cerveza, y para satisfacer nuestro programa genético, conseguimos al menos dos botellas de malta. Si uno se concentra en el color oscuro del cristal y en las letras góticas de la etiqueta, entonces el efecto placebo hace efecto y uno empieza a reír de cualquier cosa. Pero no hay que hacer demasiado foco, porque entonces uno puede llegar a leer el “0,0 %” del que el fabricante se jacta. Steven prometió volver a visitarme cuando el viaje presente algún desafío interesante (La perspectiva del otoño en Siberia parece ponerlo especialmente contento) y tomo el autobús a Teherán, a la vez que yo inicie mi marcha hacia Afganistán vía Mashhad.
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Mashhad resultó estar a seis autos, una camioneta, un camión, y una Honda 125 de distancia de Gorgan, donde nos separamos con Steven, quien regresa a Teherán para tomar su vuelo a Holanda. Yo duermo esa noche en la sala de espera de un hospital. El viaje a Mashhad cubre una distancia de 564 km a través de un aburrido vale semiárido. La única mención la merece el conductor de un Paykan que, señalando a su mano sin dedos, exlama: “Saddam!” Otro ex soldado. Paradójicamente, Mashhad le debe su crecimiento a la guerra con Iraq, cuado los iraníes de las regiones bombardeadas migraron en masa a la ciudad, que era tan lejos como podían ir sin cruzar las fronteras iraníes.
Más significativamente, Mashhad aloja el Santuario del Imam Hussein, una figura reverenciada por los chiitas. Obvié por completo el célebre sitio, para quedarme en casa de Mohammed, my anfitrión local de Hospitality Club, navegando con el dedo mapas de Uzbequistán y Tajikistán, acompañados por Viktor, otro viajero, un francés de Grenoble. Mohammed permanece en mi memoria como el único iraní que en vez de lamentarse por la dificultad para obtener visados, está activamente planeando n viaje en bicicleta alrededor del mundo.
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El momento más memorable, por lo absurdo, en Mashhad, fue cuando dí una charla ante el Club de Montañistas. Lueg de discurrir durante media hora sobre la esencia del autostop, una mujer se puso de pie y preguntó si esos paquetes de vacaciones estaban también disponibles para mujeres. Otro sujeto, que surgió furtivamente de las sombras, me preguntó si tenia algna religión, aunque no estaba interesado en mi respuesta sino en contarme que la suya era “Marx”. Al otro día de la reunión con tan singulares senderistas, inicio un nuevo capítulo de este viaje al pisar la ruta con rumbo a Afganistán.

 


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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