DE HOLANDA A RUMANIA CON UN EURO. (EL KARMA DE UN BILLETE)

Había viajado desde Gdansk, en Polonia, hasta Amsterdam con el sólo fin de recoger mi pasaporte italiano. Tres días de viaje sólo para llegar al consulado, garabatear un par de firmas y salir de vuelta a la ruta para retomar mi itinerario original, hacia Rumania. Para aliviar mis penas y agazajar mi segunda impredecible visita, mi amigo Stephen, el holandés con corazón celeste y blanco, me hizo solemne entrega de un mate (sin curar), una bombilla y aproximadamente 200 grms de yerba. Descentrado de mi ruta de manera tan brutal por una burocracia, igual de bárbara tenía que ser la reincorporación, con Holanda, Alemania, Polonia, Eslovaquia y Hungría por delante antes de llegar a Rumania. Y un billete de 5 euros en el bolsillo. Esta es también la historia y el karma cambiario de ese billete.

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Luego de un primer tramo de 40 kms, mis coordenadas se cruzaron con las de Arkadius. Arkadius era polaco, había comprado su van Hyundai usada en Bélgica, y regresaba a Lublin, en el Este de Polonia, a 1600 kms del surtidor de la Shell en que me acerqué, mapa en mano, a preguntarle adónde iba. Juntos dejamos atrás los Países Bajos, y haciendo noche en Braunshweig, Alemania, seguimos hasta Lublin. El asiento de la Hyundai apenas era reclinable, con lo que, en vez de entretener a mi conductor, como es deber de todo mochilero, pasé los primeros doscientos kilómetros de autopistas alemanas dando cabezasos como Palermo dentro del área.

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El viernes en Lublin cambié el billete de 5 en cuestión por dinero polaco, utilicé el equivalente a un euro en enviar por mail el artículo de la semana pasada, y reconvertí el resto en dinero eslovaco: media docena de poetas multicolores, cuya misión sería resistir el viaje a través de Eslovaquia y Hungría, como meteoritos burlando atmósferas. Eslovaquia me demoró un día. Sólo mencionaré como nota cómica que la única noche que acampé en suelo eslovaco lo hice en la cancha de fútbol de un pueblo, exactamente debajo del arco.
Llegué a Hungría antes de poder haber asimilado algo de Eslovaquia. Todo sea por dedicarle un mes a Rumania. En Hungría cambié a los poetas eslovacos por dos estoicos reyes magyares, con valor nominal de 700 florines. Un viejo Trabant que en su techo transportaba una caja con dos perros me dejó 10 kms antes de la frontera, en un cruce secundario. Por la ruta pasaban algunos carros tirados por caballos, sus jinetes vestidos de gala.

Con la última luz de ese Domingo llegué a la frontera, caminé respetuoso esa tierra de nadie entre las aduanas de ambos países y recibí un sello en mi pasaporte. Estaba en Rumania, el país de Drácula y Nadia Comaneci. Allí mismo cambié a los reyes magyares por dinero rumano. Lo había conseguido: sólo uno de los cinco euros gastados en cuatro días de viaje. Los billetes locales honraban al poeta nacional Eminescu, quien parecía avergonzado de la cantidad de ceros impresos en el papel. El billete más chico era de 10 mil, aunque estos se mezclaban con otros nuevos a los que le habían quitado cuatro ceros. Anda Alfonsín por acá? El primer rumano con el que hablo es un vendedor ambulante. Cada uno en su idioma nos entendemos, no hay necesidad de traducir. El rumano es una lengua latina, incluso más cercana al latín clásico que el italiano mismo. El idioma llegó aquí con las legiones romanas que incorporaron la zona al Imperio, con el nombre de Dacia. El dictador Ceausescu, en un intento de negar los orígenes latinos de Rumania, alteró la ortografía, haciendola más eslava, pero con la revolución del ’89 se volvió a las formas originales.

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En la estación de servicio de la frontera, una mujer húngara está tan alarmada de que pretendo seguir por Rumania a dedo que se ofrece a llevarme consigo a Hungría y pagarme un hotel. Todos parecen estar seguros de que me desvalijarán en el primer pueblo, y logran infundirme algo de miedo. Cuando encuentro un camión que accede a llevarme ya es de noche. Como no quiero llegar de noche a una ciudad le pido que frene en el primer pueblo que aparezca. Accede, adviertiéndome antes que una pandilla de gitanos me comerá vivo. En el pueblo, que parece estar hecho de ladridos y de Dacias destartalados, no hay casas iluminadas. La única luz es la de un restaurant al paso. Cuando digo que soy de Argentina, Ion, el duenio se sienta a tomar cerveza conmigo. En ese momento entra un policía de frontera al que yo le había preguntado dónde podía acampar “al naturale”, y cruza palabras con Ion. Al cabo de la conversación Ion dice que ni piense en acampar, que soy invitado en su casa. El policía de frontera le manda saludos a Andrea del Boca y se retira.

Cuando al otro día salí a la ruta rumbo a Oradea, aún no sabía que esperar de la gente. Se comenta que en la ruta nadie te lleva si no pagás una cuota del combustible. Diez minutos más tarde estaba sentado en el auto de Alin, un jóven gerente de ventas que me lleva a Oradea y me consigue una habitación gratis en el hotel del que es cliente habitual. Se trata un hotel sindical que ofrece tratamiento contra el reumatismo y es favorito entre pensionados del estado, antiguos funcionarios de la burocracia de Ceausescu. Antes de irse me da dinero en efectivo y teléfonos de varios amigos en el resto del país, y me encomienda a Cristian, un estudiante que atiende un café fuera del hotel. Tiene órdenes de brindarme toda la asistencia y las cervezas necesarias durante mi estadía. Maniana salgo rumbo a Cluj Napoca, capital de Transilvania.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

4 Comentarios

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  • Ningun gitano me ha comido en casi 7 meses en Rumania… =) Por eso creo que el ultimo parrafo es lo mas representativo de la hospitalidad rumana…
    Cayendo en la inspiracion que producen tus palabras…
    Abrazos desde Godinesti, un pequeno pueblo rumano cerca de las tierras de Constantin Brancusi.

  • Holaaa, en mi opinion tendrias que haber estado un mes en Hungria, mi abuela hubiera estado encantada de hacerte un tour por todo Budapest. Es un pais que enamora. Las fronteras de Rumania pegadas a Hungria, existen miles de pobladores hungaros que fueron obligados a pertenecer a Rumania con el pacto de Trianon 1920, pero que su corazon y sus raices fueron y seguiran siendo Hungaras. Hay una historia bastante turbia en el roce entre estos paises y larga de explicar… saludos!! y muy buen blogg

    • Hola Catalina, esta historia en la que comentaste es bastante vieja…. jejej Hace poco volví de otro viaje a Rumania, y justamente recorri Transilvania y las zonas húngaras. He subido un post de Brasov, y en estos dias subo otro sobre la zona Szekely que incluye una denuncia contra una empresa maderera que está deforestando media Transilvania. Y de acuerdo contigo en cuanto a la injusticia de Trianon! Abrazo!

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