¿SE PUEDE VIAJAR A DEDO EN EUROPA? ESTA CRÓNICA RESPONDE..





Nunca me gustó viajar apurado. Soy, de hecho, de los que se quedan tres meses en un país recorriendo sus pueblos y aldeas, o colgando en alguna playa. Pero hubo una vez, en que debí cruzar todo Europa en dos días. Fue un viaje del que no me enorgullezco, pero me dio la oportunidad de probar que, si uno quiere, puede viajar por Europa en autostop como un rayo. Si están por irse a Europa de mochileros y todavía tienen dudas de cómo funciona el dedo allá, lean…

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El ferry nos dejó en Calais. ¡Estamos en Francia! Para nuestra sorpresa, el puesto de la Policía de Frontera francesa estaba vacío, lo que demuestra que los policías franceses son lo suficientemente sensibles a la hora del almuerzo como para olvidar sus compromisos con la paranoia europea. Es tarde para seguir viaje hacia el sur. En una gigante parada de camiones Elf preguntamos a algunos camioneros pero todos están en plan de dormir. Conocemos a una pareja de Etiopía que intenta cruzar a Inglaterra sin pasaportes. Sabemos de lo imposible de su empresa, pero están decididos a intentarlo a cualquier costo y no tenemos el valor de decirles que a nuestro juicio no lo lograrán. Pasamos la noche en un camión con patente de Chipre, que había prometido llevarnos al día siguiente hasta Venecia.


                            La conductora nos dejó en la entrada del Ferry en Dover.


                        Iban arriba del ferry. ¡Quiero recorrer Europa en uno de esos!

Por la mañana comprobamos enmudecidos que la mitad de nuestro equipo de camping ha desaparecido de nuestras mochilas que estaban en el acoplado. Carpa, bolsas de dormir, cocina, cocina MSR y la lista sigue. Es decir, no tenemos más donde dormir, como se dice en Argentina: ¡estamos en bolas! 

Todavía a bordo del camión chipriota, la posibilidad de estar viajando con nuestro victimario se vuelve insoportable. Pedimos bajarnos en la próxima estación de servicio. Es mediodía y el sol castiga, estamos en algún lugar de Bélgica, no sabemos dónde, sin equipo de camping y a más de mil kilómetros de Milán. Es el comienzo de una maratón rutera contra el reloj. Como barco que averiado por el fuego enemigo busca el resguardo de un puerto, así salimos para Milán. En algún sitio tendríamos que hacer noche, ya veríamos como arreglarnos. Tres anios antes, había olvidado la carpa en la caja de una camioneta en un viaje por los Valles Calchaquíes, y aun así había encontrado siempre un techo, más aún, el incidente fue la llave a una serie de vivencia que hicieron que de allí en más agradeciera la pérdida de la carpa. Claro que si un día nada funcionaba Humahuaca era más barata que Frankfurt para alojarse…



Con ese panorama nos propusimos un viaje técnico, es decir, pusimos la prioridad en tomar la rápidez y no en el valor paisajístico de la ruta a tomar. Bélgica duró lo que un cubo de hielo en fernet tibio. La hospitalidad belga merece mención: una mujer llamó a toda su agenda en busca de una carpa de más. Alrededor de las 5 de la tarde estábamos en Colonia, Alemania, gracias al Ford Mondeo de un militar belga que durante la guerra fría se dedicaba a arreglar bombas atómicas. Nos movemos rápido, en las “autobahn” alemanas no hay límite de velocidad. Un inspector de policía en un BMW nos llevó a 210 km/h a Montabauer, donde está la estación del tren rápido ICE, y allí un hombre en una Land Rover que se definió como un doctor del alma nos adelantó hasta Limburg. El hombre venía de escuchar en Montabauer una conferencia de una indígena argentina que aseguraba poder ver el futuro.



Cuando Limburg apareció con su tremenda catedral gótica reinando sobre el valle del río Lahn supimos que nos merecíamos, en medio al stress del día, elegir un sitio bello donde pasar la noche. Estábamos en Hesse, una de las 16 “landers” en que se divide Alemania. Hesse fue siempre famosa por exportar mercenarios a otros países. Muchos fueron enviados al Jorge III de Inglaterra en 1776 quien les ordenó reprimir a una manga de colonos insubordinados del otro lado del océano. Los colonos insubordinados terminaron fundando Estados Unidos… Empezamos a caminar por el centro del pueblo. Su belleza nos distrae por un momento de lo precaria de nuestra situación. El pueblo es una muestra del estilo ‘fachwerk’ en todo su esplendor. En castellano, son esas casas cubiertas de vigas de maderas que zigzagean al punto de parecer inhumanos tableros de ta-te-ti. Estas casas burguesas del S.XIII parecen que en cualquier momento se desplomarán, tan inclinadas están algunos de sus muros.


Mirando esas bellas construcciones hoy transformadas en cervecerías encontramos una punta del ovillo: hay gran cantidad de pizzerías italianas. Me acerco cual paisano a charlar con sus propietarios. Uno me tira un dato: el cura de la iglesia es italiano. Fascinados con la posibilidad de dormir dentro de una iglesia gótica que el resto de los turistas sólo ve en postales subimos las empinadas calles empedradas. Es de noche y la catedral brilla en la distancia. Junto a la iglesia encontramos un ‘Circolo Italiano’. Parece que hubo una fuerte migración de italianos en los ’50, que se dedicaron a poner pizzerías y heladerías. Su gestor me dice que el cura está de viaje en Italia pero nos ofrece una cena gratis de pizza con cantimpalo y hongos.

Pero aún no teníamos alojamiento asegurado. Comenzamos a caminar entre familias socializando entre muzzarela y lager y hablamos con otros propietarios de pizzerías, todos ellos italianos, pero ninguno nos dío solución alguna. Parecía que Italia era un astro que ese día ya había ejercido toda la influencia benéfica que nos estaba deparada. Casi nos habíamos decidido a pasar la noche despiertos en la plaza, acostumbrados ambos a esa felicidad estilo “la dama y el vagabundo”. Entré a una heladería a pedir agua fresca. Italianos naturalmente. Aunque esta vez no esperaba nada el propietario de la heladería  Flavio, había viajado de mochilero a Argentina unas cuatro vez y conocía la Patagonia mejor que yo. Pronto meoy cuenta que toda la heladería habla español con mayor o menor fluidez. Esa noche dormimos en un cuarto en el primer piso de la heladería, después de degustar unos sabrosísimos helados artesanales y de charlar un par de horas con Flavio y su familia.



Despertamos y dimos una última vuelta por Limburg antes de salir a la ruta. Al mediodía ya estamos cruzando hacia Baden-Wurttemberg, el último de los “landers” alemanes antes de Suiza. Que el extraño nombre no empañe la creatividad de su gente: aquí nacieron el automóvil y los relojes cucú. Entramos en Suiza con pasaportes argentinos sin problema alguno. Rápidamente dejamos atrás Zurich y apuntamos a Luzerna. Sólo entonces se perfilan los Alpes y comenzamos a pasar túneles. Piero, un suizo del Ticino (cantón italiano) nos cuenta orgulloso de que su país es la cuna de la democracia directa. Aquí el gobierno somete a referendum cada ley o acto de gobierno, y viceversa el ciudadano común puede someter a referendum propuestas de ley. Así, los suizos se la pasan votando… 


La neutralidad es el segundo orgullo suizo. Suiza no entra en guerra alguna desde hace casi un milenio. Pero el tema merece un análisis profundo. Es fácil quedarse con la idea de un pacifismo romántico y filantrópico. Aun así el país está armado hasta los dientes y todo el mundo mujeres incluidas hacen un exigente servicio militar. Neutralidad y armamentismo aparecen como caras de una misma moneda cuando se entiende que ha sido en los bancos de la pacífica suiza donde tiranos y multinacionales han depositados las ganancias de sus guerras y explotaciones. En los países de los tiranos siempre alguien irrumpe en una tumba y corta las manos del tirano con la esperanza de encontrar en huellas dactilares la clave de alguna cuenta secreta. Piero asegura que si alguna potencia amenazara a Suiza el pueblo está en condiciones de automovilizarse. 700.000 suizos guardan rifles y granadas en sus casas, y cada año deben probar en exámen de que son capaces de usarlas con eficacia. “Sólo cuando se tiene fuerza se puede ser gentil” es el lema nacional. Las autoridades suizas tomaron demasiado a pecho a Guillermo Tell…


Pasamos el tunel San Gottardo, ya estamos en cantón Ticino, la radio transmite en italiano. Piero nos deja en Locarno, en cuya estación de servicio caemos a las 9 de la noche. Un hombre se baja de sus 4×4 nueva y toma la manija del surtidor. No sabe lo que le va a pasar. Viste traje y corbata y lentes, y por estadística más que por prejuicio no promete nada. Pero cuando le explico que vamos a Milán se me piantan un par de lágrimas. A Milán me ata emocionalmente el haber vivido un anio entero de pequenio, por motivos familiares. Creo que dos cosas le otorgan a uno la ciudadanía honoraria de un sitio: uno es pasar un invierno en una ciudad, y la otra es vivir de pequeño. Creo que la expresión en mi rostro le debe haber transmitido tranquilidad, porque no sólo nos llevó a Milán, sino que nos dejó en la puerta de la casa de mi hermana.

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Acerca del Autor

Juan Pablo Villarino

Desde el 1 de mayo de 2005 recorro el mundo como mochilero para documentar la hospitalidad y la vida cotidiana de los destinos más insólitos a través de mis crónicas. Escribo libros de viaJe para contribuir a la revolución nómada.

4 Comentarios

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  • Tus relatos son geniales, transmiten paz hasta en momentos en los que mucha gente no sabría que hacer, la verdad admiro lo que haces/hiciste, que te vaya muy bien con tus futuros viajes y el libro!

  • Que linda aventura. Me veo un poco reflejado cuando hablas de Milano, a diferencia que yo era un nene cuando vivimos en Bergamo con mi familia. Me gustaría poder volver, y también conocer Europa. Por eso me interesó el título de este relato.
    Creo también que la experiencia de haber vivido en otro lugar y mas cuando sos chico o adolescente, te impacta de manera positiva. Quizás por ese lado viene después el interés de querer conocer otros lugares, de estar interesado en las diferentes culturas y modos de entender la vida.
    Me encanto este blog.
    Buenas rutas, buen viaje!

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