1era y 2da semanas de Junio de 2005. Milán: trenes y adioses.


Las últimas dos semanas trascurrieron en Milán, Italia, adonde llegamos en 48 horas desde Calais, Francia, donde nuestro equipo de camping había sido robado. Milán proveyó, por lo tanto, la tranquilidad para reorganizarnos, evaluar danios, y rearmar nuestro equipo antes de seguir viaje. Fue también, como se verá luego, un lapso para tomer decisiones importantes.

Cuando nos bajamos del 4×4 que nos había llevado a Milán desde Locarno en Suiza fuimos recibidos por mi hermana Verónica y mi cuniado Horacio. Hacía 4 anios que no los veía. La situación era particular, mi hermana espera un barón para la tercer semana de junio, que se llamará Jeremías, y en las ecografías aparece, según mi hermana, chupándose el dedo, aunque yo sugiero que tal vez esté haciendo dedo, confirmando que sale a su tío. Así, cada vez que mi hermana decía “a”, todos nos parábamos de un salto, prontos a salir corriendo al hospital.

Al mediodía siguiente, luego de dormir el suenio acumulado, salimos a recorrer la ciudad. donde había vivido  en 1993 durante todo un anio de mi adolescencia, con lo que la ciudad, más allá de sus fechas y construcciones famosas, se encontraba incorporada en mí de una manera más quintaesencial, como si fuese una orquidea particular identificable por cierto aroma. Así,al pensar en Milán mi mente evoca sus viejos tranvías naranjas levantando chispa entre altos palazzi de fin del siglo y un calor abrasivo. Eso, calor y tranvías.

Para quien prefiere puntos de referencia más convencionales, no tardamos en llegar al famoso Duomo, una catedral gótica cuya construcción demoró 700 anios. No es sorpresa entonces que sea la catedral en ese estilo más grande del mundo. Napoleón se coronó en ella rey de Italia en 1802. Cruzando la plaza del Dumo entre millones de palomas que deben haber molestado también a Napoleón se llega a la famosa Galería Vittorio Emmanuele, buen lugar para tomar los cafés más caros de la historia o probarse ropa de modestos diseniadores como Gucci.

Milán se puede jactar tranquila de lucir la arquitectura que le legaron el genio o la megalomanía de hombres famosos de la historia. La Stazione Centrale (ferroviaria) fue construida a pedido de Mussolini, y si uno mira atento, por sobre el cardumen de japoneses, los detalles del inmenso bloque de marmol que es la estación, encontrará aún el fascio (hachita para los del barrio) y al lado el número romano IX. Eso es 1931, o anio 9 de la era Mussoilini. Modesto el flaco.

Del otro lado de la ciudad nos encontramos con el Naviglio, una red de canales que unen a Milán con Pavía, e indirectamente con el mar, desde el siglo XII. La red fue mejorada y extendida siguiendo los planes de Leonardo Da Vinci, que entre otras cosas embelleció la ciudad con el mural de doce hombres prontos a una cena que, dicen, constó sólo de pan. Hoy la gastronomía italiana mejoró, tanto que los escultores y pintores que han tenido sus bodegas de arte en el Naviglio por siglos, se ven hoy amenazados por pizzerías y heladerías. Los duenios de sus locales no quieren renovarles sus contratos ya que reciben más altas ofertas de emprendedores que suenian con su café paquete junto al río. Así, la funcionalidad económica y los intereses inmobiliarios amenazan con cancelar el arte justo allí donde este debería germinar con más fuerza, cerca del Naviglio de Leonardo. Como protesta, los artistas del Naviglio organizan cantatas a capella allí en el boulevard que además tienen un tono político: cantan en dialecto milanés. Cuando les conté que escribía para un centenario diario argentino se acercaron y tirarles la lengua no fue difícil: confesaron su simpatía por la Lega Lombarda, un partido conservador regionalista, y su antipatía por los vendedores ambulantes senegaleses que venden sin pagar impuestos justo afuera de sus locales. Los pintores y anticuarios estaban tan contentos de algunos comentarios hechos al aire (habia legado una radio) por mi que nos invitaron a una tallarinada en uno de los estudios. (foto)


Pasando a otras regiones del arte, Milán también es sede del Centro Sociale más grande de Italia: el Centro Leoncavallo, ubicado en una fábrica ocupada. Un centro social fomenta el arte pero tambien está comprometido con toda una serie de cuestiones. Qué sorpresa que aquí también la cosa huela a mudanza. Pasamos una  noche  y entre batucadas los dirigentes nos contaban que se tenían que ir de allí, y que era la segunda vez que los corrían. Y no es que la fábrica quiera volver a abrir sus puertas.Como resumen del espíritu del lugar basta con decir que pedimos una botella de vino cuya etiqueta callaba sobre toda procedencia, cepa o cosecha, y en cambio conmemoraba no se qué marcha de la década del setenta con detalle del número de reprimidos.

¿Pero qué opinan los italianos de Italia? Viniendo desde el norte de Europa la palabra crisis produce un sobresalto. Y desde cuando? Todos coinciden: desde el inicio de la era Berlusconi. Pero también se lo responsabiliza al euro, aunque no tanto por culpa de la pobre monedita bimetálica, sino más bien por la insana manera de las empresas italianas en reconvertir los precios. Cuando la semana pasada Francia vetó la Constitución Europea la Lega Lombarda salió a proponer panfletariamente el regreso a la lira. La propuesta produjo más que el empedernido festejo de miles de ancianas bolsa de pan en mano (que por otro lado hasta el día de hoy no entienden cuánto es un euro), sino que dejó a los italianos meditabundos, cosa empeorada por un pálido empate de los azzurri con Serbia (yo festejé en cambio el 3 a 1 de los nuestros). Al menos los de Milán tuvieron una alegría sobre el fin de la semana, cuando Clementina, una muchacha milanesa que hacía voluntariado en Kabúl, fue liberada.  Mañana salgo rumbo a Alemania.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

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