25 al 31 de Agosto de 2005. Pontificio en Vilnius. Salvado por la gran gente de Uzupis. La taza de te y sus increíbles consecuencias.

Ya tenía bien aprendido que el viaje es una constante dislocación de las expectativas cuando el destino propuso un memorandum. Vladas, mi anfitrión, fundador del Club de Autostop de Vilnius, me puso de patitas en la calle por tocar el timbre a las 2 am, de regreso de un recital de jazz al que me había invitado Sigita, una amiga lituana. “Esto no es un hotel” – dijo enfurecido el encargado del departamento de internet de Telecom Lituania, mochilero en sus ratos libres. Así me reencontré con Vilnius de una nueva manera: desamparado, homeless, pontificio (esa palabra debería referir a aquel que termina durmiendo bajo el puente, pero el clero la tomó para otros fines sin consultar a nuestro gremio). Siempre me preguntaré por qué el puente es un ícono privilegiado de la austeridad. (En Argentina uno piensa primero en una YPF) En Vilnius, luego de comprobar que el celular de Sigita se había esfumado del universo, heché a caminar por el centro. Debajo de la torre de la catedral, punto de referencia de toda cita, mucha gente esperaba a otra gente. La alegría de los que encontraban contrastaba con la desilusión de los “plantados”. A mi ese día no me esperaba nadie, y caminé hacia Uzupis, el barrio bohemio, el San Telmo báltico. Si un milagro iba a suceder iba a suceder allí.
Creo que queda claro en mis relatos que los ‘rastas’ son mi tribu protectora por excelencia. En Vilnius confirmaron su estatus. Pronto estaba rodeado de media docena de nuevos amigos. Todos fumaban cigarrillos rusos de 7 centavos de euro el paquete. Qué delicadeza. Lina y su novio Pukalas me invitaron a su casa. Ona, una amiga de Lina, me hace la pregunta más específica que jamas me hicieron en el extranjero sobre la cultura argentina: qué es el chupacabras? Apenas puedo responder. A la maniana siguiente me despedí de los chicos y me apersoné en la Embajada Italiana que de una llamada solucionó todos mis problemas al ordenar a la Embajada en Amsterdam que emita mi pasaporte al margen de la respuesta de Mar del Plata.
Salí a la ruta con el plan de ir a Gdansk, Polonia, en la costa báltica. Para ello tenía que bordear y esquivar Kaliningrado, una provincia rusa en medio de la costa báltica, resabio de la última guerra, que es a Rusia lo que Guayana Francesa es a Francia. En Vilnius había 4 personas más haciendo dedo, una de las cuales emitía seniales tan desesperadas que parecía estar ayudando a aterrizar algun avión invisible. Me dio verguenza ajena y me alejé dos kilómetros por el borde de la autopista. En una estación de servicios le pregunté direcciones a un pibe que manejaba una Yamaha YZF600. Nathaniel hablaba perfecto inglés porque vivía en Dublin. El habernos ambos exiliado en Irlanda nos hermanó, y accedió a llevarme 100 kms hasta Kaunas en la moto. El “exilio laboral” de la población lituana lleva a estas situaciones, casi todos mis conductores hablan algun idioma extranjero, en una notable ocasión portugués. Pero ese día iba a conocer a una persona para quien el exilio había tomda una forma distinta…
Es de noche, y decido estacionarme en el primer pueblo que encuentro. Allí, utilizo la tactica de la “taza” para hacer contacto. Busco una casa cuyos moradores estén fuera y me acerco a pedir una tacita de té. La jugada funciona: soy invitado a unirme a la fiesta de cumpleanios de Saulius, el jefe de familia. Un fuego humea en el parque al lado de una mesa con sandwiches y botellas de vodka. Pero esa familia festejaba otra cosa: Saulius es soldado profesional y regresó hace tres días de Basora, Irak, luego de una estadía de 6 meses. Sin un rasgunio luego de haber cumplido infinidad de misiones de remosión de minas junto a la legión danesa, su familia tiene motivos para festejar. Pero no todo es algarabía, Saulius me muestra su tatuaje, un dragón con trece crestas, una por cada companiero danés muerto en combate. Los lituanos, anti-estadísticamente, no han sufrido bajas en el conflicto. Brindamos, yo estoy contento de que mis expectativas se hayan dislocado nuevamente, esperaba acampar bajo un árbol y encontré en cambio un cumpleanios. Para Saulius, un invitado que llega caminando desde la ruta y hablando inglés, un idioma para él tan ligado a su peculiar experiencia en el extranjero, también tiene sentido.
Crucé la frontera polaca sin inconvenientes: atrás quedó la monotonía lituana de monoblocks rurales de la era soviética. Llegué a Gdansk en dos tramos, primero un exportador de agroquímicos y luego un trompetista apresurado a tocar en la fiesta del 25 aniversario del movimiento “Solidaridad”, iniciado aquí por Lech Walesa, premio Nobel de la paz. Gdansk tiene un orgulloso pasado de prosperidad y autonomía, de hecho fue “ciudad libre” con fondo de colosos como Prusia y Polonia. Fue ciudad hanseática, se dió el triste lujo de detonar la Segunda Guerra, y el tupé de comenzar a cicatrizar sus consecuencias, cuando Walesa pataleó en los astilleros de la ciudad y los rusos le permitieron organizar el primer sindicato libre. Por mi cuenta, toqué el portero adecuado, Kinga y Chopin me esperaban.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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