1 al 6 de Septiembre de 2005. De Gdansk a Amsterdam por un pasaporte. La gente de Pniewo me declara un waiza. Llegada a Holanda (otra vez)

La semana comenzó en la antigua ciudad de Gdansk. Allí me esperaban Kinga y Chopin, una pareja local que durante 5 anios dio una vuelta al mundo a dedo. Naturalmente fui todo oídos. Afuera, Gdansk. La ciudad tiene razgos comunes a otras ciudades hanseáticas, como Amsterdam o Lubeck, y al igual que en estas se observan las lujosas sedes de las logias comerciales de la época, verdaderas hermandades de yuppies solteros mercantilistas, alma mater del ‘pizza y champagne’. Que eran solteros se nota, por el estado de alerta sexual del león de piedra que sostiene el escudo de la ciudad. Como mis anfitriones se iban de vacaciones (Chopin tenía una semana de licensia del centro de estudios tibetanos en el que vive cerca de Varsovia), pasé a la casa de Michal.
Michal tiene 30 anios y es programador. Pertenece a la nueva clase de jóvenes profesionales que aún tiene recuerdos del comunismo. La segunda noche de mi estadía coincidió con el nacimiento del hijo de un amigo de Michal, y así me ví invitado a un tradicional evento polaco: la “fiesta del ombligo”, es decir, mientras la madre padece en el hospital, el padre y sus amigos diezman las provisiones de vodka de la casa. Los amigos de Michal encontraban escandaloso, antes de la caída del muro, que para hacerse de un televisor había que hacer cola durante todo un día para presentar ciertos cupones, y pasar a retirar el aparato en un mes. Ahora todo ha cambiado: no les piden cupones sino dinero, cosa que medio Polonia aún no sabe de qué se trata, acaso el fruto de un árbol que crece en Londres.
Con mi pasaporte italiano esperándome en Amsterdam, y mi contacto en Amsterdam de vacaciones en Italia, no me quedó otra que hacerme una ‘escapada’ de mil kilómetros. El primer día de viaje un pueblo, Pniewo, me tentó desde la ventanilla, y decidí quedarme. Cada casa que se sucedía al costado de la ruta parecía tener una granja detrás, ya sea funcionante o en ruinas. Los pueblos en Europa del Este tienen un realismo del que los pueblos occidentales carecen. Hasta en el más rural de los enclaves de Holanda las casas parecen de muniecas, la prolijidad da nauseas, la perfección aturde, la gente riega sus jardines y apenas mira al vecino. En Pniewo la cosa era distinta. Entré a una panadería ante la atenta mirada de 5 parroquianos que se emborrachaban fuera, senialé un pedazo de pan (al no poder nombrarlo) y mostré la moneda de 20 centavos que me quedaba (había cambiado mis zlotys restantes a euros). El hombre se rió, evidentemente no alcanzaba, pero me dio el pan lo mismo. Agradecí en ruso y salí. En una casa cuatro hombres dentro de un auto discuten sobre la mejor manera de arreglar un estereo. En un pueblo tan pequenio un estereo descompuesto brinda más que motivos para socializar. Las mujeres, fuera del coche, tomaban té y conversaban. Es momento de sacar mi tacita mágica. Pronto estaba sentado en una reposera tomando té bajo un peral. Las peras caían irregularmente, como un caprichoso segundero. Reparado el estereo comienza la charla: “cómo que no trabajás? Qué opinan tus padres?” En los países donde la subsistencia es dura el concepto de vagabundear de manera profesional no toma raíces facilmente. Me declararon waisa que Dios sabe lo que significa en polaco y a la maniana siguiente me dejaron seguir.
En la frontera alemana me demoraron diez minutos. El guardia, que nunca había visto un pasaporte con huellas digitales, finalmente se acerco y riendo me dijo: “tan gordo es tu dedo…?” a la vez que me entregaba el pasaporte con un nuevo sello. Viniendo de las rutas polacas, el reencuentro con las autobahn (autopistas) alemanas fue un shock, por lo que decidí avanzar un poco por rutas normales. Un auto se detiene, del espejo cuelga un atrapasuenios (es del palo…) El conductor se llama Stephen y es granjero. Me invita a pasar la noche con su familia. En cinco minutos estamos entrando en sus tierras en el pueblo de Schmolln. Su casa difiere de la de un granjero de libro de texto, es un antiguo establo transformado en loft de dos pisos. Su esposa Inga prepara la cena mientras dos nenan (Luna y Billie) pintan temperas en una mesita a su altura. Por la televisión veo por primera vez imágenes de la catástrofe en New Orleans, la gente mata por un vaso de agua parece. Sólo se precisa una tormenta y las bases de la civilización bien gracias. Inga sugiere que es la naturaleza humana y que sería igual en cualquier parte. Disiento, les cuento que hace unos anios todo Santa Fe quedó bajo el agua y nadie salió a matar a su vecino. Aunque entiendo que retirada la pantalla del consumo, el ciudadano promedio de una gran ciudad americana reoriente sus instintos de competencia hacia la agresión. Sale el tema de la felicidad. Qué nos hace felices? Nuestra familia? El último Mercedes? Stephen cuenta que en tiempos de la DDR la gente era mucho más amistosa, se saludaban por la calle. Recuerdo a los jóvenes profesionales de Gdansk, tan indignados por esperar un mes por un televisor. Esta es la otra campana.
Ya en Holanda encontré en el suelo un celular con crédito. Llamo a mi amigo. Ha regresado prematuramente de sus vacaciones, me espera en su casa de Delft, cerca de Amsterdam. Las cervezas están en la heladera, hora de terminar este artículo.


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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

Un comentarios

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  • Che, me imagino que “waisa” es lo que yo escribiría “łajza” en polaco. Y significa más o menos croto, fiaca, atorrante, algo por el estilo. Saludos desde Polonia.

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