3er semana de Julio de 2005. Los tres Thors en la E-6. Sol de medianoche en Bodo.



Costó alejarse de Christiania, en Dinamarca, pero finalmente seguí con mi idea original de dar la vuelta a Escandinavia en sentido horario pasando por Nordkapp, el punto más septentrional del continente, tierra de esquimales y turistas alemanes con casa rodante. A pesar de esto, Nordkapp pasó a segundo plano desde el momento en que en Christiania alguien dijo que la Rainbow Familiy se estaba reuniendo en algun sitio cercano a Oslo. La “Familia del Arco Iris” es una organización que desde la década del 60’ reune a personas en todo el mundo bajo las consignas de paz y conexión con la naturaleza. Las coordenadas exactas del evento son desconocidas, al parecer los organizadores confían en que Freia (la Pachamama nórdica) guíe a los interesados, y si no llegás es porque simplemente no debías estar allí. Sólo se sabe que la reunión dura todo Julio y que es en realidad una continuación de la milenaria tradición nórdica del Ting, o asambleas populares de tiempos paganos anteriores al corralito. Y hacia allí dirigí mi intención aún antes que mis pasos.
La entrada en Suecia fue en el auto de un exportador afgano que me dio su teléfono en Kabul. A continuación, y en el mismo día, viaje en el auto de un peruano, en el de una mujer de Estonia y en el de un palestino, lo que me llevó a pensar que no debía esperar mucho de los suecos en términos de hospitalidad. Esto, sumado a precios que invitan al ascetismo (U$S20 una pizza) tinieron de pesimismo el primer día, en que llegué hasta Helsingborg luego de haber soportado esperas de casi 3 horas en la ruta. Allí acampé en un concurrido parque frente al mar. En Escandinavia todo el territorio nacional es considerado camping libre, por lo que cuando consulté con la policía, incrédulo yo, se rieron, me dijeron que sí, y me desearon una feliz estadía en Suecia.
A la maniana siguiente salí rumbo a Gotenburgo. Allí me esperaba Gunilda, quien se fue de viaje y me dejó el depto por dos días, con internet y heladera llena, una estabilidad que ya se me había olvidado. Aún obnubilado por Christiania, poco me interesé por la ciudad, que me pareció más bien mediocre, limitándome a pasear un poco por el puerto.
En Gotenburgo me enteré por un foro que los hippies no se reunían cerca de Oslo, sino 2000 kms más al norte, en un paraje perdido sobre el Círculo Polar Artico, y tomé la decisión de ir de una carrera, haciendo caso omiso a visitas turísticas más obvias. Intento hacer de este viaje una oda al movimiento más que un rosario de postales. Decidí dejarme guiar más por la intuición que por la Lonely Planet. Además tomé la decisión de no gastar más dinero: con estos precios me declaro en huelga, no gastaré dinero que no haya ganado primero. Y así comencé a ofrecer “La Armonía del Caos”, mi libro, a los conductores que se detenían…
Confiando en la providencia partí hacia Oslo, con cero coronas noruegas. En el camino me frenó primero un autobus que me llevó gratis 90 kms, luego un hombre que compró mi libro en U$S10 y un artista vanguardista que vivía en Frederikstad en un viejo camión militar ruso y que me invitó una pizza, y por últrimo un turco que me dejó en la terminal y me dio monedas para llamarlo si no encontraba a mi anfitriona. Pasé una sola noche en casa de Liga, quien trabaja intentando convencer a los noruegos de entrar en la UE. Le dije que mejor los convenza de hablarse los unos a los otros, antes de que se extingan (son sólo 4 millones, con un promedio de U$S50mil en el banco por cabeza).
En Oslo comencé mi periplo al Círculo Polar Artico. Inmensos bosques de coníferas cubren todo el territorio, pronto también aparecen montanias cuyas moderadas cimas aún retienen nieve. Al costado del camino seniales advierten de la presencia de alces, esos gigantescos cérvidos de hermosa cornamenta que diambulan por todo el Artico. En Fagernas me frenó un hombre que se llamaba Tor, el nombre del dios vikingo del trueno. Tor me preguntó a dónde iba. “Lo más al norte posible” –respondí-. El iba a Bodo, en el extremo norte. Viajamos juntos unos 1000 kms y qué mejor guía de Noruega que el mismo Tor! En Dombas hicimos noche en un hotel que no me cobró a cambio de publicidad en mi página web.
Una hora después de haber cruzado el Círculo Polar llegamos a Bodo, un puerto industrial en un inmenso fiordo. Me esperaba Mohamed, un músico noruego que había conocido en Christiania. Con él y Josefina (la cantante de la banda) fuimos a ver el sol de medianoche. Llegamos a un hermoso acantilado a las 23:45, el sol bajó hasta la línea del horizonte, amagó a ocultarse y a media zambullida comenzó a subir nuevamente. “Buen día. –me dice Mohamed-. Hasta septiembre no anochecerá. Bienvenido al norte del planeta” y a continuación me preguntó si sabía que el clip (ganchito) era un invento noruego. Haré noche en Bodo, necesito lavar ropa, escribir esta nota y prepararme para marchar al norte del norte.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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