EN EL PAIS QUE INTENTA EXISTIR

¡Aviso! Para leer la historia completa del viaje por Medio Oriente, consigue mi libro “Vagabundeando en el Eje del Mal – Redescubriendo Irak, Irán y Afganistán a dedo”.
Con movimientos que combinan gentileza y velocidad, un grupo de ancianos juega a las damas sobre un tablero trazado con tiza sobre el pavimento no muy lejos del antiguo puente que hace un milenio da paso sobre el río Zakho, en el pueblo del mismo nombre. Un paño blanco y negro se acaracola sobre sus cabezas como una torre de Babel. Es el distintivo de los hombres de las montañas del noreste. El ruido de las fichas –cantos rodados robados al vecino río- es rítmico. Parece que quieren afinar la historia.
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Estoy en el Kurdistán Iraquí, y tanta calma aquí es tan extranjera como yo. Por primera vez, lo que parece sumergirse irreversiblemente en una guerra civil es el resto del país. Aunque desde el fin de la primera Guerra del Golfo ya no sobrevuelan los helicópteros de Saddam diseminando gas letal, solo desde hace tres años los kurdos pueden jugar a las damas en paz. Una nube cubre el sol. Uno de los hombres se pone de pie y señalando al sur dice: “¡Uh! Viene tormenta desde Irak”. Hace algo más que hablar del clima. Frente a un extranjero, tal comentario equivale a una orgullosa declaración de independencia. Cerca, en el mástil de una escuela, un tricolor kurdo flamea habilitando el comentario.

Cambie U$S 10 a dinares iraquíes y salí a la ruta sin mas planes que avanzar hacia Erbil, la capital de la Región Autónoma del Kurdistán Iraquí, por las seguras rutas de montaña, armado de un mapa de Irak que con sus dibujos de camellos en los desiertos del este y sus dibujitos de pozos petrolíferos en el sur fue sin dudas pensado para interesar a un niño de primaria en las riquezas nacionales, y no para guiar a un foráneo en tiempos de Guerra civil. No tengo tampoco la menor idea de cual será la reacción de los locales ante el autostop.


Felizmente, la sorpresa frente a un extranjero hacienda dedo puede mas que la falta del habito, y en 2 minutos frena un impecable Chrysler Concorde. Me subo con cierto estupor: no es la clase de autos que uno esperaría de las rutas de un país que lleva 20 años entre conflictos internos y externos. A pesar de mis prejuicios, el auto promedio es un Opel Vectra modelo ’91. El conductor del Chrysler, cuya carrocería parece interminable, habla alemán fluido como consecuencia del exilio. Me deja en la ruta a Mosul, la que me ha sido explícitamente desaconsejada por la falta de seguridad. Me veo obligado a tomarla por 50 kilómetros. Entonces recordé las palabras de Domingo, el conserje del hotel donde trabajaba los veranos en Mar del Plata: “la vida es una milonga, y hay que saberla bailar”. No vine a Irak a tomar clases de baile, pero no me queda otra y en la autopista a Mosul extiendo el pulgar.


En 2 minutos otra vez, se detiene un comandante de la Peshmerga (policía) en su Mazda, y doy un suspiro: va derecho a Duhok, pequeña ciudad considerada segura de donde puedo retomar las rutas de montaña hacia Erbil. Aunque mi chofer es policía, en el camino los “pesh” nos detienen y examinan mi pasaporte antes de dejarme seguir. A la dificultad intrínseca de explicar que uno encuentra atractivo el panorama de hacer dedo en países al borde del colapso se suma la circunstancia de tener que explicarlo en árabe (canal por defecto al no hablar yo una palabra de kurdo).
En Duhok vuelvo a ser detenido por los “pesh” locales que, al no entender en absoluto mis intenciones de detener un auto mientras camino en vez de chartear un taxi desde el vamos, proponen la variante militar: un soldado con una Kalashnikov frena el primer auto, me sube, y se sube.

Viajo así con escolta armada hasta la aldea de Zawita, donde el muchacho de pardo paga el “pasaje” de los dos y se baja. Ya estoy en la ruta de montaña. La próxima persona en detenerse es un lieutenant de la Peshmerga. Una de dos: o las fuerzas de seguridad son excesivamente amables, o toda la población forma parte de ellas. (Con el tiempo me inclinaría a creer lo Segundo). Su nombre es Mehmet y viene hablando por auricular, pasando cambios y escuchando música electrónica. Con el complemento del paisaje alpino pensé por un momento que estábamos en le Tirol. El lieutenant tampoco parece saber bien donde estamos, y acaso condicionado por la historia se le escapa: “¿Y? ¿Es lindo Irak? Digo ¿Kurdistán?” Se ríe de si mismo mientras caen las primeras gotas del chaparrón anticipado en Zakho por los jugadores de damas.

Al llegar a una aldea llamada Barzan me aconseja pedir refugio en el “maker” del pueblo. No tenía la menor idea de lo que era un maker, pero seguí la dirección de su dedo índice como si fuera un sabueso de caza, en busca… en busca, bueno, de un maker. Ante la vista de la única instalación que parecía oficial golpee la puerta, que estaba abierta.

Dos hombres tomaban el te en la gran sala alfombrada solo interrumpida por el caño vertical de la calefacción. Se levantaron bruscamente al verme y, como si me hubieran estado esperando, me hicieron lugar para sumarme al ritual del te. Un estandarte del KDP (Partido Democrático de Kurdistán) cuelga del muro. Solo un día después entendería donde estaba, en el cuartel de los Peshmerga encargados de cuidar la tumba de Mustafa Barzani, líder de la resistencia kurda ante Saddam quien, como su apellido lo indica, procedía de la aldea de Barzan. Sin querer, y arrimado por un chubasco, había dado con la capital espiritual de Kurdistán, a juzgar por el centenar de vehículos embanderados que diariamente y desde todo el territorio peregrinan a hacer sus ofrendas frente al epitafio del guerrero.


Los pesh ejecutan una hospitalidad muda. No les interesa ni mi pasaporte ni mis intenciones, me brindan ayuda en virtud de que la necesitaba. Mientras cenamos, sentados en el suelo alrededor de una inmensa bandeja, la TV muestra videos caseros donde se ven columnas de pesh bajando de las montañas triunfalmente luego de la derrota de Saddam en 1991, a manos de las fuerzas internacionales. En el mes de marzo, en el que coinciden todas las fechas patrias kurdas (aniversario de la muerte de Barzani, de la declaración de la autonomía, etc.) tales imágenes son tan profusas que se diría que los pesh aun están bajando de sus escondites de altura. Asumiendo que cada guerrillero haya adquirido algo de sabiduría allá arriba como buen Zaratustra, no cabe duda de que estamos ante una futura nación de iluminados.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

3 Comentarios

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  • Decime, a qué no le hiciste dedo todavía? já.
    Eso de las cosquillas, lo comprendo… Lo que no comprendo es esa necesidad de mantenerse separados hasta matarse de esos pueblos…
    Qué símbolo ese perro que gruñia en la biblioteca, mientras nadie parecía querer acercarse a ese lugar…

  • Creo que hay montòn de adjetivos para tu pòetica nota iraquì ,pero apelando al saber popular opto por una intevenciòn notablemente literaria para el plano futbolìstico donada por el director tècnico “bambino ” Veira ante una jugada de “pizarròn” :
    “Belleza nene, belleza”
    2 Abrazos, Romàn

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