4ta semana de julio 2005. Persiguiendo a los hippies por el ártico: encuentro Ting-Rainbow en Dividalen.





Hace 7 días que vivo un larguísimo día al que sólo mi reloj biológico fragmenta en períodos de vigilia y de suenio. Es verano en el norte de Noruega, el sol brilla a medianoche, y las doce y cinco ya es el amanecer… Dos noches permanecí en Bodo en casa de Mohamed y Josefina, dos músicos locales. Bodo en sí es espantosa pobrecita, parece un INIDEP gigante, pero por eso mismo me cae simpática (mi hermana Fernanda es bióloga en el INIDEP) y toda esa madeja de instalaciones portuarias le da al pueblo una atmósfera decididamente ártica. Cuando el periodista de un diario local me preguntó si me gustaba la ciudad pensé en una torta de chocolate y dije que sí con la cabeza.
Aunque tenía que moverme (aún estaba a más de 450 kms del encuentro hippie al que me dirigía) el segundo auto que se detuvo por mí a la salida de Bodo era el de 4 noruegos con oferta firme de ir a caminar sobre un glaciar que yacía dentro de una cueva, y no me pude resistir. Esa noche claro está no llegue muy lejos y acampé al costado del camino.
Al otro día pude ver los primeros efectos de la nota con mi foto en el diario de Bodo: primero un auto se detuvo al reconocerme y luego, cuando la E6, la ruta que costea Noruega de sur a norte, se interrumpe y hay que pagar un breve ferry, la nota fue vital para negociar un pasaje gratuito. Viajar por la E6 me pone nostálgico: calzada angosta pero prolija, lagos y fiordos, montanias con las últimas nieves, pueblos espaciados y poco tránsito, todo indica una gemela nórdica de la ruta 40! Cuando camino a Narvik viajé por primera vez en 3 meses en la caja de una chata el parecido se hizo insoportable. Lastima que los precios no acompanien el reflejo…
Narvik, otro puerto gris y desalineado incrustado en un fiordo de belleza dramática, era la guarida ártica de los grandes acorazados nazis durante la última guerra mundial. Allí, fiel a mi nueva política de gasto cero, canjé alojamiento por publicidad en el hostel donde dormí. La diplomacia puede maquillar un acto de mendicidad de manera tan efectiva que éste parece una propuesta en la que la oportunidad es de la otra persona.
El encuentro de la familia Rainbow quedaba al final de un valle llamado Dividalen, en territorio sami. Los samis son los últimos indígenas europeos. Viven de la cría de renos pero viven al día, con celular y Volvo. Mi primera impresión al llegar fue que había dado con una tribu perdida (acaso samis distraídos que no se enteraron del Volvo). Dos docenas de personas conversaban alrededor de un fuego, alrededor hay varias carpas como las de los indios norteamericanos. Al verme me gritan “Bienvenido a casa!”. Fue preciso un segundo golpe de vista para ver que esos hombres y mujeres pertenecían a mi época y cultura, tal vez porque su estética reflejaba sus esfuerzos por vivir en una cultura diferente. Casi todos andaban descalzos, gran parte se han dejado rastas, otros llevan la barba larga. Son Jóvenes, son madres con hijos, son hombres mayores. Son europeos, son japoneses, son sudamericanos. Todos parecen excesivamente cultos y conscientes. Toda esta gente cree que en algún lugar tomamos la curva equivocada y que hay que trocar las grandes ciudades por pequenias comunidades autosuficientes. Se consideran una familia y llaman al mundo exterior “Babilonia”.
Me había puesto a charlar con un islandés que sotenía que todos los problemas del mundo partían de la sociedad patriarcal cuando llegó otro nuevo, un americano rubio cuya gorra graciosamente adornaba con una pluma. Dejó la mochila en el suelo y abrazó a tres de nosotros de un saque como si fuéramos sus hijos. Tardó media hora en saludar porque el abrazo no perdía intensidad al dar la vuelta a la ronda. En general hay una amabilidad que nosotros los babilónicos perdimos hace ratazo: cualquier cruce de miradas es excusa para anchas y cuasi idióticas sonrisas. Otros se van, tres suecos de larguísma barba rubia saludan y parten hacia su país a pie (3 días).
Dado un momento nos mudamos hacia otro fogón junto al río. Allí un rumano al saberme argentino hace un agradable comentario sobre Borges. Devuelvo el gesto con un cumplido a Cioran. En el grupo, en que predominan los escandinavos, muchos pasaron meses en Latinoamerica y dominan el espaniol. Es agradable ver a suecos, italianos y yankees usar por momentos el espaniol como canal común. Al cabo del primer día mi conclusión es que si Chrsitiania me había parecido un sitio revolucionario, la Familia del Arco Iris era sin duda la legión extranjera encargada de propagarla. Me voy a dormir, justo en el momento en que otros se levantan, la ausencia de noche hace que cada uno calcule sus días siguiendo calendarios personales.
La “familia”, como todo grupo humano, tienen sus ritos. Al otro día, a la hora del almuerzo, todos hicimos una gigantesca ronda, llamada “ronda de comida”, tomados de las manos cantamos: “Estamos todos juntos, esto es familia, esto es unidad, esto es celebración”. Es la manera de agradecer a la naturaleza por lo que vamos a comer: polenta con manzana y pasas de uva. No se toma alcohol.
Esa noche me tocó integrar un “círculo de visión” en el que uno de los “hermanos” anunció la visión de un gran encuentro en las montanias Altai, en el límite entre China, Kazakistán y Mongolia. Las visiones de futuros encuentros se ratifican por consenso absoluto en encuentros precedentes. Las personas hablan de a una, cuando se les da el “palo del habla”, y al pasarlo dan la palabra a su vecino. La yankee melancólica termina hablando de nomadismo y Flavio el portugués pide que por favor focalicemos en la visión, justo cuando le toca el palo al francés del turbante que acaba de llegar, se sienta, posa el palo en su frente, y nos cuenta a todos que visualiza un águila amarilla Flavio pide por favor que todos dejemos nuestras águilas afuera… Toda esa tarde se habló de Altai, de las visas, de un camión que la “familia” tiene en Marruecos y que se podría habilitar para el viaje. Miki el israelí y yo opinamos lo mismo, pongamos el énfasis en comunidades sustentables, los encuentros aunque necesarios, son picnics en la naturaleza que no cambiarán el mundo.
El último día amaneció (es una metáfora, es siempre de día) con una sorpresa. No era el único argentino. Candelaria está viajando desde 1989, ella tiene 41, su nena, Paula, que nació en Costa Rica, tiene 5 y hasta habla un poco de inglés. “Ví asumir a Menem por televisíón y me fui a sacr el pasaje” me cuenta. Uno en la ciudad se cruza a la gente que nunca viajó o a los que lo hicieron pero regresaron (que son en definitiva los que lo inspiran a uno). Solo en el camino aparecen los que hicieron del camino una patria. Cande me pasa un mate (el más septentrional de la historia acaso) y me cuenta de una familia amiga que jamás mandó a su hijo al colegio porque nunca dejaron de viajar. Pienso en Concertino, el alemán que recorre el mundo hace 25 anios con su bandoneón y su hamaca, a quien también conocí aquí. En fin, me voy a dormir, algunas revelaciones pueden ser peligrosas…

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

Un comentarios

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  • Es grandioso enterarse que hay aún magia en el mundo con lugares como los que describes, al leerte me evocan novelas como la de tokyo ya no nos quiere, aquí los viajes son reales, tan reales que son así: surrealistas…

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